En el corazón del desierto de Atacama, uno de los lugares más secos de la Tierra, late la paradoja de nuestro tiempo. Allí, bajo una costra blanca que parece infinita, se encuentra el recurso que promete librarnos de los combustibles fósiles: el litio. Lo llaman el “oro blanco” porque es la base de las baterías que alimentan coches eléctricos, teléfonos, ordenadores y hasta sistemas de almacenamiento de energías renovables. Pero lo que se extrae en nombre de un futuro verde tiene un precio que el propio desierto ya está pagando.
Un recurso estratégico en un paisaje extremo

Chile es el segundo mayor productor de litio del mundo y, durante dos décadas, ha liderado su exportación gracias al salar de Atacama, que concentra algunas de las reservas más ricas del planeta. El litio se obtiene bombeando salmueras desde el subsuelo y dejando que se evaporen en gigantescas piscinas rectangulares que tiñen el paisaje de tonos turquesa y verdes imposibles.
Este proceso, sin embargo, consume miles de millones de litros de agua cada año en un ecosistema donde cada gota es vital. La evaporación no solo vacía el subsuelo, también transforma la superficie: se hunden tramos de terreno, mueren algarrobos centenarios y las lagunas que alimentan a los flamencos se reducen sin remedio.
El costo ecológico del oro blanco

Los científicos y las comunidades locales lo repiten con preocupación: la biodiversidad de Atacama está en retroceso. La bióloga Faviola González, de la Reserva Nacional de Chile, advierte que la población de flamencos ha disminuido de manera notable en la última década. El Consejo de Defensa de los Recursos Naturales publicó un informe que lo confirma: casi un tercio de los algarrobos nativos comenzaron a morir a partir de 2013.
No se trata de un desierto vacío, sino de un ecosistema frágil que depende de equilibrios microscópicos. Cada extracción masiva de salmuera altera esos equilibrios. Y aunque el litio viaja a Europa, China o Estados Unidos para alimentar la movilidad eléctrica, la huella se queda en Atacama.
Economía frente a supervivencia

La paradoja es evidente: Chile depende del litio como motor económico. Solo en 2024, las exportaciones alcanzaron 2.895 millones de dólares y las previsiones apuntan a que la demanda mundial superará los 1,3 millones de toneladas en 2025, con un crecimiento que se triplicará para 2040. Para un país enclavado en el “Triángulo del Litio”, dejar de explotarlo no es una opción sencilla.
Pero mientras los números crecen, las comunidades indígenas denuncian que el agua se agota y con ella desaparece parte de su identidad cultural. El desierto no es solo un territorio productivo: es un espacio vital. Y lo que se extrae en nombre de la transición energética no regresa.
¿Un futuro con menos daño?

Las mineras insisten en que buscan soluciones. Hablan de nuevas técnicas de extracción directa, que evitarían las gigantescas piscinas de evaporación, y de reinyección de agua al subsuelo para compensar las pérdidas. Pero esas promesas no convencen a quienes ya han visto morir a la vegetación, reducirse las lagunas y huir a los flamencos.
El dilema es global: necesitamos litio para descarbonizar el planeta, pero su extracción amenaza la biodiversidad que queremos proteger. ¿Cómo sostener una transición energética que se apoya en procesos que dejan cicatrices visibles?
El desierto como advertencia
El salar de Atacama se ha convertido en la batería global que impulsa la revolución verde, pero cada vez que se recarga para otros, se vacía un poco más en casa. El litio puede ayudar a frenar el cambio climático, pero también nos recuerda que no hay energía limpia sin costos ocultos.
Quizá la pregunta no sea solo cómo extraerlo de forma menos dañina, sino si hemos aprendido algo de nuestra obsesión por transformar recursos en riqueza a cualquier precio. Porque Atacama no es solo un desierto: es un recordatorio de que incluso las soluciones más verdes pueden volverse marrones si no cuidamos el suelo que las sustenta.