La inteligencia artificial está dejando de ser una tecnología reservada para especialistas. Cada vez aparece antes en la educación y se convierte en una competencia que los estudiantes deberán dominar para desenvolverse en un mundo cada vez más digital. Pero cuando esta tecnología entra en las aulas, no todos parecen enfrentarse al mismo desafío.
Un nuevo estudio realizado con más de 700 alumnos de secundaria encontró una diferencia llamativa entre chicos y chicas. Los estudiantes varones no solo declaraban sentirse más seguros al utilizar herramientas relacionadas con la IA, sino que también obtenían mejores resultados académicos que sus compañeras.
A primera vista, podría parecer una cuestión de conocimientos o de habilidades técnicas. Sin embargo, los investigadores encontraron una explicación mucho más relacionada con la percepción, el entorno y los referentes que rodean a los estudiantes desde edades tempranas.
El problema aparece antes de aprender a utilizar la IA

La investigación fue realizada en Qatar, aunque la muestra reunió a adolescentes de diferentes procedencias, entre ellas Asia, África, Oriente Medio y Europa. Para los autores, este detalle resulta especialmente importante: la diferencia observada no parece limitarse a una determinada nacionalidad o cultura.
Uno de los principales factores identificados fue la autoeficacia, es decir, la confianza que tiene una persona en su propia capacidad para afrontar una tarea y obtener buenos resultados. Las alumnas mostraban niveles inferiores de confianza cuando comenzaban a formarse en inteligencia artificial, y esa percepción terminaba influyendo en su rendimiento.
El investigador Zubair Ahmad, responsable del estudio, apunta a la falta de referentes femeninos en el sector tecnológico como uno de los posibles motivos. Cuando una adolescente observa que las personas que ocupan los principales espacios de la tecnología son mayoritariamente hombres, puede resultar más difícil imaginarse a sí misma desempeñando ese mismo papel.
El efecto puede convertirse en un círculo difícil de romper. Menos referentes pueden traducirse en menor confianza; una menor confianza puede reducir la participación y, finalmente, aumentar las posibilidades de abandonar determinadas materias.
Ahmad señala que este fenómeno ya puede observarse en ámbitos como la informática, la programación y la robótica. Algunas estudiantes comienzan los cursos con entusiasmo, pero su interés puede disminuir con el paso del tiempo si sienten que ese entorno no está pensado para ellas.
La cuestión, por tanto, no sería que las adolescentes tengan menos capacidad para aprender inteligencia artificial. El problema estaría en las condiciones desde las que comienzan ese aprendizaje.
La confianza también se aprende
La especialista en tecnologías educativas Estefanía Hita, que no participó en la investigación, coincide en que hablar únicamente de una supuesta diferencia de capacidades sería simplificar demasiado el problema.
Desde su perspectiva, la brecha aparece en las trayectorias educativas. Algunas niñas llegan a la tecnología después de haber tenido menos experiencias prácticas, menos referentes y, sobre todo, menos confianza para enfrentarse a herramientas que pueden parecer complejas.

Eso puede tener una consecuencia especialmente relevante cuando se trata de inteligencia artificial. Si un estudiante cree desde el principio que no tiene las habilidades necesarias, es posible que participe menos, pregunte menos y abandone antes cuando encuentra dificultades.
Por eso, Hita defiende una enseñanza basada en la experimentación. Crear una herramienta, comprobar cómo funciona, cometer errores y volver a intentarlo puede ser más importante para desarrollar confianza que limitarse a aprender conceptos de manera teórica.
El propio diseño de las clases también puede marcar una diferencia. Los investigadores consideran necesario revisar los modelos pedagógicos utilizados para enseñar tecnología y prestar atención no solo a los contenidos, sino también a los factores psicológicos y sociales que condicionan el aprendizaje.
Los datos disponibles fuera del estudio muestran que la situación tampoco es completamente nueva. El informe de Red.es sobre la brecha digital de género ya había detectado diferencias en la confianza que hombres y mujeres tienen frente al entorno digital y en su percepción de preparación ante riesgos relacionados con Internet.
En España, además, los datos de 2023 recogidos en el informe de 2025 muestran que las mujeres representaban apenas el 17,5 % de la población ocupada en disciplinas STEM, una cifra prácticamente idéntica a la media europea.
Una brecha que podría definir quién controlará la tecnología del futuro
La llegada de la inteligencia artificial convierte esta diferencia en una cuestión todavía más importante. La tecnología no solo está transformando determinados empleos: también empieza a modificar la manera en que las personas estudian, trabajan, crean contenido y toman decisiones.
A esto se suman nuevos riesgos. La IA puede utilizarse para generar contenidos dañinos, incluidas imágenes sexualizadas de menores, lo que hace necesario que los estudiantes aprendan a utilizar estas herramientas con criterio y conozcan sus peligros.
Pero convertir la IA únicamente en una amenaza tampoco solucionaría el problema. La educación tiene delante el desafío de enseñar a los jóvenes a aprovechar sus posibilidades sin ignorar sus riesgos.
Para las adolescentes, garantizar ese acceso en igualdad de condiciones puede resultar decisivo. Si una estudiante comienza a pensar que la inteligencia artificial pertenece a un territorio ajeno, probablemente tendrá menos incentivos para profundizar en ella. Y esa percepción puede terminar afectando sus futuras decisiones académicas y profesionales.
El estudio plantea así una conclusión que va más allá de las notas obtenidas en un aula: la desigualdad tecnológica puede comenzar mucho antes de que una persona entre en el mercado laboral.
La solución tampoco parece estar en ofrecer a las alumnas un tratamiento diferente, sino en construir entornos donde puedan experimentar, equivocarse y progresar sin cargar desde el principio con la idea de que la tecnología no es para ellas.
En una época en la que aprender a trabajar con inteligencia artificial puede convertirse en una habilidad básica, conseguir que todas las estudiantes se vean capaces de hacerlo podría ser tan importante como enseñarles cómo funciona la propia tecnología.