Las ultimas noticias en tecnología, ciencia y cultura digital.

Mañana es Halloween, y no se me ocurre mejor forma de ponernos en situación que contando la historia real que originó el mito de Godzilla. Como suele ocurrir, la realidad es mucho peor que la ficción, y lo que pasó aquel día en el océano perdurará como una de las historias reales más terribles de la humanidad.

Pero antes de explicar lo que pasó con estos 23 pescadores, tenemos que remontarnos varios meses atrás en el tiempo para entender qué demonios era el gigantesco resplandor que estaban a punto de observar.

El atolón radioactivo y la Operación Crossroads

Imagen: Vista aérea de Bikini (NASA)

Durante mucho tiempo, el aislamiento que se vivía en el atolón Bikini, un collar de 23 islas con playas arenosas y palmeras que rodean una tranquila laguna azul, fue una bendición para sus habitantes. La pequeña población de la cadena de islas del Pacífico, a más de 2.000 kilómetros de Papua Nueva Guinea (la masa terrestre más cercana), estuvo libre de los conflictos que ocurrían en el mundo exterior.

Hasta el siglo XX.

Entonces, sin que nadie les preguntara, el enclave sirvió como puesto de avance japonés durante la Segunda Guerra Mundial. Y lo peor estaba por llegar. Después de la guerra, Estados Unidos se hizo cargo de la administración del atolón, y el apacible aislamiento se convirtió en la mayor pesadilla para sus habitantes.

Estados Unidos se había dado cuenta de que el aislamiento del atolón lo convertía en el área ideal para llevar a cabo pruebas nucleares. Así fue como un domingo de febrero de 1946, el gobernador militar estadounidense de la isla, Ben H. Wyatt, preguntó a los locales si estarían dispuestos a trasladarse temporalmente por “el bien de la humanidad y para poner fin a todas las guerras mundiales”.

Imagen: 1946, los residentes de Bikini parten del atolón

Unos meses antes, en diciembre de 1945, el presidente de Estados Unidos, Harry S. Truman, emitió una directiva para los oficiales del ejército y la armada explicando que las pruebas conjuntas de armas nucleares serían necesarias “para determinar el efecto de las bombas atómicas en buques de guerra estadounidenses”.

Debido a su ubicación lejos de las rutas aéreas y marítimas regulares, Bikini fue elegida para ser el nuevo campo de pruebas nucleares por el gobierno de Estados Unidos. El único problema para los estadounidenses: los casi 200 isleños de Bikini. ¿Qué hacer con ellos?

Ahora sí, volvamos a la escena donde aparece Wyatt. Para los isleños era una fecha señalada, como cada domingo, la mayoría estaban en la iglesia, y a su salida Wyatt los abordó y los reunió para preguntarles si estarían dispuestos a irse por “el bien de la humanidad”. La respuesta del rey Juda, entonces líder de los bikinianos, y tras largas deliberaciones con el pueblo, fue comunicar que “nos iremos creyendo que todo está en manos de Dios”.

Imagen: Los nativos de Bikini se reúnen para su último servicio religioso antes de ser transferidos por la Marina de EE. UU. al atolón Rongerik (AP)

Así fue como se inició una de las etapas más sombrías de la humanidad, iniciándose la conocida como Operación Crossroads. En esencia, una misión que iba a aglutinar a 250 barcos, 150 aviones, 25.000 dispositivos de grabación de radiación, miles de ratas, cabras y cerdos experimentales de la Marina y, por supuesto, un arsenal nuclear dispuesto a detonarse como parte de las pruebas.

Mientras, los isleños acordaron que podrían regresar a sus hogares después de solo un breve período de tiempo. Por supuesto, entonces ninguno de los involucrados pensó que, gracias a las pruebas nucleares, el atolón permanecería deshabitado durante más de 70 años.

Así que con todo preparado, o todo lo preparado que uno puede estar para semejante plan, ese mismo año dieron comienzo las pruebas con la Operación Crossroads. A lo bikinianos los enviaron a unos 200 kilómetros hacia el este a través del océano en una lancha de desembarco de la marina estadounidense, exactamente al atolón Rongerik, deshabitado y con poca vegetación.

