La transición energética tiene un lado oscuro. Mientras el mundo busca minerales para fabricar baterías y paneles solares, una nueva frontera se abre bajo el océano. Allí, a más de mil metros de profundidad, la minería submarina deja tras de sí una huella invisible pero devastadora: una nube de residuos metálicos que reemplaza el alimento del plancton. El hallazgo, publicado en Nature, plantea un dilema urgente entre sostenibilidad y supervivencia marina.
El nuevo oro del fondo del mar
Níquel, cobalto, manganeso y cobre: los ingredientes esenciales para la revolución eléctrica también se esconden bajo el océano. En la Zona Clarion-Clipperton, una vasta franja del Pacífico central de más de 1,5 millones de kilómetros cuadrados, yacen miles de millones de nódulos polimetálicos, pequeñas rocas del tamaño de una patata que concentran metales estratégicos.
Empresas como The Metals Company (TMC) ya han probado tecnologías para recolectarlos con robots de succión capaces de remover el sedimento marino y bombearlo a barcos en superficie. Pero lo que devuelven al mar —una mezcla de agua, lodo y residuos metálicos— podría estar transformando un ecosistema que aún apenas comprendemos.
Te imaginás una chimenea bajo el mar?
En las profundidades, existen las chimeneas hidrotermales, que expulsan agua a +400°C, cargada de metales. Allí viven camarones, cangrejos, gusanos gigantes con bacterias que convierten químicos tóxicos en energía. Todo esto sin luz solar. pic.twitter.com/RHcgjPyM2h— Marla Honda (@HondaMarla) November 2, 2025
Un experimento natural en el “océano crepuscular”
Científicos de la Universidad de Hawái en Mānoa analizaron el impacto real de estos vertidos de prueba. Su conclusión es inquietante: las partículas resultantes son entre 10 y 100 veces menos nutritivas que las naturales.
El estudio, liderado por el oceanógrafo Michael Dowd, confirma que el material expulsado desplaza las partículas orgánicas que alimentan al zooplancton y a las criaturas que dependen de él, desde pequeños peces hasta grandes cetáceos.
“El efecto es como reemplazar la comida con aire”, explica Dowd. Los investigadores calcularon que el 65% de las especies analizadas dependen de partículas mayores de seis micras, las mismas que desaparecen bajo la nube minera. Si desaparece el plancton, toda la pirámide ecológica se tambalea.
El viaje del residuo
Durante la extracción, los sedimentos y fragmentos de roca son succionados y filtrados en el barco minero. Una vez separados los metales, el material restante se libera de nuevo al mar.
El dilema radica en dónde se arrojan esos desechos. Algunas empresas han propuesto hacerlo en la zona mesopelágica (entre 200 y 1.000 metros de profundidad), una franja rebosante de vida microscópica. Pero, según los expertos, esto podría desencadenar un “efecto cascada”: los organismos que filtran partículas quedarían sin nutrientes, afectando al resto de la cadena alimentaria.
El propio estudio recomienda devolver los sedimentos al fondo original, aunque eso implique mayor coste y complejidad técnica. TMC, que financió la investigación pero no participó en su análisis, asegura que lo hará a 2.000 metros de profundidad, donde “hay menos vida planctónica”.
Reglas en pausa desde hace una década
A pesar del creciente interés industrial, la minería submarina opera sin un marco internacional definitivo. La Autoridad Internacional de los Fondos Marinos (ISA) —dependiente de la ONU— lleva más de una década intentando redactar un Código Minero Global, pero las negociaciones están estancadas desde 2014.
🏞 |#MedioambienteDL| Las operaciones de minería en aguas profundas afectarían a 30 especies de tiburones, rayas y quimeras
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— Diario Libre (@DiarioLibre) November 6, 2025
Hasta ahora solo se han emitido licencias de exploración, ninguna de explotación comercial. Sin embargo, varios países y corporaciones presionan para avanzar sin esperar a la regulación final.
Estados Unidos, por ejemplo, ha buscado sortear la ISA mediante órdenes ejecutivas, pese a no haber firmado la Convención de la ONU sobre el Derecho del Mar (UNCLOS). Mientras tanto, China ya controla el 70% del mercado global de tierras raras y cuenta con múltiples contratos de exploración en la zona Clarion-Clipperton.
La geopolítica del abismo
El fondo del mar se ha convertido en el nuevo tablero de la competencia global por los recursos. Japón, Noruega, Papúa Nueva Guinea y China han avanzado con proyectos propios, mientras 32 países —incluida España— han pedido una moratoria mundial hasta conocer los impactos ecológicos reales.
La secretaria general de la ISA, Leticia Carvalho, ha advertido que avanzar sin consenso “crearía un precedente peligroso” y podría desestabilizar la gobernanza oceánica internacional.
Un dilema que nos alcanza a todos
El hallazgo científico deja al descubierto una paradoja inquietante: en nombre de la energía verde, podríamos estar destruyendo el ecosistema más antiguo y desconocido del planeta.
Bajo esa capa de oscuridad, los residuos metálicos se dispersan en silencio, alterando un equilibrio que tardó millones de años en formarse.
Los investigadores lo resumen sin dramatismo, pero con urgencia:
“Lo que ocurre a 1.000 metros de profundidad no se queda allí. Es el cimiento del océano. Y el océano es el cimiento de la vida”.
Fuente: Xataka.