Por primera vez la ciencia ha encontrado un gran depósito de ámbar en América del Sur con insectos fosilizados y otras criaturas preservadas. Estos fósiles, pequeños y semitransparentes, abarcan una variedad de antiguos insectos, como si fueran una rebanada de un ecosistema de hace 100 millones de años, del que se conoce muy poco.
En el trabajo publicado hoy en Communications & Earth Environment se detallan las muestras de ámbar de la cantera Genoveva de Ecuador, en el primer descubrimiento de insectos y otras formas de vida fosilizadas en América del Sur. El equipo encabezado por el paleobiólogo Xavier Delclòs de la Universidad de Barcelona, España, empleó técnicas multidisciplinarias para analizar en detalle los fósiles. Sus esfuerzos han revelado la existencia pasada de una vibrante selva tropical, en momentos en que la Tierra pasaba por grandes cambios ambientales.
“Se trata del depósito de ámbar del Cretácico más grande que se haya encontrado en el hemisferio sur, y en términos de volumen supera a los depósitos más ricos del norte”, le dijo a Gizmodo Delclòs.
De hecho, el volumen de los depósitos les brindó a los investigadores la inusual oportunidad de estudiar e identificar unas 21 bioinclusiones, es decir, organismos vivos que quedan atrapados en el ámbar. El descubrimiento “abre nuevas puertas hacia los bosques de América del Sur en tiempos de los dinosaurios, al preservar criaturas tan pequeñas y delicadas que casi nunca se fosilizan”, dijo Delclòs.
Preservados en ámbar
El ámbar es resina fosilizada o savia de árbol. La resina permanece pegajosa durante varios días o meses, y atrapa al insecto u organismo que se posa en su superficie. Eventualmente, la resina endurece al estar expuesta al aire y cierra las conexiones moleculares, convirtiéndose en ámbar, junto con la criatura que haya quedado dentro.
Los registros de la paleontología indican que los árboles producen resina desde hace 320 millones de años, pero que solo en los últimos 120 millones de años el ámbar “se formó en cantidades suficientes” como para crear depósitos fósiles de tamaño considerable, según explicó Delclòs. El ámbar puede preservar animales pequeños, cuya fosilización es improbable, pero el largo proceso descompone rápidamente las partes que son más débiles que el exoesqueleto de los artrópodos.
Por supuesto, la naturaleza a veces hace milagros y hay algunos depósitos de ámbar que mantuvieron intactos los músculos, órganos e incluso los cerebros. Por ejemplo, en este descubrimiento se hallaron frágiles hebras de seda de araña. El equipo también descubrió algunas de las plantas con flores más antiguas que se hayan encontrado en el oeste de América del Sur. Dicho esto, lo primero que desaparece son las moléculas de ADN, por lo que “el sueño de Jurassic Park no es más que ciencia ficción”, añadió Delclòs.
“Esto recién empieza. En una muestra muy pequeña ya identificamos seis órdenes de insectos diferentes. El sitio promete ser un tesoro”, afirmó.
Un tesoro para la ciencia
Para que toda observación cuente, el equipo usó técnicas multidisciplinarias, desde la geoquímica a la paleobotánica. Estudiar el ámbar desde diferentes ángulos les ayudó a identificar la antigüedad de los fósiles y también a las plantas que podrían haber producido la resina. Incluso pidieron prestado un sincrotrón – un acelerador de partículas – para iluminar las muestras y revelar los detalles anatómicos más finos de los insectos.
“En conjunto estas líneas de evidencia nos permiten reconstruir con precisión sin precedentes el ecosistema de la selva tropical del Cretáceo que había donde hoy está el Amazonas”, explicó Delclòs.
Los investigadores creen que hay más depósitos de ámbar en América del Sur que no se han descubierto todavía. Y planean seguir explorando. Al identificar y estudiar el ámbar podrán tener una mejor idea de cómo se inició este ecosistema y cómo evolucionó, en el corazón mismo del Ecuador. Es algo que nunca antes se pudo hacer en América del Sur.