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Ciencia

Un extraño meteorito hallado en la Tierra acaba de revelar pistas sobre un posible mundo oculto en el Sistema Solar primitivo. Y todo apunta a un objeto gigantesco que desapareció hace miles de millones de años

El análisis de un fragmento del meteorito Almahata Sitta detectó anfíboles, minerales que solo pueden formarse bajo presión elevada y en presencia prolongada de agua. Para los científicos, esto sugiere que la roca nació dentro de un cuerpo muchísimo mayor que un asteroide convencional, posiblemente un protoplaneta de hasta 1.800 kilómetros de diámetro similar a Ceres.
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El sistema solar todavía podría guardar gigantes ocultos a plena vista. Tras el estudio de un pequeño fragmento de meteorito caído en Sudán en 2008, los astrónomos sospechan que estamos ante la huella de un cuerpo mucho mayor: un asteroide con dimensiones planetarias que, de confirmarse, cambiaría nuestra visión de los restos primitivos del cosmos.

El meteorito que desveló un secreto

En octubre del año 2008, el asteroide 2008 TC-3 se desintegró en la atmósfera terrestre, esparciendo cientos de fragmentos sobre el desierto de Nubia. Aquel evento, aparentemente rutinario, resultó extraordinario: los trozos de roca revelaban características de gran valor científico.

La pista de los anfíboles

Un análisis reciente de un fragmento de apenas 50 miligramos encontró algo casi imposible: anfíboles, minerales que requieren agua líquida y largos periodos de presión para formarse. Hasta ahora solo se habían identificado en un meteorito, el de Allende (México, 1969).

Un cuerpo de tamaño planetario

Para que existieran esos minerales, el meteorito debía proceder de un cuerpo mucho más grande: un asteroide de entre 640 y 1.800 km de diámetro. Eso lo coloca en la misma liga que Ceres, el planeta enano más pequeño del sistema solar con 945 km de diámetro.

Un candidato difícil de ver

Objetos de ese tamaño no brillan lo suficiente para ser fácilmente detectados desde la Tierra, salvo que una misión los visite de cerca. Tal como ocurrió con Ceres gracias a la sonda Dawn, quizá un día se confirme la existencia de este misterioso coloso escondido entre los restos del cinturón de asteroides.

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