Cuba tiene miles de kilómetros de costa, ciudades enteras abiertas al Caribe y una tradición gastronómica inevitablemente ligada al mar. Lo lógico sería pensar que conseguir pescado allí debería ser bastante más sencillo que hacerlo en un país sin salida al océano.
Las estadísticas cuentan una historia diferente. La captura bruta de pescados y mariscos pasó de 46.386,5 toneladas en 2020 a 22.330,6 toneladas en 2024, según cifras del Anuario Estadístico de Cuba de la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI) recopiladas recientemente por Food Monitor Program. Es una caída de aproximadamente el 52% en apenas cuatro años. Solo el pescado pasó de 35.148,8 a 18.064,7 toneladas.
El resultado ayuda a explicar una paradoja que se ha vuelto cada vez más visible: estar rodeado de agua ya no significa necesariamente tener pescado disponible en la mesa.
No cayó solo la pesca en el mar

El desplome aparece también cuando se observan productos concretos. En 2024, Cuba registró unas 220 toneladas de pargo, 317 de túnidos y apenas 24 de bonito. La langosta cayó desde 4.224,8 toneladas en 2022 hasta 2.016,3 dos años después. Son cifras oficiales que, explica Infobae, Food Monitor Program utilizó para plantear una pregunta sencilla: dónde termina el pescado que todavía consigue producir el país y cuánto llega realmente al consumidor.
La acuicultura tampoco ha servido como sustituto. La producción de tilapia cayó de 2.153,7 toneladas en 2020 a 790,3 en 2024. En el caso de la claria, la reducción fue todavía más pronunciada: de 4.428,3 a apenas 329,1 toneladas durante el mismo periodo.
Food Monitor Program atribuye parte de la contracción a problemas de combustible, envejecimiento tecnológico e infraestructura y restricciones que afectan a la actividad pesquera. El contexto energético está ampliamente documentado: Cuba ha atravesado durante los últimos años fuertes escaseces de combustible y problemas en una infraestructura eléctrica envejecida. El Gobierno cubano señala además las sanciones estadounidenses como uno de los factores que dificultan las importaciones y el acceso a financiación, mientras Washington disputa el alcance de esa responsabilidad.
Algunos pescadores han terminado construyendo sus propias embarcaciones

La dimensión cotidiana del problema puede verse en lugares como Cojímar, al este de La Habana.
En 2025, Associated Press documentó cómo algunos pescadores salían al mar sobre pequeños artefactos caseros llamados corchos: plataformas fabricadas con espuma, barras metálicas y materiales improvisados. Una embarcación convencional puede quedar muy lejos del presupuesto de quienes pescan para complementar sus ingresos o conseguir alimento.
No significa que Cuba se haya quedado literalmente sin peces. Significa que la cantidad registrada que consigue extraerse y producirse ha disminuido drásticamente, mientras llevar esa producción hasta los hogares ocurre dentro de una crisis alimentaria y económica mucho mayor.
El Programa Mundial de Alimentos estima que Cuba importa alrededor del 80% de los alimentos que consume, por unos 2.400 millones de dólares anuales, y señala que la escasez de divisas, la recesión, la inflación y los problemas energéticos están reduciendo tanto la disponibilidad de alimentos nacionales como importados.
El pescado es solo una pieza de un problema bastante mayor

La seguridad alimentaria cubana ya mostraba señales preocupantes antes de estos últimos datos pesqueros.
Un análisis del Departamento de Agricultura de Estados Unidos estimó que 1,4 millones de personas no alcanzaban en 2023 el umbral de 2.100 calorías diarias utilizado por su modelo. En un escenario alternativo que ajustaba el PIB per cápita debido a las dificultades estadísticas del país, la estimación ascendía a 4,2 millones. Los autores advierten precisamente que el rango depende de esas suposiciones metodológicas.
Por eso las cifras del pescado llaman tanto la atención. No porque una isla deba ser capaz de vivir automáticamente de lo que captura en el mar, sino por el contraste: Cuba tiene agua prácticamente en todas direcciones y, aun así, en cuatro años ha perdido más de la mitad de su producción pesquera registrada.
El mar sigue exactamente donde estaba. Lo que cada vez cuesta más es conseguir que lo que sale de él termine en un plato.