Hace unos 20.000 años, buena parte de América del Norte estaba sepultada bajo kilómetros de hielo y el nivel del mar era tan bajo que Asia y Alaska formaban una sola masa de tierra. Según una nueva revisión de la evidencia genética, fue justamente en ese escenario extremo, y no antes ni después, cuando los ancestros de los pueblos originarios de todo el continente comenzaron a llegar.
El trabajo, firmado por Bethany Potter, Savannah Hay, Archana Singh y la genetista Jennifer Raff, de la Universidad de Kansas, se publicó en la revista Current Opinion in Genetics & Development. Sus autores cruzaron los datos de unos 257 genomas antiguos completos de América, más información genómica parcial de otras 1.204 personas, con las fechas de los yacimientos arqueológicos más discutidos del continente.
Una discusión de más de 100.000 años

Pocas preguntas de la arqueología generan tanta controversia como la de cuándo pisaron América los primeros seres humanos. Las propuestas abarcan un rango enorme. En un extremo está el sitio Cerutti, en California, donde unos huesos de mastodonte fracturados fueron fechados en unos 130.000 años. En el otro está Swan Point, en Alaska, con unos 14.200 años, una fecha que casi nadie discute.
Entre ambos aparecen sitios clave como Monte Verde II, en el sur de Chile, con unos 14.500 años, y las huellas humanas de White Sands, en Nuevo México (Estados Unidos), datadas en unos 23.000 años. Cada nuevo hallazgo suele reabrir la discusión.
La genética aporta un límite independiente. Según los autores, si las fechas de Cerutti fueran correctas, sus ocupantes no podrían haber sido Homo sapiens: tendrían que haber sido neandertales, denisovanos o un linaje humano desconocido. Los patrones de mezcla con humanos arcaicos que muestran los genomas americanos más antiguos no encajan con ese escenario.
La «pausa beringiana»: aislados en medio del hielo

El modelo con más apoyo describe una población fundadora que se formó hace entre 25.000 y 20.000 años, a partir de la mezcla de dos grupos: uno emparentado con antiguos habitantes del norte de Eurasia, como el niño de Mal’ta, en Siberia, de unos 24.000 años, y otro de origen asiático oriental.
Ese grupo quedó aislado durante el Último Máximo Glacial en algún lugar que todavía no se conoce con precisión: el este de Siberia, la plataforma ártica o Beringia, el puente de tierra que unía Asia y América. Los especialistas llaman a ese episodio la «pausa beringiana».
Durante ese aislamiento la población se dividió en al menos tres linajes. Uno es el de los antiguos nativos americanos, ancestros de la mayoría de los pueblos originarios actuales. Otro es el de los antiguos beringios, que se separaron hace unos 20.900 años y no dejaron descendientes conocidos. El tercero es una «población fantasma» inferida solo a partir de rastros en el ADN, sin restos físicos identificados.
Norte y sur: la gran división
La señal genética más sólida indica que, hace entre 15.000 y 15.500 años, los antiguos nativos americanos se dividieron en dos grandes ramas, probablemente ya al sur de las capas de hielo. La rama norte quedó ligada a pueblos del actual Canadá y Alaska, como los atabascanos. La rama sur se expandió con enorme rapidez por el resto de América del Norte y por toda América del Sur.
Para los autores, la ventana con mayor respaldo genético para el ingreso al continente va de hace 20.000 a 14.000 años. La primera gran diversificación de los pueblos originarios no habría ocurrido antes de hace unos 21.000 años.
Tres oleadas hacia Sudamérica
La revisión también reconstruye cómo se pobló América del Sur, un proceso más complejo de lo que se pensaba. Una primera oleada, emparentada con Anzick-1, un niño enterrado hace unos 12.800 años en Montana, llegó hace entre 14.100 y 9.000 años. Su rastro aparece en sitios como Lagoa Santa, en Brasil, y Los Rieles, en Chile.
Hace unos 9.000 años hubo un segundo movimiento de linajes distintos, que en gran medida reemplazó al anterior. Un tercer aporte, de poblaciones vinculadas a Mesoamérica, llegó hace no más de 1.300 años. El genoma de Lagoa Santa contiene además la señal más antigua detectada de la llamada «Población Y», un componente genético misterioso que aparece hoy en algunos pueblos amazónicos y que se parece a poblaciones de Australasia.
El enigma de White Sands sigue abierto
El hallazgo que más tensiona el modelo son las huellas de White Sands. Si tienen 23.000 años, quienes las dejaron habrían llegado antes de la división que muestra la genética. Los autores no las descartan: proponen que podrían corresponder a un linaje todavía no medido, a uno que no dejó descendientes o a uno cuya huella sobrevive en proporciones mínimas, como la Población Y.
El gran problema es la falta de muestras. Ningún genoma recuperado en América supera los 12.800 años de Anzick-1, y hay grandes vacíos geográficos, en especial en las Grandes Llanuras de Estados Unidos. Por eso los autores piden más datos genómicos antes de cerrar la discusión. Por ahora, la genética y la arqueología coinciden en una idea: los primeros americanos llegaron cuando el planeta atravesaba su época más fría de los últimos milenios.