Saints Row IV: Re-Elected no es un juego de acción. Es un estallido de locura encapsulado en píxeles que gritan, corren, vuelan y se ríen de la cordura. Un cóctel de ciencia ficción pasada de rosca, superpoderes sin receta médica y tiroteos que parecen coreografías dirigidas por un director con jet lag. Lo que empezó como una historia callejera acabó en la Oficina Oval, con el Jefe —sí, tú— convertido en presidente, salvador del mundo y probablemente la única persona capaz de pelear en traje con una katana láser mientras suena dubstep.
Pero claro, eso es solo el desayuno: luego vienen los aliens, la simulación digital, los clones, los trajes imposibles y las referencias a Matrix, Star Wars y cualquier cosa que haya pasado por una pantalla en los últimos 30 años. ¿Lógica? Se fue a vivir a otro juego. Aquí puedes correr más rápido que los coches, hacer parkour vertical por rascacielos o usar tus manos como lanzallamas psíquicos.
Las físicas están de vacaciones permanentes y el sentido común se perdió en un agujero negro junto al respeto por las convenciones narrativas. Saints Row IV: Re-Elected no quiere ser serio. Quiere que dispares a alienígenas disfrazado de hot dog gigante mientras escuchas música clásica. Quiere que te lances al vacío solo para aterrizar sobre un tanque volador rosa fosforescente. Quiere que todo explote sin motivo aparente. Y lo consigue. Steelport no es una ciudad: es una pesadilla digital con luces de neón, errores gráficos voluntarios y enemigos que parecen salidos de una pesadilla escrita por un fan de los cómics tras cinco cafés.
Cada misión es más absurda que la anterior y eso es exactamente lo que promete: caos con propósito estético. Aquí no hay pies en la tierra. Hay vuelos supersónicos, saltos imposibles y carcajadas entre explosiones. Porque Saints Row IV no se juega: se sobrevive con estilo entre glitchs voluntarios y misiones que parecen retos lanzados por un guionista con exceso de azúcar. Y esa, precisamente, es la gracia.
¿Por qué debería descargar Saints Row IV: Re-Elected?
Saints Row IV: Re-Elected no es un juego, es una fiesta interdimensional con esteroides y luces de neón. Cuando el realismo te asfixia y los juegos serios te miran con ceño fruncido, aquí aterrizas tú: en chándal morado, lanzando bolas de fuego por las manos y bailando dubstep mientras los coches vuelan como palomitas. ¿Reglas? Las rompiste en el menú de inicio. El combate es como una pelea de bar en gravedad cero: armas que parecen salidas de una tienda de disfraces alienígena, enemigos que se congelan con un chasquido y tú, corriendo por las paredes como si fueras primo lejano de Flash y Spider-Man a la vez.
¿Tácticas? Claro, si por táctica entiendes disparar un lanzamisiles mientras haces breakdance sobre una patrulla policial. Las misiones son como soñar después de comer pizza con piña: un delirio tras otro. Un segundo estás dentro de un juego retro pixelado; al siguiente, cantas a grito pelado en medio de una pelea coreografiada. Nada tiene sentido. Y eso es lo mejor.
La lógica se fue de vacaciones y dejó al caos encargado del guion. Steelport no se explora, se conquista a carcajadas. Saltas entre tejados recogiendo orbes brillantes como si fueran caramelos radiactivos, escuchas audios ocultos que parecen podcasts escritos por gente con insomnio creativo y completas misiones secundarias que harían sonrojar a cualquier guionista sobrio. Es tu patio, tu parque temático, tu caja de arena con dinamita.
Y esta edición... madre mía. Viene con todo lo que alguna vez alguien pensó que sería “demasiado”. Campañas extra con argumentos más locos que una serie cancelada en su primer episodio, trajes que harían llorar a la moda, armas que suenan más que funcionan —y funcionan demasiado— y compañeros tan ridículos como entrañables.
Saints Row IV: Re-Elected no intenta convencerte de nada. Te lanza un mando, te grita “¡diviértete o vete a casa!” y te deja hacer el cabra vestido de unicornio galáctico. Si alguna vez soñaste con ser presidente del universo, superhéroe desquiciado y meme viviente al mismo tiempo… este juego no solo lo permite: lo celebra con fuegos artificiales alienígenas y música electrónica a todo volumen.
¿Saints Row IV: Re-Elected es gratis?
Aunque a veces los píxeles se alinean con la fortuna y Saints Row IV: Re-Elected aparece danzando en vitrinas digitales sin etiqueta de precio, lo cierto es que no suele regalarse por amor al arte. Este juego, que mezcla alienígenas, superpoderes y trajes cuestionables, normalmente exige un tributo monetario. Sí, hay momentos mágicos —rebajas, bundles, suscripciones misteriosas— donde podrías topar con él sin vaciar el bolsillo, pero no cuentes con ello como norma. Si lo quieres, probablemente tendrás que abrir la cartera... o invocar una oferta relámpago.
¿Con qué sistemas operativos es compatible Saints Row IV: Re-Elected?
Saints Row IV: Re-Elected ha invadido plataformas como PlayStation 4, Nintendo Switch y PCs con Windows o Linux vía Steam, como si fuera un presidente intergaláctico en campaña. Sorprendentemente, se lleva bien con las consolas de nueva generación—PlayStation 5 y Xbox Series X/S—gracias a esa magia llamada retrocompatibilidad. En el mundo del PC, acepta desde Windows 7 hacia adelante y no exige una nave espacial para correr: incluso máquinas con algunos años encima pueden sumarse al caos sin sudar demasiado.
¿Qué otras alternativas hay además de Saints Row IV: Re-Elected?
Runescape no se parece a nada si lo miras con los ojos entrecerrados: es como un reloj de arena que se desarma en cámara lenta. No hay héroes de capa ni explosiones gratuitas, solo un mundo que respira al ritmo de tus decisiones, donde picar piedra puede ser más épico que salvar el universo. Es un juego que no te grita, sino que te susurra: “Haz lo que quieras, pero hazlo bien”. En vez de adrenalina, ofrece constancia; en lugar de fuegos artificiales, una brisa persistente que te empuja hacia tu propia leyenda.
Dune Awakening, por otro lado, es más como una ópera sin partitura, donde cada grano de arena parece tener memoria. No hay risas grabadas ni misiones con flechas fluorescentes. Aquí sobrevives porque el planeta quiere comerte vivo. Construyes no para decorar, sino para resistir. Si Saints Row es una fiesta con luces de neón y caos coreografiado, Dune es un susurro paranoico en medio del desierto: “Cuidado con lo que pisas”. No es tanto un juego como una prueba de carácter disfrazada de videojuego.
Monster Hunter Wilds es el sueño febril de un biólogo con complejo de guerrero. Nada es estático; incluso el cielo parece cambiar de humor según cómo mires al suelo. No hay tutorial que te salve: aprendes a base de errores y huesos rotos. Las armas son extensiones de tu terquedad y los monstruos, metáforas andantes del fracaso. A diferencia del frenesí espontáneo de Saints Row, aquí cada paso se mide como si el suelo pudiera desaparecer en cualquier momento. Y a veces lo hace.