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Ciencia

En África hay un buitre que se come los huesos y mata a su propio hermano al nacer. Ahora los científicos quieren aprovecharlo para salvarlo de la extinción

En las montañas del sur de África sobreviven apenas 334 quebrantahuesos. Un proyecto de conservación está aprovechando un comportamiento brutal de sus crías para intentar salvar a una población que podría desaparecer.
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En las montañas que separan Sudáfrica de Lesoto vive una de las aves más extraordinarias del planeta. Puede superar los dos metros y medio de envergadura, alimentarse casi exclusivamente de huesos y digerirlos gracias a unos jugos gástricos extraordinariamente ácidos. Pero el quebrantahuesos tiene otra característica mucho menos conocida: cuando nacen dos polluelos, normalmente solo uno sobrevive.

Durante años, ese comportamiento se consideró simplemente una de las particularidades más crueles de su biología. Ahora, una conservacionista ha encontrado una manera de aprovecharlo para intentar evitar su desaparición.

La estrategia consiste en rescatar al segundo polluelo antes de que muera y convertirlo en parte de una futura generación capaz de recuperar una población al borde de la extinción.

Un ave que puede desaparecer y una oportunidad escondida en sus propios nidos

En África hay un buitre que se come los huesos y mata a su propio hermano al nacer. Ahora los científicos quieren aprovecharlo para salvarlo de la extinción
Dos quebrantahuesos interactúan sobre una ladera nevada. La especie construye sus nidos en acantilados de difícil acceso, lo que complica las tareas de rescate de huevos y polluelos. © Hansruedi Weyrich.

En el sur de África sobreviven aproximadamente 334 quebrantahuesos (Gypaetus barbatus), de los que unos 209 son individuos maduros. La evaluación regional de BirdLife South Africa clasifica esta población como en peligro crítico y advierte de que continúa disminuyendo.

La situación es especialmente preocupante porque se trata de una población geográficamente aislada y genéticamente diferenciada de las que habitan otras regiones del mundo. Los modelos de conservación indican que, sin nuevas intervenciones, podría reducirse a apenas 62 ejemplares durante los próximos 50 años. Para evitarlo, la conservacionista Shannon Hoffman puso en marcha en 2015 el programa Bred 4 the Wild, que trabaja en las montañas Drakensberg.

Su método aprovecha un fenómeno denominado cainismo. Los quebrantahuesos suelen poner dos huevos, pero el primer polluelo que nace tiene ventaja sobre su hermano, monopoliza el alimento y puede atacarlo. El resultado es que, en condiciones naturales, normalmente solo uno consigue sobrevivir.

El equipo de Hoffman recoge el segundo huevo o rescata al polluelo más vulnerable antes de que muera. Según una investigación publicada por National Geographic en septiembre de 2026, esta estrategia permite incorporar individuos a un programa de cría sin reducir, en principio, el número de jóvenes que llegarían a sobrevivir en libertad.

El procedimiento, sin embargo, está lejos de ser sencillo. Los nidos se encuentran en acantilados de difícil acceso y los especialistas deben descender con cuerdas, proteger los huevos de los cambios de temperatura y trasladarlos a instalaciones especializadas.

Una marioneta, una madre adoptiva y diez años esperando el momento decisivo

En África hay un buitre que se come los huesos y mata a su propio hermano al nacer. Ahora los científicos quieren aprovecharlo para salvarlo de la extinción
Un quebrantahuesos sostiene un fragmento de alimento con el pico. A diferencia de otros buitres, obtiene gran parte de su energía de los huesos, que puede digerir gracias a la elevada acidez de su estómago. © Howies Wild Life Images.

Una vez rescatados, los polluelos se enfrentan a otro problema: no deben acostumbrarse a los seres humanos. Si durante sus primeras semanas identifican a sus cuidadores como miembros de su especie, pueden desarrollar una impronta que dificulte su comportamiento reproductivo posterior.

Para evitarlo, el equipo utiliza una marioneta con apariencia de quebrantahuesos que permite alimentarlos sin asociar directamente la comida con una persona. Más adelante, los jóvenes pasan a instalaciones donde pueden observar a otros ejemplares. Una de las protagonistas de esta historia fue Leseli, una hembra recuperada de una pequeña jaula en la que permanecía cautiva. Aunque no podía regresar a la naturaleza, terminó convirtiéndose en madre sustituta de más de veinte polluelos antes de morir en 2023.

El proyecto ha necesitado una década para acercarse a su principal objetivo. Los quebrantahuesos pueden tardar alrededor de ocho años en alcanzar la madurez reproductiva, por lo que los primeros ejemplares rescatados apenas están entrando en esa etapa. Actualmente, el programa cuenta con 26 aves bajo su cuidado y cinco parejas instaladas en recintos de reproducción. Todavía ninguna ha tenido descendencia, pero Hoffman espera reunir 32 ejemplares antes de finalizar 2026.

Esa cifra representa un objetivo inicial para formar una población reproductora suficientemente diversa, no una garantía de recuperación.

Salvar a los polluelos no servirá de mucho si el mundo exterior sigue siendo mortal

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Un quebrantahuesos permanece sobre los restos de un animal. Su alimentación carroñera lo vuelve especialmente vulnerable al envenenamiento, una de las principales amenazas para su supervivencia en África austral. © Shane Elliott.

El verdadero desafío comienza fuera de los centros de conservación. Los quebrantahuesos mueren electrocutados o tras chocar contra tendidos eléctricos. También pueden alimentarse de cadáveres contaminados con veneno, una amenaza especialmente grave para las aves carroñeras.

En determinadas regiones africanas, algunos furtivos envenenan restos de animales para evitar que los buitres sobrevuelen las zonas donde han cazado ilegalmente y alerten a las autoridades. Por eso, BirdLife South Africa insiste en que la recuperación de estas especies exige reducir la mortalidad en libertad, además de aumentar su reproducción.

Los investigadores calculan que sería necesario disminuir las muertes anuales en más de un 15% e incrementar la productividad reproductiva para revertir la tendencia. El precedente del cóndor de California demuestra que los programas de cría pueden contribuir a recuperar poblaciones extremadamente reducidas, aunque necesitan décadas de trabajo y protección continuada. En Drakensberg, las primeras parejas todavía no han producido descendencia. No hay una recuperación asegurada ni un calendario confirmado para las futuras liberaciones.

Pero el programa ya ha logrado algo importante: convertir a los polluelos que normalmente estaban destinados a morir en una posible oportunidad de supervivencia para toda una población. Y en una región donde apenas quedan unos cientos de quebrantahuesos, cada nueva vida puede resultar decisiva.

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