La empatía no es solo un rasgo humano. Investigadores en Países Bajos entrenaron ratas para elegir entre comida y la posibilidad de evitar el sufrimiento de otras. Los resultados mostraron que estos roedores pueden abstenerse de causar daño, revelando similitudes con los mecanismos sociales humanos. El hallazgo, complementado con un nuevo estudio en España, aporta claves sobre cómo los cerebros de mamíferos equilibran recompensas, emociones y convivencia.
Un dilema moral en miniatura
En el experimento inicial, 24 ratas fueron entrenadas para accionar palancas. Una de ellas otorgaba comida, pero también generaba descargas eléctricas en una compañera. Nueve de los roedores modificaron su conducta y optaron por la alternativa menos dañina al escuchar los chillidos de dolor, un indicio de sensibilidad social.
No todas reaccionaron igual: algunas ignoraron el sufrimiento, mientras que otras cambiaron su conducta al primer indicio de daño. La variabilidad recuerda a la diversidad de respuestas empáticas en los humanos.

Recompensa contra empatía
El experimento también mostró que la empatía tiene un límite. Cuando la recompensa aumentó —tres porciones de comida en lugar de una—, varias ratas que habían mostrado consideración volvieron a elegir la palanca dañina. “Este patrón refleja la complejidad del comportamiento en mamíferos”, explicó la neurobióloga Peggy Mason.
La clave cerebral: el cíngulo anterior
Para identificar la base neurológica, los investigadores inhibieron temporalmente la corteza del cíngulo anterior en algunas ratas. En esas condiciones, dejaron de evitar el daño ajeno. Este hallazgo aporta la primera evidencia directa en una especie no humana del papel de esa región cerebral en la aversión a la violencia, con implicaciones en el estudio de psicopatía y sociopatía humanas.
Christian Keysers, coautor del trabajo, sugirió que intensificar este mecanismo podría inspirar futuros tratamientos contra la violencia en poblaciones antisociales.

Nuevas pistas desde España
Un estudio posterior de la Universidad Pablo de Olavide en Sevilla exploró otro dilema: elegir entre comida o interacción social. Aunque la mayoría prefirió alimentarse, la actividad cerebral reveló la participación de varias áreas: el núcleo accumbens (recompensa), la corteza prefrontal medial (decisión) y regiones asociadas con la memoria y la motivación.
Según las investigadoras Florbela Rocha-Almeida y Ana R. Conde-Moro, “las ratas usan circuitos similares a los humanos para equilibrar hambre y sociabilidad”.
Lo que nos dicen las ratas sobre nosotros
Los experimentos sugieren que la aversión al daño y el valor de la socialización no son exclusivos de las personas, sino mecanismos profundamente enraizados en la evolución de los mamíferos. Estos hallazgos no solo redefinen la manera de interpretar la conducta animal, sino que también aportan claves para entender cómo la empatía y sus límites influyen en la convivencia humana.
Fuente: Infobae.