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Ciencia

Un fósil de 380 millones de años escondía una de las claves de la evolución. Al analizar su cerebro, los científicos han encontrado pistas de cómo los vertebrados empezaron a adaptarse a la vida fuera del agua

El estudio de Koharalepis revela estructuras sensoriales y posibles adaptaciones respiratorias que sitúan a este animal justo en el punto de transición entre peces y vertebrados terrestres.
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Hay fósiles que cuentan cómo eran los animales del pasado. Y hay otros que explican por qué somos como somos hoy. El caso de Koharalepis jarviki pertenece claramente al segundo grupo.

Este pez, que vivió hace unos 380 millones de años en lo que hoy es la Antártida, ha pasado de ser un fósil más a convertirse en una pieza clave para entender uno de los momentos más importantes de la historia de la vida: el salto del agua a la tierra.

Un fósil que llevaba décadas sin revelar su secreto

El ejemplar fue descubierto en la formación Aztec Siltstone, un lugar que en el Devónico no era un paisaje helado, sino una extensa llanura fluvial llena de vida. Durante años, los investigadores solo pudieron estudiar su superficie. El problema era el de siempre: el interior del cráneo, donde se esconden las claves biológicas más importantes, estaba fuera de alcance sin destruir el fósil. Eso cambió con la tecnología.

Gracias a técnicas como la tomografía de neutrones y el sincrotrón, los científicos han podido reconstruir en tres dimensiones partes del cerebro, la mandíbula y el sistema branquial sin tocar físicamente la roca. Y ahí es donde empieza lo interesante.

Un animal en medio de una transición evolutiva

Un fósil de 380 millones de años escondía una de las claves de la evolución. Al analizar su cerebro, los científicos han encontrado pistas de cómo los vertebrados empezaron a adaptarse a la vida fuera del agua
© Frontiers in Ecology and Evolution (2026).

Koharalepis pertenece a los tetrapodomorfos, el grupo que incluye a los ancestros de todos los vertebrados con extremidades. En términos evolutivos, está justo en una zona intermedia: más avanzado que los peces primitivos, pero anterior a los primeros animales capaces de caminar en tierra firme.

Ese punto intermedio es raro en el registro fósil. Y por eso es tan valioso.

El cerebro que apunta fuera del agua

Al reconstruir el interior del cráneo, los investigadores encontraron algo más que hueso. Identificaron estructuras relacionadas con la percepción sensorial y el comportamiento que recuerdan a las de especies cercanas al momento en que los vertebrados empezaron a explorar el medio terrestre.

Uno de los detalles más llamativos es el desarrollo de la glándula pineal, asociada a la detección de la luz y a los ritmos circadianos. Esto sugiere que este animal estaba especialmente adaptado a entornos cercanos a la superficie, donde los cambios de luz son más relevantes. Y hay más.

El estudio, publicado en Frontiers in Ecology and Evolution, también detecta posibles adaptaciones relacionadas con la respiración en ambientes pobres en oxígeno, incluyendo aberturas en el cráneo que podrían haber facilitado la captación de aire. No es respiración terrestre como la entendemos hoy. Pero es un paso en esa dirección.

Un depredador que no dependía de la vista

El aspecto externo del fósil también aporta pistas interesantes. Su cráneo ancho y aplanado, junto con ojos relativamente pequeños y laterales, indica que no era un cazador basado en la visión. Probablemente utilizaba otros sentidos para detectar presas, lo que encaja con entornos turbios o de baja visibilidad.

Además, sus colmillos sugieren un comportamiento de emboscada. No era un pez pasivo. Era un depredador adaptado a un ecosistema en transición.

Más que un fósil: una pieza del origen de los vertebrados

El análisis filogenético sitúa a Koharalepis dentro de la familia Canowindridae, un grupo asociado al antiguo supercontinente Gondwana. Pero más allá de su clasificación, lo importante es lo que representa.

Es una evidencia de cómo la evolución no avanza en saltos bruscos, sino en fases intermedias donde los organismos prueban nuevas soluciones. Algunas funcionan. Otras desaparecen.

Lo que este hallazgo cambia

Un fósil de 380 millones de años escondía una de las claves de la evolución. Al analizar su cerebro, los científicos han encontrado pistas de cómo los vertebrados empezaron a adaptarse a la vida fuera del agua
© Frontiers in Ecology and Evolution (2026).

Durante mucho tiempo, el paso de los vertebrados del agua a la tierra se interpretó como un cambio relativamente rápido en términos evolutivos. Este fósil sugiere algo distinto.

Una transición más gradual, con animales que ya experimentaban adaptaciones clave mucho antes de que aparecieran los primeros tetrápodos completamente terrestres. Y eso cambia la narrativa. Porque acerca ese momento no solo a una transformación anatómica, sino a un proceso más amplio: sensorial, fisiológico y ecológico.

Mirar dentro de la piedra para entendernos a nosotros

Lo más interesante de este descubrimiento no es solo lo que revela sobre el pasado. Es lo que implica. Cada vez que la tecnología permite mirar dentro de un fósil sin destruirlo, aparece una capa nueva de información que antes era inaccesible.

En este caso, esa capa conecta directamente con nuestra propia historia. Porque, en algún punto de ese proceso evolutivo, estos peces dejaron de ser solo peces. Y empezaron a convertirse en algo más.

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