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Ciencia

El desierto, considerado como el más hostil de China, ahora produce mariscos. Así lograron criar peces donde solo había arena y calor extremo

En pleno Taklamakán, una de las regiones más áridas del planeta, científicos chinos han conseguido establecer granjas acuáticas estables. El proyecto combina agua subterránea salina, ingeniería ambiental y control biológico para crear algo impensado: un océano artificial en medio del desierto.
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A simple vista, el desierto del Taklamakán parece el último lugar donde podría existir vida acuática. Kilómetros de dunas móviles, lluvias casi inexistentes y temperaturas que superan con facilidad los 50 grados convierten esta región de Xinjiang en uno de los entornos más extremos del planeta.

Sin embargo, bajo esa superficie hostil se escondía una oportunidad científica inesperada. A varios metros de profundidad descansan enormes reservas de agua subterránea con una composición salino-alcalina sorprendentemente similar a la del océano. Ese detalle cambió todo.

Un océano oculto bajo la arena

El desierto más hostil de China ahora produce mariscos. Así lograron criar peces donde solo había arena y calor extremo
© NASA / Wikimedia.

El proyecto parte de una idea sencilla pero radical: aprovechar esa agua subterránea y combinarla con aportes procedentes del deshielo de las montañas Tianhan. El resultado es un sistema acuático artificial capaz de sostener vida marina sin depender del mar.

El agua se conduce hacia estanques sellados con membranas impermeables, aislados por completo del suelo desértico. Sensores digitales controlan en tiempo real la salinidad, la temperatura, el oxígeno disuelto y el pH, ajustando cada variable para reproducir condiciones propias del entorno marino. El exterior puede convertirse en un horno natural. Dentro del sistema, el agua se mantiene estable entre 20 y 30 grados.

Ingeniería marina donde nada debería sobrevivir

Algunos de los estanques alcanzan los 10.000 metros cuadrados y funcionan bajo un esquema de recirculación permanente. Más del 90 % del agua se reutiliza tras pasar por procesos de filtrado físico, sedimentación y depuración biológica.

La clave está en una comunidad de microorganismos diseñada para descomponer residuos orgánicos y mantener el equilibrio del ecosistema. Esta biología invisible reduce enfermedades, estabiliza el entorno y permite densidades de cultivo muy superiores a las de la acuicultura tradicional. Gracias a este sistema, especies típicamente marinas como meros, mújoles, camarones, ostras y mejillones perleros no solo sobreviven: crecen con tasas de éxito cercanas al 99%.

El nacimiento de los “mariscos del desierto”

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© Vandal.

Los resultados han sido tan consistentes que el fenómeno ya tiene nombre propio en los mercados chinos: mariscos del desierto. En 2024, la región de Xinjiang alcanzó una producción cercana a las 196.500 toneladas de productos acuáticos, convirtiéndose en el mayor polo de acuicultura del noroeste del país. Una cifra impensada para una zona que históricamente fue sinónimo de escasez hídrica.

El impacto no se limita a la alimentación. El sistema genera empleo local, reduce la presión sobre las costas y permite reutilizar el agua tratada en experimentos agrícolas posteriores.

Cuando la escasez se convierte en laboratorio

Este proyecto refleja una tendencia cada vez más clara en China: transformar regiones extremas en bancos de prueba para nuevas tecnologías. El Taklamakán pasó de ser un territorio improductivo a un laboratorio vivo donde convergen hidrología, biotecnología, ingeniería ambiental y automatización.

No se trata solo de producir pescado lejos del mar. Se trata de demostrar que, con suficiente control científico, incluso los paisajes más inhóspitos pueden convertirse en ecosistemas funcionales. El desierto no dejó de ser desierto. Pero ahora, bajo el sol abrasador, existe algo que nadie habría imaginado: un océano artificial respirando entre las dunas.

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