Imagen: Operación Crossroads (Dominio público)

La administración dejó a los lugareños comida para varias semanas, pero no tardaron en descubrir que los cocoteros y otros cultivos locales producían muy pocas fruta en comparación con los árboles en Bikini. Además, los peces en la laguna no eran comestibles. Como resultado de todo ello los isleños comenzaron a morir de hambre. A los dos meses de su llegada, rogaban a los funcionarios estadounidenses que los trasladaran de regreso a Bikini.

Claro, aquello era imposible. Dos meses después todo estaba dispuesto para el primer gran evento: una devastadora bomba nuclear el 1 de julio de 1946 daba el pistoletazo de salida a las pruebas nucleares a las que se vería sometido el atolón.

Todos los sujetos de prueba consistían en viejos barcos fantasmas estadounidenses y buques del Eje capturados de la guerra, todos repletos de animales enviados al fondo de la laguna del atolón. ¿La razón? La idea era ver qué pasaba con los buques de guerra navales cuando explotaba un arma nuclear.

Imagen: Operación Crossroads (Dominio público)

Mientras esto ocurría, resguardados con gafas especiales pero en primera fila, asistían cientos de científicos, reporteros y representantes de las Naciones Unidas. En cuanto a los animales vivos dentro de los barcos, el objetivo era “estudiar los efectos de la explosión nuclear y las consecuencias radiactivas en los animales”.

Curiosamente, las pruebas de la Operación Crossroads no se eternizaron y tuvieron un punto y final después de que una de las detonaciones resultó en un tsunami de 30 metros que cubrió todo a su paso con agua radiactiva. Pero tras esta operación hubo otras. La siguiente serie comenzó en 1954 y tuvo consecuencias devastadoras para Bikini.

Bajo el nombre de Operación Castle, estas detonaciones estaban destinadas a probar la eficiencia de una bomba de hidrógeno, una que era lo suficientemente pequeña como para ser transportada por avión, pero que tenía la capacidad de aniquilar una ciudad entera. El resultado fue la prueba de Castle Bravo, que utilizó una bomba 1000 veces más poderosa que la que aniquiló a Hiroshima.

Esta bomba fue el dispositivo nuclear más grande que Estados Unidos haya detonado, y aunque tenían controlados a los habitantes de Bikini a cientos de kilómetros, nadie le dijo a 23 pescadores japoneses lo que iba a ocurrir aquel día en el fondo del océano, cuando una lluvia blanca fantasmal, espesa y repleta de cenizas, comenzó a caer, cubriéndolos a ellos y a sus capturas.

Lucky Dragon y el origen de Godzilla

Imagen: El Lucky Dragon en el Daigo Fukuryu Maru Exhibition Hall (Dominio público)

El Parque Yumenoshima se encuentra en una isla artificial hecha de desechos y vertederos a lo largo de uno de los canales de drenaje que desembocan en la Bahía de Tokio, en Koto, un barrio de la capital japonesa que no suele aparecer en ninguna lista de visitas obligadas.

De hecho, muy pocos se acercan hasta el Daigo Fukuryu Maru Exhibition Hall, un pequeño edificio escondido en una esquina del parque. Sin embargo, los que lo hacen entienden la importancia del viejo barco pesquero de atún que se exhibe en el interior.

Este barco se llamó Daigo Fukuryu Maru, o Lucky Dragon 5, y fue construido en 1947 en la prefectura de Wakayama. En aquellos días, se permitía a las embarcaciones de madera aventurarse en las profundidades del mar, y el Lucky Dragon llegó a realizar cinco viajes oceánicos, el último de los cuales comenzó el 22 de enero de 1954.

Imagen: La embarcación en 1950

Esa mañana, el Lucky Dragon salió del puerto de origen, Yaizu, prefectura de Shizuoka, capitaneado por un joven e inexperto de 22 años llamado Hisakichi Tsutsui. El bote era pequeño y de poca potencia, y tenía una tripulación de 23 pescadores.

