En lo profundo del cosmos, un blazar brilla con una intensidad que lo convierte en uno de los faros más llamativos del universo. Pero su luz no es su único secreto. Astrónomos han descubierto que OJ 287 alberga dos agujeros negros supermasivos, cuya interacción deforma chorros de partículas y libera pistas sobre la física extrema.
Un dúo cósmico fuera de escala
Los blazares son cuásares vistos casi de frente, lo que hace que sus chorros de partículas luzcan aún más brillantes. OJ 287 no es uno cualquiera: desde hace más de un siglo se registran variaciones de su brillo con dos ciclos claros, uno de 60 años y otro de 12.
El ciclo corto se explica por un segundo agujero negro, de 150 millones de masas solares, que orbita a otro mucho más masivo, de 18.350 millones de masas solares. Cada 12 años, el menor atraviesa el disco de acreción del mayor, roba materia y genera su propio chorro temporal, convirtiendo al sistema en un doble cuásar durante un breve tiempo.
La imagen más precisa de su chorro
Entre 2014 y 2017, la combinación de diez radiotelescopios terrestres y el satélite ruso Spektr-R formó un interferómetro con un tamaño virtual cinco veces el diámetro de la Tierra. Esto permitió obtener la imagen más detallada jamás vista de OJ 287, revelando un chorro permanente con tres curvaturas pronunciadas y cambios de orientación de hasta 30 grados cerca de su origen.
Los astrónomos creen que la gravedad del agujero negro secundario distorsiona y hace precesar el chorro. Además, detectaron una onda de choque que liberó radiación gamma extrema, y algunas regiones aparentan temperaturas de 10 billones de grados Celsius, un efecto óptico causado por el “beaming” relativista.
Un laboratorio para ondas gravitacionales
La naturaleza binaria de OJ 287 lo convierte en un candidato ideal para estudiar la fusión de agujeros negros y las ondas gravitacionales que generan. Aunque la colisión final tardará millones de años, el sistema ya emite ondas débiles que podrían detectarse en el futuro con redes de cronometraje de púlsares o con la misión LISA de la ESA, prevista para mediados de la década de 2030.