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Tecnología

En 2025 se lanzaron al espacio tantos objetos como en los 60 años anteriores juntos. Ahora están cayendo, y no siempre donde deberían

El número de objetos lanzados al espacio creció de 100 por año a más de 4.500 solo en 2025. El problema no es lo que sube: es lo que baja. Fragmentos de naves que deberían incinerarse al reentrar en la atmósfera están aterrizando en Carolina del Norte, Australia y Argentina, y el culpable inesperado es un material que también usan las bicicletas de carreras
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Durante décadas, la basura espacial fue un problema que vivía cómodamente lejos: fragmentos orbitando a miles de kilómetros de altura, colisiones entre satélites, el síndrome de Kessler como escenario distante. Pero desde 2021, ese problema empezó a aterrizar literalmente. Fragmentos de naves espaciales han caído sobre propiedades privadas en Carolina del Norte, Nueva Gales del Sur, Saskatchewan y Argentina. Y el ritmo de reentradas no va a disminuir: va a multiplicarse.

El año en que lo lanzamos todo al espacio

Los números son difíciles de ignorar. Desde los años sesenta hasta 2016, el promedio anual de objetos lanzados al espacio rondaba los 100. En 2016 ya eran 200. En 2025 esa cifra llegó a 4.500, lo que significa que el 20% de todos los objetos enviados al espacio desde los años cincuenta se lanzaron en un solo año. La mayor parte de esos lanzamientos provino de empresas estadounidenses como SpaceX y Rocket Lab, que tienen planes para constelaciones de satélites compuestas por cientos de miles de unidades.

El resultado matemático es inevitable: cuantos más objetos se lanzan, más eventos de reentrada se producen. Y dado que los satélites desactivados deben retirarse de la órbita en plazos de entre 5 y 25 años según la normativa internacional vigente, el grueso del impacto de los lanzamientos actuales no se sentirá hasta dentro de una década o más.

Por qué algunos fragmentos no se incineran como deberían

Cuando un objeto en órbita baja comienza a descender, choca con las moléculas de la atmósfera superior. La fricción genera temperaturas de más de 1.600 grados Celsius, suficientes para fundir el aluminio y el acero. La mayoría de los satélites se incineran por completo en ese proceso. El problema es que los materiales de las naves espaciales modernas ya no son solo aluminio y acero.

Tal como detalla El Confidencial en su cobertura del tema, la fibra de carbono —fabricada a temperaturas de hasta 3.000°C— se quema de forma impredecible durante la reentrada, alterando la manera en que los componentes se fragmentan. En lugar de desintegrarse en partículas que se dispersan en la atmósfera, puede actuar como un escudo térmico involuntario para residuos más pesados y potencialmente peligrosos, protegiéndolos del calor en lugar de dejarlos arder.

Los maleteros de SpaceX que cayeron en tres continentes

Algunos de los casos más documentados involucran los maleteros del tronco de la cápsula Dragon de SpaceX. Estos compartimentos —mayores que una furgoneta de quince plazas— están construidos con fibra de carbono y permanecen unidos a la cápsula tripulada hasta pocas horas antes de la reentrada. Fragmentos del maletero de la misión Crew 7 cayeron en Carolina del Norte. Restos de Crew 1 aterrizaron en Nueva Gales del Sur, Australia. Y fragmentos de la misión Axiom 3 se recuperaron en Saskatchewan, Canadá.

Más allá de los maleteros, los depósitos a presión de fibra de carbono —usados para ajustar la orientación de las naves— son otra fuente frecuente de residuos recuperados en tierra. En los últimos años, piezas de este tipo han aparecido en Australia, Argentina y Polonia.

Diseñar para desintegrarse: la nueva frontera de la ingeniería espacial

La respuesta de la industria se llama «diseño para la desintegración»: en lugar de construir naves con los materiales más resistentes al calor disponibles, los ingenieros buscan formas de hacer que los componentes se destruyan de manera controlada y predecible durante la reentrada. Las estrategias van desde el uso de materiales más susceptibles al calor hasta la incorporación de uniones que se rompen a altas temperaturas para separar las estructuras en piezas más pequeñas antes de que lleguen a zonas densamente pobladas.

El grupo de investigación de materiales de la Universidad de Wisconsin-Stout trabaja específicamente en este problema: busca formas de modificar la fibra de carbono para que mantenga su resistencia durante la misión pero ceda ante el calor de la reentrada. La idea es hacer los materiales más inteligentes, no más débiles.

Un problema que recién empieza

La ironía del problema es que sus consecuencias más serias todavía no llegaron. Las decisiones de diseño y lanzamiento que se toman hoy determinarán cuánta chatarra caerá dentro de diez o veinte años. Los operadores de satélites están obligados a retirar sus equipos desactivados de la órbita en plazos definidos, pero ese proceso toma tiempo, y el volumen de objetos acumulado en los últimos años no tiene precedentes históricos.

Lo que sí está claro es que la probabilidad estadística de que un fragmento de reentrada caiga sobre una zona habitada —hasta ahora considerada remota— aumenta en proporción directa al número de objetos que orbitan el planeta. Y ese número, por primera vez en la historia espacial, crece más rápido de lo que los marcos regulatorios pueden seguirle el paso.

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