Para el 9 de febrero ocurrió la primera calamidad. Al sur de la isla Midway, casi la mitad de las más de 300 líneas de pesca del Lucky Dragon, cada una de unos 300 metros de largo, se perdieron cuando se engancharon en los arrecifes de coral. Ante la terrible posibilidad de regresar a casa con las manos vacías, el capitán decidió continuar y buscar suerte dirigiéndose hacia el sur a otras zonas de pesca, rumbo a los alrededores de las Islas Marshall.

Ninguno de ellos sabía que cinco meses antes Estados Unidos había notificado a la Agencia de Seguridad Marítima de Japón que antes de las pruebas nucleares planificadas, la zona de exclusión del atolón Bikini se expandiría hacia el este a una longitud de 166° 16´.

Este detalle iba a ser crucial. 18 meses antes, el Departamento de Estado de EE. UU. había notificado a Japón que se mantuviera alejada del atolón Enewetak debido a las pruebas nucleares, y este dato sí lo conocía el Capitán Hisakichi antes de embarcar, pero la inclusión de Bikini como zona de peligro no. Por tanto, el capitán y la tripulación pensaron que mientras se mantuvieran alejados de Enewetak estarían a salvo.

Imagen: Castle Bravo (Dominio público)

Así llegamos hasta el fatídico 1 de marzo. Iba a ser el último día de pesca antes de regresar a Yaizu. Con poca comida y combustible, el equipo estaba cansado y apenas tenían fuerzas para otra jornada de trabajo.

Justo antes del amanecer, la mayoría de la tripulación estaba dormida debajo de la cubierta después de haber trabajado durante la noche en la ardua tarea de la pesca de atún. Hisakichi, sin embargo, estaba en la cubierta, y sería el primero en registrar la aterradora escena que vio y escuchó:

De repente, el bote se vio rodeado por una luz brillante. Un amanecer tan temprano es imposible. Aquello me hizo sentir que había algo muy peligroso.

Otro miembro de la tripulación escribió:

Oh ¿¡Que es esto!? ¡Maldita sea! De repente, todo en la zona del oeste parecía como si estuviera inflamado, se volvió profundo y brillante como el amanecer. ¡Terrible!

El tripulante de 20 años, Matakichi Oishi, escribió lo siguiente:

Un destello amarillo atravesó la ventanilla. Preguntándome qué había pasado, salté de la litera cerca de la puerta, salí corriendo a cubierta y me quedé asombrado. El puente, el cielo y el mar aparecieron a la vista, pintados en llamativos colores del atardecer ...

Hisakichi continuó narrando el evento así:

Nueve minutos después llega un rugido solo comparable a un grupo de avalanchas superpuestas. Bang, bang, bang, bang: un sonido horrible como si las Islas Marshall se hundieran como olas furiosas contra el mar.

Imagen: Nube de hongo de la explosión de Castle Bravo (Dominio público)

Entonces la tripulación entera corrió hacia la cubierta. Alguien gritó “¡bomba atómica!”. El miedo se instaló en cada uno de los hombres, la mayoría ex combatientes en la Segunda Guerra Mundial, tipos que sabían demasiado sobre Hiroshima y Nagasaki. Todos buscaron en el horizonte la prueba definitivo: la nube en forma de hongo que habían visto en las imágenes de los bombardeos. Temblando y observando lo que estaba aconteciendo en el amanecer del día, miraban el cielo en busca de aviones y el horizonte en busca de barcos.

Sin embargo, lo que estaban presenciado era mucho más que una bomba atómica al estilo de Hiroshima. El resplandor y la onda expansiva provenían de la detonación de la prueba de un arma termonuclear, una nueva versión de la herramienta de guerra más poderosa de la humanidad.

Aquella prueba era Castle Bravo, y sus 15 megatones se convirtieron en la prueba nuclear más grande jamás realizada por Estados Unidos, y la quinta explosión nuclear más grande en la historia. Y como ahora sabemos, había salido terriblemente mal.

Imagen: La cabeza de uno de los miembros de la tripulación el 7 de abril de 1954, con quemaduras y decoloración general de la piel (Dominio público)

La bomba resultó ser más del doble de poderosa de lo que predijeron sus diseñadores, y aunque el Lucky Dragon estaba a unos 120 kilómetros del sitio de prueba y fuera de la zona de advertencia declarada oficialmente, estaba dentro del alcance del impacto de la bomba.

