A comienzos del siglo XX, en una estación agrícola al pie de la cordillera de los Andes, convivieron durante un tiempo unos habitantes inesperados: dromedarios traídos desde el desierto del Sahara. Llegaron con una misión ambiciosa, se adaptaron al clima, tuvieron crías y luego, sin que quedara un registro claro, desaparecieron de la historia.
El experimento ocurrió en San Juan, una provincia del oeste de Argentina, en el límite con Chile, conocida por su clima seco, sus montañas y sus valles regados por oasis de cultivo. Es una región árida, de lluvias escasas y grandes extensiones semidesérticas, el tipo de paisaje donde un dromedario parecería estar en su elemento.
La idea de un agrónomo formado en Francia
El impulsor del proyecto fue el ingeniero agrónomo sanjuanino Guillermo Renato Aubone, que se había formado en Francia y llegó a ser miembro de número de la Academia Nacional de Agronomía y Veterinaria de Argentina. En 1923 trajo dromedarios desde el Sahara y los instaló en la Estación Experimental de Agricultura de Alto de Sierra, en las afueras de la capital provincial.
El objetivo era aprovechar las cualidades de estos animales en las zonas secas de la provincia: usarlos como animales de carga y transporte, para tracción y también para obtener leche. La lógica era sencilla: si los dromedarios prosperaban en el Sahara, podrían convertir en productivas tierras donde otros animales sufrían por la falta de agua y pasto.
Por qué un dromedario aguanta tanto

Los dromedarios están entre los mamíferos mejor adaptados a la aridez. Pueden pasar días sin beber, toleran grandes variaciones de temperatura corporal a lo largo del día y reducen al mínimo la pérdida de agua por la orina y la transpiración. Su joroba no almacena agua, como se suele creer, sino grasa, que funciona como reserva de energía. Cuando encuentran agua, pueden beber decenas de litros en pocos minutos.
En San Juan, los animales efectivamente se adaptaron al clima y llegaron a reproducirse en cautiverio, algo que habla del éxito inicial del experimento. Las fotos de la época, conservadas por el archivo San Juan al Mundo de la Fundación Bataller, muestran a los dromedarios en la estación experimental.
Un final sin documentos
Lo que pasó después es un misterio. No existe documentación concluyente sobre el destino de los animales ni sobre por qué se abandonó el proyecto. Las hipótesis más razonables apuntan a los altos costos de mantenimiento, la falta de continuidad institucional y, sobre todo, el avance del transporte motorizado, que en esas décadas empezó a reemplazar a los animales de carga en todo el mundo.
Otros países que probaron con camellos
Argentina no fue el único país en intentarlo. A mediados del siglo XIX, el Ejército de Estados Unidos importó camellos para usarlos en los desiertos del suroeste del país, en un experimento conocido como el Cuerpo de Camellos, que también terminó abandonado.
El caso más llamativo es el de Australia, donde se introdujeron miles de camellos en el siglo XIX para explorar y abastecer el interior desértico. Cuando el transporte motorizado los volvió innecesarios, muchos fueron liberados. Hoy el país tiene la mayor población de camellos salvajes del mundo, con cientos de miles de ejemplares que dañan la vegetación y las fuentes de agua.
En Sudamérica también hubo intentos más recientes. En la región peruana de Ica, famosa por sus dunas, se llevaron dromedarios desde Marruecos en 2004 y desde las Islas Canarias a partir de 2017, y en 2020 nacieron allí las primeras crías. La historia de San Juan, en cambio, quedó como una curiosidad casi olvidada: un pedazo del Sahara que vivió, por un tiempo, al pie de los Andes.