En el año 2013, una carta firmada por
Zhang Jingchuan se publicaba en Internet. La misma comenzaba así: “Es muy
difícil encontrar las palabras para describir lo que nos sucedió. Pero creo que
el asunto es tan serio que necesito y debo hablar sobre él abiertamente”. La
escalofriante historia comenzó unos meses atrás.
El nombre de Nanga Parbat puede que no te
diga mucho, pero para un reducido número de personas es casi un mito, una
leyenda, y un espacio donde mucha gente se ha dejado la vida. Situada en la cordillera del Karakórum (Pakistán), se trata
de la novena montaña más alta del mundo, con 8.125 metros.
Su historia, como la de los grandes ochomiles del planeta, está plagada de relatos de superación, pero también de
grandes desastres. Fue en 1895 cuando se inició oficialmente el
primer intento por hacer cima. El legendario Albert Mummery guió una expedición al pico, y alcanzó casi 7.000 metros en la
cara Diamir (Oeste), aunque Mummery y dos compañeros Gurkha murieron más
tarde reconociendo la cara Rakhiot.
A la expedición de Mummery le siguieron muchas más, lográndose la primera ascensión
el 3 de julio de 1953 por el austriaco Hermann Buhl. Para entonces, 31 personas habían muerto ya en la montaña.
Hoy, y tras el mítico
Annapurna, el Nanga Parbat acumula la segunda mayor siniestralidad de todos los
ochomiles en la historia del alpinismo. Han sido innumerables los accidentes y
fallecimientos producidos en la montaña, fundamentalmente debido al mal tiempo
característico de la zona y a los constantes aludes que barren sus inmensas
paredes.
Sin embargo, nunca, en
todo la historia del alpinismo, se había dado una masacre como la
ocurrida el 23 de junio de 2013.
Ataque en Himalaya
En realidad, todo comenzó
un poco antes de la medianoche del 22 de junio. Por aquellas fechas se acababa
de dar el pistoletazo de salida de la temporada de escalada de tres meses en la
remota provincia de Gilgit-Baltistan, en el norte de Pakistán, una región
montañosa donde los ataques a los extranjeros han sido muy escasos, más bien mínimos.
Unos 50 escaladores, un
grupo selecto con varios ochomiles a sus espaldas, habían subido hasta Nanga
Parbat. La mayoría de ellos estaban por encima del campamento base preparándose
para la cumbre, dejando a una docena en el campamento base, a unos 4 mil
metros. Esos escaladores, un chino-estadounidense, tres ucranianos, tres
chinos, dos eslovacos, un nepalí, un lituano y un pakistaní, junto con un
cocinero pakistaní, comenzaban la pesadilla cuando vieron acercarse a un grupo.
Se trataba de 16 hombres
con uniformes paramilitares. Los tipos comenzaron a correr gritando hacia la
zona del campamento base. Tenían cuchillos y Kalashnikovs rusos, sacaron a los
12 escaladores de sus tiendas, los obligaron a arrodillarse sobre la hierba congelada
por el frío, y les ataron las muñecas con una cuerda mientras les decían
claramente: “Al Qaeda!”.
En un primer momento,
todos pensaron que se trataba de un robo. Los intrusos, al descubrir a un
escalador paquistaní que hablaba el dialecto local, el urdu, lo instruyeron a
preguntar a los demás si tenían dinero en sus tiendas, agregando que aquellos
que mintieran serían castigados. “Si encontramos dinero, y lo estás
escondiendo, te matamos”.
Uno de los escaladores era
Zhang Jingchuan, quien tuvo bastante claro cuando vio a los tipos armados romper
los portátiles y los teléfonos, que estaba a punto de morir. Los hombres que lo
amenazaban no eran ladrones normales. Jingchuan, de 42 años, fue uno de los que
más sufrió, ya que lo sacaron de la tienda de campaña en ropa interior térmica
y con los pies descalzos, le ataron las manos como al resto y le ordenaron
arrodillarse. Sus dos compañeros, los montañistas chinos Yang Chunfeng y Rao
Jianfeng, ya estaban afuera bajo el frío glacial con el cañón de un Kalashnikov apuntando
a sus cabezas.
