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Ciencia

El cambio en el trigo que busca reducir un riesgo invisible en productos tostados

Un avance inesperado en el origen de uno de los alimentos más cotidianos promete alterar algo que parecía inofensivo. Lo que ocurre al tostar pan ha sido cuestionado durante años, y ahora una innovación busca reducir un riesgo invisible sin cambiar lo que ves… ni lo que saboreas.
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Pocas rutinas son tan simples como preparar una tostada. Sin embargo, detrás de ese gesto cotidiano se esconde un proceso químico que ha generado preocupación durante años. Ahora, un desarrollo científico apunta directamente al origen del problema, con una solución que no modifica la apariencia del pan, pero sí podría cambiar su impacto en la salud.

Un problema oculto en algo tan cotidiano

Durante años, especialistas en seguridad alimentaria han puesto el foco en una sustancia que aparece al cocinar ciertos alimentos a altas temperaturas. Este compuesto, conocido como acrilamida, se forma al freír, hornear o tostar productos ricos en almidón, como el pan o las galletas.

Lo inquietante es que esta sustancia está considerada potencialmente cancerígena. Aunque su presencia no es visible ni altera el sabor, su aparición en alimentos de consumo diario ha generado preocupación tanto en científicos como en organismos reguladores.

El problema no radica en el pan en sí, sino en lo que ocurre cuando se expone al calor. Esa transformación química, aparentemente inevitable, ha sido durante años un desafío difícil de resolver sin afectar la calidad del producto final.

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© Jahra Tasfia Reza – Pexels

La clave estaba en el origen, no en la cocina

El nuevo enfoque cambia por completo la estrategia tradicional. En lugar de intentar modificar el proceso de cocción, los investigadores decidieron intervenir en el punto de partida: el propio trigo.

La clave está en la asparagina, un aminoácido presente de forma natural en este cereal. Su función en la planta es esencial, ya que actúa como reserva de nitrógeno. Sin embargo, cuando se somete a altas temperaturas, se convierte en el principal precursor de la acrilamida.

Al reducir la presencia de este compuesto en el grano, también disminuye drásticamente la formación de la sustancia problemática durante el tostado. Es una solución que actúa desde la raíz del problema, en lugar de intentar mitigarlo después.

Una herramienta precisa que marca la diferencia

Para lograr este avance, los científicos recurrieron a técnicas de edición genética de última generación como CRISPR. Esta tecnología permite modificar el ADN de forma extremadamente precisa, actuando directamente sobre los genes responsables de producir asparagina.

El resultado ha sido notable. En distintas variantes del nuevo trigo, la reducción de este aminoácido oscila entre un 59% y un 93%. Esto se traduce en niveles mucho más bajos de acrilamida en los productos finales.

En ensayos realizados durante dos años, tanto el pan como las galletas elaboradas con este trigo mostraron resultados sorprendentes. Tras ser tostados, algunos productos presentaban niveles tan bajos que, en ciertos casos, la sustancia era prácticamente indetectable.

Sin sacrificar rendimiento ni calidad

Uno de los grandes desafíos de las mejoras genéticas en cultivos ha sido históricamente el impacto en la productividad. Métodos anteriores, basados en mutaciones aleatorias, lograban avances limitados y a menudo implicaban pérdidas significativas en el rendimiento.

Sin embargo, este nuevo trigo no presenta ese problema. La precisión de la edición genética permite mantener la productividad del cultivo intacta, evitando reducciones que en el pasado podían alcanzar hasta un 25%.

Esto no solo beneficia a los agricultores, sino que también facilita su adopción por parte de la industria alimentaria, que busca soluciones eficaces sin aumentar costes ni comprometer la calidad del producto.

Un avance que llega en un momento clave

El desarrollo de este trigo coincide con un contexto regulatorio cada vez más exigente. En regiones como la Unión Europea, la acrilamida está bajo una vigilancia constante, con niveles de referencia ya establecidos y posibles restricciones más estrictas en el horizonte.

Esto afecta especialmente a productos de consumo masivo como el pan, las galletas o los alimentos fritos. En este escenario, contar con una materia prima que reduzca de forma natural la formación de esta sustancia representa una ventaja estratégica.

Además, este tipo de innovación podría ayudar a disminuir la exposición de los consumidores a compuestos potencialmente dañinos sin exigir cambios en sus hábitos alimentarios.

Entre la innovación y el debate global

El desarrollo de este nuevo trigo tuvo lugar en el Reino Unido, donde las regulaciones sobre cultivos editados genéticamente se han flexibilizado en los últimos años. Este entorno ha permitido avanzar con mayor rapidez en este tipo de investigaciones.

Sin embargo, su adopción a gran escala aún enfrenta desafíos. En otros mercados, especialmente en Europa, la edición genética sigue siendo un tema de debate tanto científico como social.

El futuro de esta innovación dependerá, en gran medida, de cómo evolucionen las normativas y de la aceptación por parte de consumidores y autoridades. Lo que está claro es que este avance abre una nueva puerta: la de transformar lo cotidiano desde su origen, sin que apenas lo notemos.

 

[Fuente: La Razón]

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