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Es densa, oscura y brutal: el thriller histórico de Netflix que Tom Hardy convirtió en culto

Hay series que llegan en el momento equivocado. Taboo es una de ellas. Cuando se estrenó hace ya ocho años, muchos espectadores —yo incluido— la abandonaron casi al principio. Su ritmo denso, su atmósfera asfixiante y un desfile constante de personajes hoscos y enfurecidos la convertían en una propuesta exigente, poco agradecida para quien buscaba algo más inmediato.
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Pero el tiempo cambia la mirada. Y hay ficciones que se disfrutan mucho más cuando uno deja de tener prisa por consumir novedades semana a semana. Lo que entonces parecía un exceso de solemnidad, hoy puede entenderse como una apuesta clara por la atmósfera, el misterio y la incomodidad.

Oscuridad, peligro y conspiraciones

Taboo se ambienta en el Londres de 1814, en plena tensión geopolítica entre Gran Bretaña y los Estados Unidos por el control de Canadá, mientras la todopoderosa Compañía de las Indias Orientales mueve hilos para dominar las rutas comerciales. En medio de ese tablero aparece James Delaney (Tom Hardy), un hombre al que todos daban por muerto y que regresa de África para reclamar la isla que heredó de su padre.

Ese regreso desencadena una guerra personal contra una de las instituciones más poderosas del mundo. La serie combina conspiraciones políticas, tensiones coloniales y secretos familiares con un ritmo pausado, diálogos cortantes y una puesta en escena cargada de barro, sangre y sombras.

Tom Hardy como centro absoluto

El gran gancho de Taboo es evidente desde el primer episodio. Steven Knight, creador de Peaky Blinders, construye la serie alrededor de una figura: Tom Hardy encarnando una masculinidad oscura, violenta, silenciosa y profundamente ambigua. Su presencia física lo invade todo. Delaney habla poco, mira mal y parece dispuesto a quemar el mundo por motivos que rozan lo irracional.

La serie prioriza el estilo sobre la profundidad psicológica, pero a cambio ofrece un viaje de venganza hipnótico, donde cada elemento resulta más extremo que el anterior: la relación incestuosa con su media hermana (Oona Chaplin), la disputa por Nootka Sound, los secretos africanos, la mística tribal y los cadáveres que va dejando a su paso. Todo refuerza la sensación de que Delaney está fuera del sistema, fuera de la ley y quizá fuera de sí mismo.

Sus límites y sus virtudes

No todo funciona igual de bien. Taboo arrastra un problema evidente en el tratamiento de sus personajes femeninos, reducidos en muchos casos a prostitutas, musas u objetos narrativos al servicio del protagonista. Sus motivaciones rara vez se desarrollan con la misma complejidad que las masculinas.

A esto se suma un ritmo deliberadamente lento, más preocupado por construir atmósfera que por avanzar el relato. Es una serie densa, contenida y exigente, que pide paciencia y una cierta disposición a dejarse arrastrar por su tono.

Un reparto que sostiene el conjunto

Aun así, Taboo se mantiene firme gracias a un reparto extraordinario. Junto a Hardy brillan Oona Chaplin —a la que hemos visto recientemente en Avatar: Fuego y ceniza—, Jessie Buckley, Stephen Graham y un imponente Jonathan Pryce como antagonista principal. Todos ellos aportan gravedad y credibilidad a una historia que, por momentos, camina al borde del exceso.

Puede que no tenga la contundencia ni la accesibilidad de Peaky Blinders, pero Taboo fue una serie ambiciosa, extraña y adelantada a su tiempo. Si en su momento la dejaste pasar, quizá ahora sea el mejor momento para darle una segunda oportunidad.

Está disponible en Netflix, Filmin y AMC+.

Fuente: Espinof.

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