GIF: Bryan Menegus / Sploid

Hasta la primera mitad de los 90, todas las consolas de videojuegos funcionaban con cartuchos. El CD-ROM —mucho más barato de producir y con mayor capacidad— acabaría reemplazándolos casi por completo. Aún hoy sentimos algo de nostalgia por el cartucho: era resistente y no tenía esos insoportables tiempos de carga. Pero hay un detalle que solemos pasar por alto y tuvo un verdadero impacto en la industria de los videojuegos.

Los cartuchos añadían su propio hardware a la videoconsola. Era una de sus grandes ventajas frente a los casetes. Así, máquinas de una potencia limitada como la Commodore VIC-20 (1980) o la Famicom (1983) podían ejecutar juegos más complejos desde el momento en que se insertaba el propio juego. Las ranuras para cartuchos permitían ampliar las capacidades de la consola de las maneras más insospechadas, desde mejorar el sonido con síntesis de habla hasta renderizar polígonos para juegos en 2,5D.

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The 8-Bit Guy y The Obsolete Geek lo explican en este vídeo de YouTube con un ejemplo. El procesador MOS 6502 de la Commodore VIC-20 podía acceder a 64 kilobits de memoria, pero la consola en sí solo incluía 16 kb de ROM y 5 kb de RAM. Sin embargo, al insertar un cartucho este añadía su propia ROM al mapa de memoria, y podía incluso ampliar la RAM: algunos cartuchos tenían memoria RAM respaldada por una batería, lo que permitía a los usuarios guardar información como sus puntuaciones o el estado de la partida.

La Atari 800 intentó llevar al extremo este concepto añadiendo una segunda ranura para cartuchos, pero pocos desarrolladores la aprovecharon. Clásicos como Super Mario RPG, que fue lanzado en un cartucho de 32 megabits, no habrían sido posibles sin el hardware que integraba el propio juego. La gran desventaja del sistema era el precio de los cartuchos: Star Fox salió a la venta por 60 dólares en 1993, alrededor de 100 dólares ajustados a la inflación.

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