No todos los silencios son iguales. A veces, lo que parece timidez, falta de interés o simple torpeza social puede esconder algo mucho más profundo. En los últimos años, el autismo ha ganado visibilidad, pero con esa exposición también han llegado mitos, confusiones y diagnósticos apresurados. ¿Estamos realmente entendiendo lo que significa vivir dentro del espectro?

¿Qué es realmente el TEA y por qué es tan complejo de identificar?
El Trastorno del Espectro Autista (TEA) no es una enfermedad, ni una etapa pasajera, ni una etiqueta que deba colocarse a la ligera. Se trata de una condición neurobiológica con raíces genéticas que afecta cómo una persona percibe su entorno, se comunica y se relaciona con los demás. Su nombre lo dice: es un espectro, y dentro de él conviven manifestaciones muy diversas, desde casos con mínimas dificultades sociales hasta otros con necesidades de apoyo más intensas.
Según el Hospital Clínic de Barcelona, actualmente uno de cada 100 nacimientos en el mundo está dentro del espectro. Sin embargo, este crecimiento en los diagnósticos también ha traído consigo un fenómeno preocupante: la banalización del TEA. Videos virales, cuestionarios en línea y contenido no especializado han generado una ola de autodiagnósticos que pueden confundir más de lo que orientan.
Como señala la psiquiatra Rosa Calvo, del Hospital Clínic, “el diagnóstico es el primer paso para empezar a trabajar y entender”. Sin una evaluación clínica rigurosa, es fácil pasar por alto las verdaderas necesidades o, peor aún, etiquetar erróneamente a alguien.
Cómo se manifiesta el TEA y por qué cada caso es único
Entre las características más comunes del TEA se encuentra la dificultad para leer señales sociales: una mirada, un gesto o el tono de voz pueden resultar enigmáticos. También son frecuentes los patrones de comunicación atípicos, como el uso repetitivo del lenguaje o la ecolalia. Muchas personas con TEA prefieren rutinas predecibles y pueden experimentar estrés ante cambios imprevistos. Además, su sensibilidad a estímulos como luces o sonidos suele ser más intensa de lo habitual.

Pero el TEA rara vez llega solo. Ansiedad, trastornos del sueño, déficit de atención o depresión pueden coexistir, lo que hace aún más indispensable un diagnóstico clínico detallado. Aurora, madre de un niño diagnosticado, resume la importancia de esta etapa: “Tener un diagnóstico nos permitió interpretar lo que decía nuestro hijo, como si tuviéramos un diccionario”.
El poder del lenguaje: cómo hablar (bien) del autismo
Comprender el TEA también exige que revisemos el lenguaje que usamos. Decir “tiene un poco de autismo” o utilizar el término como adjetivo casual no solo simplifica una realidad compleja, sino que perpetúa estigmas. Cada palabra que decimos puede tender puentes o levantar muros.
Fomentar un lenguaje respetuoso y preciso es parte del compromiso colectivo para construir una sociedad más inclusiva y empática. Porque entender no es solo conocer definiciones clínicas: es escuchar con atención lo que muchas veces no se dice.
Fuente: La Vanguardia.