La tripulación regresó al trabajo arrastrando su captura, pero mientras observaban, comenzaron a llegar círculos de nubes con capas extrañas que se extendieron lentamente desde la dirección de la explosión. Luego empezó a llover. Una lluvia blanca y precipitada, impulsada por vientos que arrastraban una especie de sonido. Esta lluvia antinatural cubrió el barco y la tripulación con una ceniza arenosa que se pegó a las manos, el cuello, la cara y el cabello de los hombres, y posteriormente se les metió en la boca y los ojos. Aquella nube, a todas luces tóxica, impregnó el atún resultando en un azul oscuro sobre la ahora fantasmal cubierta del Lucky Dragon.

Como escribió uno de los marineros:

La cima de la nube se extendió sobre nosotros. ... Pasaron dos horas. ... partículas blancas caían sobre nosotros, como aguanieve. Las partículas penetraron sin piedad: ojos, nariz, orejas, boca. No teníamos la sensación de que fuera peligroso…

Imagen: Miembro de la tripulación atendido por los doctores tras llegar a tierra (Dominio público)

La lluvia y las cenizas no dejó de caer durante cinco horas, y cuando comenzó a remitir, algunos de los tripulantes estaban mareados, vomitando o tenían fiebre. Estaban totalmente cubiertos, habían tragado e inhalado los restos altamente radiactivos de los corales incinerados por la inmensa explosión nuclear, cuyos restos de polvo terminaron arrojados al cielo para finalmente convertirse en una escalofriante lluvia sobre gran parte del océano.

El barco llegó a Yaizu el 14 de marzo, dos semanas después. Un contador Geiger detectó radiación a una distancia de 30 metros, motivo por el que la embarcación fue remolcada a una sección remota del puerto y puesta bajo vigilancia policial. La mayoría de la tripulación sufría dolores de cabeza, encías sangrantes, quemaduras en la piel y cabello que se caía por todos lados. Todos fueron hospitalizados y puestos en cuarentena. Les afeitaron la cabeza y enterraron sus ropas y posesiones irradiadas.

Las pruebas posteriores encontraron un cóctel tóxico de isótopos radiactivos, incluidos el estroncio 90, el cesio 137, el selenio 141 y el uranio 237. Por entonces ya se sabía que los altos niveles de radiación habían causado lo que se conocía como “enfermedad de la bomba atómica” entre los sobrevivientes de las armas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki, enfermedad asociada con la radiación generada en el momento en que explotaron las bombas.

Imagen: Kuboyama Aikichi unos días antes de morir (Dominio público)

Pero investigadores médicos japoneses descubrieron que en este caso, los hombres del Lucky Dragon sufrían de algo más, una enfermedad que los expertos calificaron como “enfermedad de radiación aguda” que no se produjo por la bomba sino por la lluvia radiactiva que produjo. Los japoneses comenzaron a llamar a esta lluvia shi no hai, ceniza de la muerte, y los medios de comunicación y el mundo entero comenzaron a llamarlo con un nuevo nombre que en pocas semanas estaba en boca de todos para invocar el miedo: fallout.

Seis meses después, Aikichi Kuboyama, el principal operador de radio del Lucky Dragon y el miembro más viejo de la tripulación, desarrolló complicaciones hepáticas y entró en coma. El 23 de septiembre murió en un hospital de Tokio. Aquella fue la primera muerte de Castle Bravo.

El gobierno de Estados Unidos inicialmente negó que la tripulación hubiera estado expuesta a tales consecuencias radiactivas. De hecho, se negaron a revelar la composición del fallout porque temían que podrían darle información clave sobre la composición y el diseño del dispositivo nuclear a la Unión Soviética.

Imagen: Inspección de la radiación en el atún (Dominio público)

Cuando Estados Unidos finalmente reconoció que la prueba de Castle Bravo había salido terriblemente mal en un área mucho más grande, se reveló que, además de Lucky Dragon, más de un centenar de otros barcos de pesca estaban contaminados por las consecuencias.

