Saltar al contenido
Ciencia

Durante décadas el hielo antártico creció mientras el planeta se calentaba. Un robot-torpedo acaba de revelar por qué —y la respuesta es inquietante

Flotadores autónomos de la red Argo pasaron meses sumergidos bajo el hielo de la Antártida midiendo temperatura y salinidad a miles de metros de profundidad. Sus datos muestran que el océano Austral estuvo almacenando calor en secreto durante décadas, y que ese calor oculto acaba de empezar a liberarse hacia arriba
Por

Tiempo de lectura 4 minutos

Comentarios (0)

Por años, la Antártida fue el enigma incómodo del cambio climático. Mientras el Ártico perdía hielo a un ritmo alarmante y las temperaturas globales subían sin pausa, el hielo marino antártico hacía lo contrario: crecía. Los modelos climáticos no lo explicaban bien. Los escépticos lo usaban como argumento. Y los científicos lo miraban con una mezcla de curiosidad y frustración. Ahora, gracias a unos flotadores robóticos que pasaron meses a oscuras bajo el hielo polar, el misterio empieza a tener respuesta.

Los robots que trabajan donde nadie puede ir

La red Argo es un sistema global de flotadores autónomos diseñados para sumergirse miles de metros, tomar medidas de temperatura, salinidad y otros parámetros del agua, y volver a la superficie para enviar los datos por satélite. Son dispositivos discretos, con forma alargada, que operan sin tripulación durante meses en zonas del océano inaccesibles para los barcos de investigación convencionales.

En la Antártida, algunos de estos flotadores transitan por debajo del hielo marino estacional, donde la superficie no cuenta toda la historia. El equipo de la Stanford Doerr School of Sustainability analizó cerca de 20 años de datos recogidos en esa zona, un archivo que hasta ahora había sido poco aprovechado para entender la dinámica climática polar. «Ha sido esclarecedor tener por fin suficientes datos ampliamente distribuidos bajo el hielo para distinguir tendencias oceánicas de un año a otro alrededor de la Antártida», explicó Earle Wilson, autor principal del estudio y profesor en Stanford.

La tapa invisible que atrapó el calor durante décadas

El océano Austral tiene una particularidad que lo distingue de la mayoría: el agua más cálida no está en la superficie, sino en las capas profundas. La atmósfera polar enfría la capa superior hasta temperaturas extremas, mientras por debajo quedan masas de agua relativamente más templadas, heredadas de corrientes oceánicas profundas.

Durante décadas, un aumento sostenido de las precipitaciones —más nieve y más lluvia— hizo que la superficie del océano Austral se volviera progresivamente menos salada y, por lo tanto, menos densa. Esa diferencia de densidad actuó como una tapa: impedía la mezcla vertical del agua y mantenía el calor atrapado en las profundidades, lejos del hielo marino. El resultado fue paradójico pero coherente: mientras el planeta se calentaba, el hielo antártico crecía porque el calor oceánico simplemente no llegaba a la superficie.

El viento que rompió el equilibrio

El equilibrio se quebró alrededor de 2016. Los investigadores identificaron un cambio en la intensidad de los vientos sobre el océano Austral que aceleró un proceso llamado afloramiento: el movimiento de aguas profundas hacia la superficie. En términos simples, el océano empezó a removerse con más fuerza.

Tal como reporta HoyECO en su cobertura del estudio, Wilson describió lo que ocurrió a continuación con una imagen contundente: «Lo que observamos fue básicamente una liberación muy violenta de todo ese calor acumulado desde abajo». Ese calor no era nuevo —llevaba años almacenado en las profundidades—, pero al ascender entró en contacto directo con el hielo marino desde abajo, dificultando su formación y acelerando su retroceso. Los vientos y las tormentas hicieron el resto: rompiendo placas, moviéndolas y dejando más agua expuesta.

Por qué el hielo marino antártico importa mucho más allá de la Antártida

Antartida
© Cristian Palmer – Unsplash

El hielo marino no eleva el nivel del mar cuando se derrite, porque ya flota. Pero su desaparición desencadena una cadena de consecuencias que sí afectan al resto del planeta. En primer lugar, actúa como espejo: refleja parte de la radiación solar de vuelta al espacio. Sin esa cobertura, el océano absorbe más calor, lo que acelera el calentamiento global en un ciclo de retroalimentación positiva.

Más crítico aún es su rol como barrera protectora. El hielo marino rodea y sostiene las plataformas de hielo flotantes que a su vez actúan como contrafuertes del hielo continental —el que descansa sobre tierra firme—. Si esas plataformas se debilitan, el hielo terrestre puede deslizarse hacia el océano con mayor facilidad, y eso sí eleva el nivel del mar de forma directa. Es la cadena que los glaciólogos llevan años monitoreando con preocupación creciente.

Lo que todavía no se sabe

El estudio, publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), no pretende cerrar el debate. De hecho, los propios autores señalan que el sector del Pacífico antártico —al oeste de la península y hacia el mar de Ross— mostró tendencias opuestas: el interior del océano se enfrió en lugar de calentarse tras la disminución del hielo marino. Wilson fue directo al reconocerlo: «Esto sigue siendo una parte sin respuesta del rompecabezas».

La gran pregunta abierta es si la Antártida ha entrado en una nueva fase de pérdida sostenida de hielo marino, o si el sistema puede oscilar de vuelta hacia años de recuperación. Los investigadores son cautelosos: el océano puede guardar memoria durante años y responder lentamente, pero también cambiar de golpe cuando varios factores se alinean. Lo que sí quedó claro es que el océano Austral no es un simple acompañante del cambio climático. Es una pieza central del sistema climático global, y lo que ocurre bajo su hielo no se queda bajo su hielo.

Compartir esta historia

Artículos relacionados