Dentro de unos 5.000 millones de años, el Sol empezará a quedarse sin hidrógeno en su núcleo y entrará en una fase bastante poco amable para sus vecinos. Se hinchará hasta convertirse en una gigante roja, expulsará gran parte de sus capas exteriores y terminará dejando atrás un núcleo caliente aproximadamente del tamaño de la Tierra: una enana blanca.
Mercurio y Venus tienen pocas posibilidades de salir bien parados. La Tierra tampoco puede estar demasiado tranquila: dependiendo de cómo compitan la expansión de su órbita y las fuerzas de marea, podría ser engullida durante la fase de gigante roja.
Hasta ahora, al menos quedaba cierto consuelo para Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno. Los gigantes exteriores parecían tener por delante una existencia extraordinariamente larga.
Un nuevo estudio acaba de hacer ese futuro bastante más corto.
El problema era imaginar que el Sol moriría tranquilamente

Los cálculos anteriores ya contemplaban que el Sol perderá una enorme cantidad de masa al morir. Cuando eso ocurra, su gravedad disminuirá y las órbitas de los planetas supervivientes se expandirán aproximadamente hasta duplicar su tamaño.
En esas simulaciones, sin embargo, la pérdida de masa se representaba como un proceso suave y prácticamente simétrico. Bajo esas condiciones, el Sistema Solar exterior resulta sorprendentemente resistente. Su estabilidad dinámica intrínseca podía extenderse del orden de \(10^{18}\) años. Incluso incluyendo encuentros con otras estrellas una vez formado el Sol blanco, trabajos anteriores calculaban que los gigantes tardarían aproximadamente entre 30.000 y 100.000 millones de años en ser expulsados definitivamente.
Konstantin Batygin, Jim Fuller y Fred Adams decidieron añadir algo que esos modelos simplificaban: las estrellas moribundas no necesariamente pierden toda su masa de manera perfectamente uniforme. Observaciones de enanas blancas muestran pequeños movimientos de retroceso compatibles con eyecciones asimétricas de material. Cada expulsión podría proporcionar al Sol una diminuta patada gravitatoria y desplazar ligeramente las órbitas de sus planetas.
Una patada apenas haría nada. Miles de ellas, acumuladas, son otra historia.
En algunas simulaciones, el desastre empieza antes de que exista la enana blanca

El equipo modeló esas expulsiones como una serie de impulsos con direcciones aleatorias. Cuando utilizaron valores compatibles con las observaciones actuales, las órbitas de los gigantes comenzaron a desviarse progresivamente. Una pequeña alteración lleva a otra hasta que los planetas pueden cruzar sus trayectorias, encontrarse gravitatoriamente y salir despedidos del sistema.
Los resultados son bastante contundentes. En aproximadamente el 40% de las simulaciones, el Sistema Solar exterior ya experimentaba una ruptura o dispersión violenta durante la propia fase de gigante roja. Y cerca del 90% había quedado desestabilizado dentro de los siguientes 3.000 millones de años.
El estudio resume la nueva esperanza de vida dinámica en aproximadamente 1.000 millones de años después de que se forme la enana blanca. Eso no significa que Júpiter vaya a desaparecer dentro de mil millones de años desde hoy. Primero quedan unos 5.000 millones de años de vida normal para el Sol y después toda su transformación estelar. Lo que cambia radicalmente es cuánto tiempo podrían resistir los gigantes después de esa muerte.
El Sistema Solar no explotará: simplemente dejará de ser un sistema
Júpiter o Saturno tampoco tendrían necesariamente que chocar contra el Sol. El escenario más probable es algo bastante más silencioso: las interacciones gravitatorias terminarían expulsándolos hacia el espacio interestelar, convirtiéndolos en planetas errantes sin estrella. Y todavía estamos hablando de probabilidades, no de una profecía exacta. El resultado depende de cómo pierda realmente masa el Sol dentro de miles de millones de años, algo que obviamente no podemos observar directamente.
Pero la nueva simulación cambia una imagen que parecía bastante cómoda. La muerte del Sol no consistiría únicamente en inflarse, destruir los mundos interiores y dejar a los gigantes contemplando tranquilamente una enana blanca durante una eternidad. Puede que la estrella se lleve consigo la estabilidad de todo el Sistema Solar. Y que Júpiter termine sobreviviendo al Sol solo para perderlo poco después.