Todo ello derivó en una grave crisis en Japón, donde el precio del atún se desplomó debido al temor a la radiación, y donde la propia FDA impuso enormes restricciones a las importaciones de atún en Estados Unidos.

Tanto Castle Bravo como la tragedia del Lucky Dragon dieron lugar a un importante movimiento antinuclear en Japón. Incluso una campaña nacional contra las pruebas nucleares reunió más de 30 millones de firmas, un tercio de la población. Finalmente, el gobierno de EE.UU. acordó pagar una indemnización a las víctimas de la prueba de Castle Bravo, transfiriendo 15 millones de dólares a los japoneses. La tripulación que sobrevivió del Lucky Dragon (entonces la mitad del grupo) recibió alrededor de 2 millones de yenes cada uno.

Lo cierto es que el Daigo Fukuryu Maru también ayudó a erradicar la capa de secretismo que rodeaba las pruebas de armas nucleares de Estados Unidos que habían estado ocurriendo en el Pacífico durante ocho años.

En primer lugar, con un film de los propios estadounidenses. El ejército había hecho una película de una hora de duración, Operation Ivy, centrada en la prueba de 1952 de una bomba nuclear apodada “Mike”. Aunque el film se hizo solo para uso interno, entre otras cosas porque cuando Eisenhower la vio quedó tan conmocionado que ordenó que se mantuviera en secreto temiendo la reacción del público, dos semanas después del regreso de Lucky Dragon al puerto, con el planeta al tanto de las pruebas y presionando al gobierno estadounidense, la película se lanzó al público:

Aquel film fue un antes y un después para la opinión pública. Sí, la gente ya sabía sobre las armas atómicas, pero el film les hizo darse cuenta de que las armas termonucleares representaban una amenaza existencial para la vida en la tierra.

Y por último, el incidente del Lucky Dragon ayudó a difundir el miedo generalizado a la radiación nuclear a través de la cultura popular. En otoño de 1954, las pantallas de cine japonesas estrenaban una película que tenía como protagonista a un monstruo radioactivo conocido como Gojira.

La película comenzaba en un barco de pesca japonés, donde los marineros quedan asombrados por una luz brillante en el agua momentos antes de que su embarcación se incendie y quede completamente destruida y carbonizada (¿les suena de algo?).

Pero aquí no hay bombas, sino un monstruo revivido por una inmensa explosión provocada por el hombre que luego se dedica a destruir el planeta dejando huellas radiactivas. La bestia tiene un resplandor eléctrico que se ilumina a lo largo de su columna vertebral justo antes de soplar algo así como una respiración radiactiva humeante que incendia cualquier cosa a su paso.

Por supuesto, ahora que sabemos la historia real, reconocemos al Daigo Fukuryu Maru como la historia que inspiró a Gojira, más conocido en occidente como Godzilla. Godzilla se convirtió en una alegoría de las armas nucleares, un monstruo que encarnaba la corrupción humana del mundo natural a través de este tipo de armamento.

Imagen: Gojira

El guionista Ishiro Honda, que poco antes había comenzado a hacer una película de monstruos más convencional, más tarde escribió que se inspiró para cambiar la película por el incidente del Daigo Fukuryu Maru y que “tomó las características de una bomba atómica y las aplicó a Godzilla”.

La versión mostrada en Estados Unidos dos años después (adaptada para ser menos antiamericana) presentaba a un periodista de radio mirando al monstruo radioactivo destruir Tokio y diciéndole a su audiencia: “Estoy rezando una oración, una oración por todo el planeta”.

Si desde Estados Unidos ya no había reparo, el movimiento iba en serio con un mensaje claro; el riesgo de las armas nucleares y las consecuencias radiactivas no era cosa de una sola nación, era un problema global. [Smithsonian, New Yorker, The Guardian, ANU, Wikipedia, The Day the Sun Rose in the West]

Share This Story

About the author

Miguel Jorge

私たちは、ギズモードが大好き

EmailTwitterPosts
PGP Fingerprint: A538 E9AD 005E F2CB C29C BE2F 0401 2B5D D41F C01FPGP Key