Lo cierto es que Zhang
tenía algo que no tenían ninguno de sus compañeros: experiencia en este tipo de
situaciones. Ex soldado veterano del ejército chino, el alpinista tuvo una
extraña sensación sobre la forma deliberada en que los atacantes recogieron sus
pasaportes y tomaron fotos de todos. En lugar de hacerse con los aparatos
electrónicos, los estaban rompiendo con piedras.
Unas horas después, el
hombre decide jugársela. Cuando los escaladores fueron conducidos a un prado al
borde del campamento, notó que los talibanes separaban al escalador pakistaní
del resto del grupo. “De repente, hubo disparos”, le contó Zhang a
los medios. Estaban matando uno a uno a todos los escaladores, y Zhang aprovechó
el momento para dejarse caer al suelo e intentar
liberar sus muñecas de la cuerda.
Una bala rozó su cuero
cabelludo, lo que le causó una pequeña brecha de sangre que comenzó correr
sobre su cara. Luego recordó oír gritos mientras los atacantes caminaban lentamente
hacia la siguiente víctima, disparando a los escaladores con una sola bala en
la cabeza.
El alpinista se levantó de
un salto en posición vertical y derribó al atacante más cercano, luego corrió
descalzo en medio de la noche mientras escuchaba los gritos y súplicas de sus
compañeros junto con el sonido de los disparos de los terroristas. Zigzagueando
como lo habían entrenado en el pasado, avanzó unos 30 metros antes de saltar a
un acantilado, cayendo sobre una pendiente y rodando hacia las sombras de un
barranco.
Allí permaneció oculto
durante 40 minutos, quizás más, tiritando de frío medio desnudo y descalzo mientras
los pistoleros lo perseguían al grito de: “¡Allahu Akbar!” “¡Osama bin Laden Zindabad!”.
Al cabo de un tiempo, Jingchuan
dejó de escuchar el ruido de los terroristas, se hizo el silencio en la
montaña. Descalzo como estaba y en ropa interior térmica, Zhang se escondió
detrás de un bloque de hielo, luchando contra la hipotermia. Una hora después, decidió regresar al campamento, si tenía que morir, lo haría
luchando por su supervivencia.
Al llegar a la zona, una
tenue luz brillaba en el lado más alejado de las tiendas: los atacantes seguían
allí. Jingchuan mantuvo las distancias, se arrastró hasta su tienda, se puso su
chaqueta y sus botas, y encontró un teléfono satelital que no estaba dañado. El
hombre salió sigilosamente y escaló por encima del campamento base, llamó a una
línea de emergencia local y esperó a que la suerte estuviera de su lado.
Cuando salió el sol, llegó
un helicóptero militar paquistaní y Zhang descendió al campamento base. Los
atacantes se habían ido. El hombre había salvado la vida, pero el resto de sus
compañeros habían muerto asesinados.
Aquel día se produjo el
peor ataque terrorista del país contra extranjeros en una década. Acostumbrados
a todo tipo de riesgos que amenazan la vida, los escaladores han afrontado la
inestabilidad política de Pakistán desde hace mucho tiempo para escalar sus
picos de clase mundial. Sin embargo, nadie estaba preparado para un ataque así.
Al parecer, y según afirmó la policía días después, los talibanes
se estaban vengando por el asesinato de Osama Bin Laden. Cuatro días después
del ataque, Zhang bajó de un avión en Urumqi, China, y abrazó a su mujer y su
hijo. Había sido el único superviviente en el conocido como “ataque al
Himalaya”.[Wikipedia, The Guardian, Wikipedia, Climbing]