La figura del papa León XIV comenzó a despertar interés mundial desde su llegada al trono pontificio. Pero lejos de la solemnidad vaticana, existe otra versión de su historia, forjada en tierra latinoamericana, donde su sotana se cubría de barro y su palabra se mezclaba con la acción. En Chiclayo, Perú, su legado aún vive con intensidad.
Una vida entregada a los barrios olvidados

En 2014, cuando llegó a Chiclayo como obispo, León XIV no se encerró en oficinas ni privilegios. Caminaba solo por los barrios más postergados, dormía en parroquias sin luz eléctrica y rechazaba los protocolos. Su cercanía con la gente le valió el apodo de “el obispo de las sandalias”.
Carmen Silva, catequista de la zona, lo recuerda con admiración: “Sabía el nombre de todos, se acordaba de los problemas de cada comunidad”. Vecinos de distritos como José Leonardo Ortiz aún lo describen con la pala en la mano, remangado, ayudando en lo que hiciera falta.
Lejos de delegar tareas, Prevost —su nombre antes del papado— encabezaba ollas populares, recorría casas visitando enfermos y escribía a mano cada pedido en su cuaderno azul.
Emergencias, ciclones y pandemias: la cara solidaria del futuro Papa

Durante el fenómeno de El Niño (2016-2017), mientras las autoridades demoraban, Prevost ya organizaba donaciones y se adentraba en barrios inundados. La imagen de su sotana con botas embarradas y casco se volvió símbolo de lucha.
La pandemia de COVID-19 lo encontró con la misma determinación. Impulsó la campaña “Oxígeno de la Esperanza” y logró instalar dos plantas generadoras gratuitas. En pleno colapso sanitario, estuvo presente al pie de los cargamentos, entregando tanques y consuelo.
Incluso en 2023, cuando debía partir al Vaticano, retrasó su viaje por el ciclón Yaku. En lugar de despedidas solemnes, se le vio cargando cajas con dos sacerdotes más, en pueblos como Illimo y Pacora.
El recuerdo imborrable en tierras peruanas
Para los habitantes de Chiclayo, León XIV no es solo una figura religiosa, sino parte de su historia viva. No era un alto clérigo distante, sino alguien que compartía mates, oraciones y silencios.
“Decía que su deber era caminar con el pueblo, no por encima”, recuerda don Luis, vecino que aún lo evoca con afecto.
Hoy, desde Roma, León XIV encarna el rostro de un pontífice que no olvida sus raíces. Pero en Chiclayo, muchos siguen viendo al mismo hombre: el que llegó en silencio, con sandalias en los pies y botas en el barro.