En 1978, China comenzó un experimento ambiental cuya escala resulta difícil de imaginar: intentar contener la desertificación a lo largo de buena parte del norte del país mediante un gigantesco sistema de restauración ecológica.
Casi medio siglo después, aquel proyecto continúa.
El Programa de la Franja Forestal Protectora de los Tres Nortes, conocido también como la “Gran Muralla Verde” china, abarca regiones del noroeste, norte y noreste y está previsto que continúe hasta 2050. La Convención de Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (UNCCD) lo describe como el mayor programa de forestación ecológica del mundo.
Ahora esa experiencia está llamando la atención fuera de China. El especialista peruano en cambio climático Jorge Torres Padilla explicó a Xinhua que uno de sus principales aprendizajes es precisamente haber mantenido durante décadas una política de restauración en lugar de depender de intervenciones aisladas.
El proyecto empezó plantando árboles, pero ha terminado aprendiendo que el desierto es mucho más complicado

La imagen más conocida del programa son las enormes franjas verdes plantadas para fijar dunas y reducir la erosión causada por el viento. Pero la estrategia ha evolucionado.
En algunas regiones se utilizan barreras de paja para estabilizar la arena, siembra aérea, restauración de pastizales, arbustos resistentes, corredores verdes junto a carreteras e incluso proyectos donde el control de la desertificación se combina con instalaciones fotovoltaicas.
La razón es importante: no todos los desiertos pueden convertirse simplemente en bosques. Décadas de investigación han mostrado que plantar grandes cantidades de árboles en regiones extremadamente secas puede crear otro problema: demandar más agua de la que el ecosistema es capaz de proporcionar.
Un estudio publicado en 2026 en Communications Earth & Environment encontró precisamente esa tensión en los grandes programas chinos de restauración. Aunque la forestación puede aumentar las reservas de carbono y mejorar la retención del suelo, los investigadores detectaron que en determinadas regiones áridas la capacidad de regulación del agua podía caer entre un 20% y un 30%.
Eso cambia bastante la idea de una simple “muralla de árboles”. La tendencia actual pasa por decidir qué vegetación puede sobrevivir en cada lugar, cuánta agua existe y qué combinación de árboles, arbustos y pastizales tiene sentido.
El problema que China intenta resolver ya afecta hasta al 40% de las tierras del planeta

La escala global ayuda a entender por qué esa experiencia interesa ahora. La UNCCD calcula que hasta el 40% de la tierra del planeta está degradada, una situación que afecta a más de 3.000 millones de personas. El coste económico asociado a degradación del suelo, desertificación y sequía ronda los 878.000 millones de dólares cada año. Y justo esta semana la discusión se trasladó a Mongolia.
Ulaanbaatar acoge desde el 17 hasta el 28 de agosto de 2026 la COP17 de la UNCCD, bajo el lema Restoring Land, Restoring Hope. La conferencia reúne a gobiernos y organizaciones para discutir restauración del suelo, sequías, agua, pastizales y sistemas alimentarios.
El escenario resulta especialmente simbólico: la propia Mongolia tiene cerca del 77% de su territorio afectado por degradación, según Naciones Unidas.
Perú está mirando el experimento chino, pero copiarlo literalmente sería un error
Torres Padilla cree que la lección puede ser especialmente útil para Perú, aunque no mediante una réplica exacta. En los Andes, por ejemplo, la prioridad puede pasar por recuperar pastizales, bofedales y suelos degradados. En la Amazonía, en cambio, el problema exige conservar bosques existentes y restaurar ecosistemas dañados.
Perú aprobó en julio de 2025 su Plan de Acción Nacional de Lucha contra la Desertificación, Degradación de la Tierra y Sequía al 2030, precisamente para coordinar políticas frente a esos problemas.
Ahí aparece quizá la lección más interesante de casi cinco décadas de experimentos chinos. Frenar un desierto no consiste únicamente en plantar millones de árboles. Consiste en mantener durante décadas la financiación, la investigación, el monitoreo y la capacidad de corregir aquello que no funciona.
China empezó en 1978 intentando construir una barrera verde. Casi medio siglo después, el aprendizaje más valioso puede ser que restaurar la tierra exige adaptarse al ecosistema en lugar de intentar obligar al ecosistema a adaptarse al proyecto.