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Ciencia

¿Vivir sin estrés es realmente saludable? La investigación que encontró una inesperada señal de alarma

Algunas personas aseguran atravesar sus días sin grandes preocupaciones, pero una investigación encontró diferencias inesperadas en su salud, comportamiento y funcionamiento cognitivo.
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El estrés suele tener mala fama. Lo asociamos con jornadas interminables, preocupaciones económicas, discusiones, problemas laborales y noches en las que resulta imposible desconectar. Por eso, imaginar una vida prácticamente libre de tensiones parece, a primera vista, el escenario perfecto. Pero la realidad es bastante más compleja.

No todas las personas reaccionan de la misma manera ante los desafíos cotidianos. Mientras algunas sienten rápidamente ansiedad o preocupación frente a una situación difícil, otras parecen atravesar los mismos acontecimientos con una tranquilidad llamativa. Incluso existe un pequeño grupo que asegura no haber experimentado prácticamente ningún factor estresante durante varios días consecutivos.

Una investigación analizada por National Geographic encontró que estas personas tenían algunas características que podían parecer positivas. Sin embargo, cuando los investigadores observaron con mayor detalle su funcionamiento mental, apareció un resultado mucho menos evidente.

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©Jonathan Borba – Pexels

Cuando la ausencia de estrés también plantea preguntas

El estrés es una respuesta natural del organismo ante una amenaza, un cambio o una exigencia. Cuando el cerebro interpreta que existe un peligro, el sistema nervioso activa mecanismos que preparan al cuerpo para actuar: aumenta la frecuencia cardíaca, se acelera la respiración y los músculos reciben más tensión.

Esta reacción, conocida como respuesta de lucha o huida, puede ser útil cuando aparece durante un período breve. Tener cierta activación antes de un examen, una presentación importante o una situación inesperada puede ayudar a mantener la atención y reaccionar con rapidez.
El problema comienza cuando esa respuesta se mantiene durante demasiado tiempo.

Investigaciones citadas por instituciones como Harvard y Cleveland Clinic señalan que el estrés crónico puede mantener activos durante semanas o meses mecanismos hormonales relacionados con sustancias como el cortisol y la adrenalina. Esa exposición prolongada puede afectar diferentes sistemas del organismo y asociarse con problemas de salud.

Pero la investigación de Susan Charles, psicóloga de la Universidad de California en Irvine, puso el foco en una cuestión diferente: ¿qué ocurre con las personas que prácticamente no declaran experimentar estrés cotidiano?

Los resultados mostraron una aparente paradoja. Quienes informaban niveles muy bajos de estrés también tendían a describirse como más felices y presentaban menos problemas de salud crónicos que otras personas.

Hasta ahí, todo parecía encajar con la idea de que una vida tranquila es una vida mejor. Sin embargo, cuando los investigadores analizaron determinadas capacidades cognitivas, surgieron diferencias que cambiaron la interpretación.

La tranquilidad tenía un detalle inesperado

Las personas que prácticamente no informaban situaciones estresantes mostraban, en promedio, un desempeño cognitivo menos favorable. Entre las dificultades observadas aparecían problemas relacionados con la atención y la concentración, la memoria a corto y largo plazo, la resolución de problemas y la capacidad para inhibir determinadas conductas.

Esto no significa que la ausencia de estrés provoque deterioro cognitivo. El estudio identifica una asociación, no demuestra que una cosa sea directamente responsable de la otra. De hecho, existen múltiples factores capaces de influir tanto en la exposición al estrés como en el funcionamiento mental.

El perfil de quienes declaraban vivir sin tensiones también presentaba algunas particularidades. Según los datos recogidos por National Geographic, eran con mayor frecuencia hombres mayores, solteros y con menor nivel educativo que quienes sí habían experimentado acontecimientos estresantes.

Además, tendían a participar menos en actividades cotidianas relacionadas con el trabajo, el voluntariado o el apoyo emocional a otras personas. También pasaban más tiempo mirando televisión.

Estos elementos son importantes porque una determinada cantidad de desafíos cotidianos puede estar vinculada con la actividad social, la interacción con otras personas y la necesidad de resolver problemas. Es decir, no experimentar estrés podría reflejar en algunos casos una vida con menos demandas, pero también menos situaciones que exijan participación, adaptación o esfuerzo mental.

La manera en que cada persona procesa esas experiencias tampoco es idéntica. La predisposición individual, el temperamento, la genética y las vivencias anteriores pueden modificar considerablemente la reacción ante una situación adversa.

Incluso la infancia podría desempeñar un papel. El psiquiatra Redford Williams explicó que crecer en un entorno afectuoso y con apoyo puede favorecer una mayor capacidad para afrontar situaciones difíciles, mientras que experiencias como el abuso, la negligencia o una exposición intensa a conflictos pueden aumentar la sensibilidad al estrés durante la adultez.

Otros factores, como la microbiota intestinal, también están siendo investigados, aunque la relación todavía se encuentra en una etapa preliminar.

El objetivo no es vivir sin estrés, sino aprender a manejarlo

La conclusión no es que las personas deban buscar deliberadamente situaciones estresantes. Tampoco significa que sentir ansiedad o preocupación sea saludable por sí mismo. La diferencia fundamental está en la duración y la intensidad de la respuesta.

El estrés agudo aparece ante un acontecimiento concreto y suele desaparecer cuando la situación termina. El estrés agudo episódico, en cambio, se repite con frecuencia. El estrés crónico es el más preocupante porque permanece durante períodos prolongados y puede terminar afectando el bienestar físico y emocional.

Entre sus posibles manifestaciones aparecen problemas para dormir, agotamiento, irritabilidad, tensión muscular, molestias digestivas, tristeza y dificultades para concentrarse. En determinadas circunstancias, el estrés sostenido también puede asociarse con hipertensión y alteraciones relacionadas con la salud cardiovascular y mental.

Por eso, el objetivo no consiste necesariamente en eliminar cualquier preocupación de la vida cotidiana, sino en impedir que el organismo permanezca permanentemente en estado de alerta.

Existen diferentes estrategias para favorecer esa recuperación. La actividad física, dormir adecuadamente, mantener una alimentación equilibrada y establecer objetivos realistas pueden ayudar a reducir la carga cotidiana. También pueden resultar útiles técnicas de respiración profunda, visualización, yoga, tai chi o prácticas de relajación.

El contacto con personas de confianza también puede desempeñar un papel importante. Compartir preocupaciones y mantener vínculos sociales puede ayudar a afrontar situaciones difíciles en lugar de enfrentarlas en aislamiento.

Y cuando la sensación de desborde se vuelve persistente o comienza a interferir con la vida cotidiana, buscar ayuda profesional puede ser una herramienta fundamental.

Al final, una vida saludable probablemente no sea aquella en la que nunca aparece el estrés. Más bien podría ser aquella en la que existen recursos suficientes para enfrentarlo, recuperarse y volver a encontrar el equilibrio.

 

[Fuente: Infobae]

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