La llaman la Ciudad Perdida (Lost City), un campo hidrotermal descubierto en el año 2000 por un equipo de la Universidad de Washington y la NOAA en el macizo Atlantis, sobre la dorsal mesoatlántica. A diferencia de las fuentes hidrotermales más conocidas, que dependen del calor de la actividad volcánica submarina, este misterioso conjunto de chimeneas de carbonato funciona gracias a un mecanismo completamente distinto: la serpentinización, una reacción química entre el agua de mar y las rocas del manto terrestre que libera hidrógeno y metano, los combustibles moleculares más básicos para sostener la vida.
Ese proceso permite que la Ciudad Perdida sostenga un ecosistema propio en total ausencia de luz solar y sin depender de calor volcánico, algo que la convierte en un caso de estudio clave para entender cómo pudo haber surgido la vida en la Tierra primitiva, e incluso para imaginar cómo podría sobrevivir vida microbiana en océanos helados de otras lunas del sistema solar.
El agujero de 1.268 metros que buscaba resolver el misterio

Durante años, los científicos sospecharon que debía existir una fuente de agua profunda y más caliente alimentando el sistema, pero no lograban confirmarlo. Un equipo internacional, en el marco de la Expedición 399 del Programa Internacional de Descubrimiento Oceánico, a bordo del buque de investigación JOIDES Resolution, perforó un pozo bautizado U1601C hasta 1.268 metros bajo el lecho marino, cerca del macizo Atlantis, para intentar encontrar esa fuente. Los resultados, publicados el 12 de julio de 2026 en la revista Geochemistry, Geophysics, Geosystems, identificaron una fuente de agua profunda con temperaturas superiores a los 300°C, cuya composición química resulta compatible con la que finalmente alimenta las chimeneas de la Ciudad Perdida.
Los investigadores, liderados por C. Geoffrey Wheat, analizaron muestras de agua extraídas directamente del pozo y las compararon con las firmas químicas ya conocidas del propio campo hidrotermal, encontrando explicaciones coherentes que respaldan la conexión entre ambas fuentes, aunque el propio título del estudio incluye una salvedad deliberada: se trata de agua que podría alimentar la Ciudad Perdida, no una confirmación absoluta y definitiva del vínculo.
Un peligro que no viene de la naturaleza, sino de la minería

Pese a su enorme valor científico, la Ciudad Perdida enfrenta una amenaza muy real. En 2018, la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos (ISA, por sus siglas en inglés) le otorgó a Polonia una licencia de exploración de 15 años sobre 10.000 kilómetros cuadrados de la dorsal mesoatlántica, repartidos en 100 bloques de hasta 100 kilómetros cuadrados cada uno, para buscar sulfuros polimetálicos: depósitos ricos en cobre, oro y otros metales.
Los minerales que se buscan no están dentro de las propias torres de carbonato de la Ciudad Perdida, pero la comunidad científica advierte que cualquier actividad minera en las cercanías podría remover sedimentos y generar plumas capaces de sepultar el frágil ecosistema, alterar la química del agua circundante y dañar de forma irreversible un sistema que la ciencia todavía apenas empieza a comprender. La geóloga marina Deborah Kelley, que lideró varias de las expediciones al sitio, advirtió que incluso una perturbación relativamente menor del fondo marino circundante podría bastar para dañar de forma irreparable tanto las chimeneas como los organismos que dependen de ellas.
Un sitio sin protección formal, pese a los pedidos

La complejidad topográfica del terreno mantuvo alejada a la pesca comercial durante todos estos años, pero no logró disuadir el interés de la industria minera de aguas profundas. Científicos y organizaciones conservacionistas vienen solicitando desde hace tiempo que la UNESCO declare a la Ciudad Perdida Patrimonio de la Humanidad, y el sitio ya fue reconocido como un Área Marina Ecológica o Biológicamente Significativa por el Convenio sobre la Diversidad Biológica. Sin embargo, hasta la fecha no existe ninguna protección formal específica vigente sobre la zona.
La buena noticia, al menos por ahora, es que todavía no comenzó ninguna actividad de minería submarina comercial en ningún punto del planeta, lo que deja una ventana de tiempo abierta para que avancen las negociaciones internacionales sobre cómo proteger este tipo de ecosistemas únicos en alta mar, en zonas que no pertenecen a la jurisdicción de ningún país en particular.