Mientras las grandes compañías biotecnológicas anuncian avances espectaculares en la recuperación de especies extintas, en España ya se había vivido una historia similar, con un final muy distinto. El caso del bucardo no solo expuso los límites de la clonación, sino también los errores humanos que llevaron a esta subespecie al borde del olvido… dos veces. Esta es una crónica sobre la fragilidad de la vida salvaje, la obsesión científica y una lección aún no aprendida.

El bucardo: una especie cazada hasta el silencio
Durante siglos, los majestuosos bucardos dominaron los riscos de los Pirineos. Con su imponente cornamenta y un pelaje adaptado a las alturas, esta subespecie de cabra montés era símbolo del paisaje. Pero su rareza se convirtió en maldición. Su esquivo comportamiento y belleza lo transformaron en un trofeo codiciado por cazadores, ganándose el apodo de “El fantasma de Ordesa”.
A pesar de la prohibición oficial de caza desde 1913, la persecución clandestina no se detuvo. En 1972 solo quedaban 50 ejemplares, y en 1987, tras el último nacimiento registrado, la población ya era crítica. Cuando el último macho desapareció, se intentaron cruces con otras subespecies, pero fue demasiado tarde. En enero del 2000, el radiotransmisor de Celia —la última hembra viva— dejó de emitir movimiento. Con su muerte, la especie fue declarada extinta oficialmente.
Clonar un error: el primer intento de desextinción
En 2003, España se convirtió en pionera global en un experimento nunca antes realizado: la clonación de una especie extinguida. Usando material biológico conservado de Celia, científicos implantaron embriones en cabras montesas. El resultado: un solo nacimiento, vía cesárea. El clon del bucardo vivió apenas diez minutos. Su malformación pulmonar era consecuencia de las mismas patologías genéticas que afectaban a Celia.
Más allá del fracaso técnico, surgió una crítica ética profunda. “Lo único que conseguimos es replicar el mismo ejemplar enfermo y aumentar su sufrimiento”, afirmaron desde Ecologistas en Acción. ¿Era esto un acto de conservación o una carrera por un logro simbólico?

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Un espejo de errores y prioridades mal puestas
El caso del bucardo evidencia un patrón preocupante: la falta de medidas preventivas efectivas frente al colapso ecológico. La clonación fue un intento tardío de corregir un error que ya no tenía solución. “No podemos repoblar los Pirineos con el ADN de una sola cabra estéril”, advirtieron los expertos. Lo que se necesitaba era acción política, planes de conservación reales y recursos.
En Aragón, la cifra de especies amenazadas sigue creciendo. A nivel nacional, casi mil especies figuran en listas de protección. Sin embargo, la aprobación de planes de recuperación sigue postergada. Las prioridades gubernamentales parecen apuntar a otros temas.
Mientras tanto, hay esfuerzos exitosos con el oso pardo cantábrico o el quebrantahuesos. Pero siguen siendo la excepción. La historia del bucardo no solo es la de una clonación fallida, sino también la de una extinción provocada por la inacción, el ego y la falta de visión.
Al final, lo que queda es una pregunta que aún duele: ¿de verdad queríamos salvar al bucardo… o solo ganar el mérito de haberlo intentado?
Fuente: Infobae.