Aunque suena a ciencia ficción, las baterías nucleares resurgen como alternativa real a las químicas convencionales. Gracias a los avances en conversión betavoltaica y al uso de isótopos como níquel-63 y tritio, estos dispositivos prometen una autonomía nunca vista. El reto está en conjugar seguridad, regulación y viabilidad económica. Si logran superarlo, podrían transformar la exploración espacial, la medicina y la tecnología portátil en las próximas décadas.
Una tecnología con historia y nuevos protagonistas
Lejos de ser un invento reciente, las baterías nucleares se usaron en los años setenta para alimentar marcapasos. Más de 1.400 pacientes vivieron con implantes basados en plutonio-238, hasta que los problemas de trazabilidad llevaron a prohibirlos. Desde entonces, su uso quedó restringido a faros remotos, estaciones meteorológicas o misiones espaciales, como las sondas Voyager, que siguen operativas gracias a generadores termoeléctricos nucleares tras más de 40 años.
Hoy, empresas como Infinity Power en San Diego, City Labs en Miami o Arkenlight en el Reino Unido lideran una nueva generación de prototipos más compactos y seguros. Universidades en China, Corea del Sur y Reino Unido colaboran para optimizar materiales y semiconductores que hagan viable la producción a gran escala.
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Una empresa china inventó una microbatería nuclear utilizando el isótopo de níquel-63 y semiconductores de diamante. La batería del tamaño de una moneda de 100 μW puede generar electricidad constantemente a 3V durante más de 50 años y funcionar de manera segura bajo una… pic.twitter.com/QyoRfnkwcG— RedScorpion (Z) (@KrasnyySkorpion) January 9, 2024
Cómo funcionan las baterías nucleares modernas
Estas baterías no son pequeños reactores. Su principio consiste en aprovechar la desintegración de radioisótopos que liberan partículas beta. Al interactuar con semiconductores, generan una corriente eléctrica similar al efecto fotovoltaico. Otra vía convierte el calor emitido en energía eléctrica mediante dispositivos termoeléctricos.
Isótopos como el níquel-63 y el tritio resultan más manejables por su baja energía, mientras que plutonio-238 o polonio-210 ofrecen más potencia, aunque requieren blindajes más estrictos. La tecnología betavoltaica ya ha alcanzado eficiencias superiores al 10 % y algunas startups aseguran acercarse al 60 % en laboratorio.
Aplicaciones: del espacio profundo al quirófano
La exploración espacial sigue siendo el campo más prometedor: sondas, satélites y robots necesitan energía fiable durante décadas sin mantenimiento. En la Tierra, los escenarios incluyen sensores remotos, drones miniaturizados, marcapasos y otros dispositivos médicos donde el reemplazo de batería resulta complejo o arriesgado. El ámbito militar también estudia su potencial para reducir la carga energética en misiones prolongadas.
La estadounidense Infinity Power anuncia que ha desarrollado una batería nuclear del tamaño de una pila de botón que puede generar decenas de milivatios durante 100 años.
Las baterías nucleares, más precisamente baterías de radioisótopos, utilizan la energía liberada por la… pic.twitter.com/R9NcxnP7Ld
— Operador Nuclear (@OperadorNuclear) June 13, 2024
Beijing Betavolt anunció una batería experimental de 100 microwatios con 50 años de vida útil y trabaja en un modelo de 1 vatio. City Labs desarrolla células de tritio con hasta 20 años de autonomía, mientras que la Universidad de Bristol explora prototipos con carbono-14 capaces de durar milenios.
Obstáculos y futuro cercano
El gran freno está en la regulación y el coste de los radioisótopos: un gramo de tritio puede superar los 30.000 dólares. A esto se suman los requisitos de licencia, el manejo seguro y la gestión de residuos radiactivos.
Aun así, los expertos coinciden en que la tecnología ya demostró su viabilidad. La pregunta no es si funciona, sino dónde y cómo se usará. Mientras tanto, el espacio y la medicina parecen ser los primeros escenarios donde estas baterías, silenciosas y duraderas, podrían cambiar las reglas del juego.
Fuente: Infobae.