Durante años, la idea de una guerra en suelo europeo parecía impensable. Sin embargo, recientes evaluaciones de expertos en defensa revelan un escenario inquietante: el continente podría enfrentarse a un conflicto en un plazo más corto de lo esperado. Más allá del armamento y los presupuestos, el verdadero desafío parece estar en la mentalidad colectiva y en la capacidad de las sociedades europeas para asumir una nueva realidad.
Una reunión que encendió todas las alarmas
Cuando un grupo de especialistas en seguridad se reunió recientemente en Whitehall, sede del Gobierno británico, el diagnóstico fue claro y preocupante: Europa y sus aliados no están listos para una guerra de gran escala. Los asistentes (militares en activo y retirados, funcionarios gubernamentales, expertos de la OTAN e investigadores del sector defensa) no hablaban desde la especulación, sino desde evaluaciones compartidas por los servicios de inteligencia occidentales.
El consenso es que Rusia se está preparando, al menos, para la posibilidad de un enfrentamiento directo con Europa. Según estos analistas, la única forma de disuadir ese escenario es garantizar que, si el conflicto estalla, Europa tenga la capacidad real de ganar.
Más allá del dinero: el problema de la mentalidad
El aumento del gasto militar es una condición necesaria, pero no suficiente. Los expertos advierten que Europa arrastra décadas de subinversión en defensa y que corregirlo requiere algo más profundo: un cambio cultural. Los Gobiernos, sostienen, deben involucrar a la ciudadanía y reconocer abiertamente que el periodo en el que la guerra podía ignorarse ha terminado.
El politólogo Sam Greene, especialista en resiliencia democrática, señala que las sociedades parecen más dispuestas a debatir estos riesgos que sus propios dirigentes. Existe, según él, una falta de voluntad política para mantener una conversación honesta con el público sobre lo que implica realmente prepararse para un conflicto.
Una guerra que ya no es solo militar
Cada vez más expertos coinciden en que Rusia ya libra una guerra híbrida contra Occidente. No se trata de tanques cruzando fronteras, sino de sabotajes, interferencias tecnológicas y campañas de desinformación que buscan desestabilizar democracias desde dentro.
Las incursiones de drones y aviones en el espacio aéreo aliado, la interferencia de señales GPS en el Báltico y los ataques a infraestructuras críticas han alimentado una sensación creciente de vulnerabilidad. Aunque Moscú niega cualquier implicación, estos episodios han cambiado la percepción pública. Para muchos europeos, el conflicto ya no es una hipótesis lejana, sino una amenaza visible.
El Báltico y el reloj que avanza
Si bien Rusia no ha atacado directamente a un miembro de la OTAN, las advertencias se multiplican. El secretario general de la Alianza, Mark Rutte, ha señalado que Moscú podría estar en condiciones de usar la fuerza contra el bloque en un plazo de cinco años. Algunos Gobiernos europeos manejan horizontes aún más cortos.
El propio Vladimir Putin ha insistido en que Rusia no busca la guerra con Europa, pero ha dejado claro que respondería de inmediato si el conflicto se desata. En los países bálticos, la percepción es aún más cruda: allí se habla de un posible ataque en apenas tres años.
Investigaciones académicas coinciden en que los años más mencionados en análisis estratégicos son 2027 y 2028. Ante este panorama, la OTAN ha desarrollado planes de contingencia, aunque varios expertos advierten que esos planes dependen de capacidades que todavía no existen.
Prepararse para lo impensable
En el Reino Unido, una revisión estratégica encabezada por figuras de alto perfil elaboró una hoja de ruta para la preparación bélica. Las recomendaciones van más allá del ejército: incluyen reforzar infraestructuras críticas, reservas civiles, servicios de salud, industria y economía, para permitir una rápida transición a un escenario de guerra.
El problema, según los propios autores, no es la falta de diagnósticos, sino la ausencia de acción. Al ritmo actual, el Reino Unido tardaría una década en estar preparado, mientras que las amenazas podrían materializarse en menos de cinco años.
El fin del “dividendo de paz”
Desde 1945, Europa disfrutó del periodo de paz más largo de su historia moderna. Esa estabilidad permitió priorizar el bienestar social y reducir el gasto militar, confiando en el respaldo de Estados Unidos. Ese modelo empezó a resquebrajarse con dos golpes: el cuestionamiento de ese apoyo por parte de Washington y la invasión rusa a Ucrania.
Como resultado, la mayoría de los países europeos incrementó su presupuesto de defensa. Este año, casi todos los miembros de la OTAN alcanzaron el objetivo del 2 % del PIB, y se acordó elevarlo al 5 % para 2035. Aun así, muchos analistas dudan de que ese compromiso sea sostenible sin decisiones políticas impopulares.
Ciudadanos, sacrificios y confianza
Las encuestas muestran que la preocupación por la seguridad es alta en toda Europa, pero aceptar sacrificios es otra historia. En el este del continente, donde la amenaza se percibe como inmediata, los ciudadanos están más dispuestos a prepararse. Países nórdicos y bálticos han actualizado guías de supervivencia, reforzado refugios y reintroducido el servicio militar.
La clave, según analistas de seguridad, es la confianza. En sociedades donde los ciudadanos creen que el Estado trabaja para ellos, existe mayor disposición a asumir responsabilidades colectivas. En otras, con instituciones más cuestionadas, trasladar ese modelo resulta mucho más complejo.
Una conversación inevitable
Europa se enfrenta a una decisión histórica. Prepararse para la guerra no significa desearla, sino aceptar que la disuasión requiere algo más que declaraciones. La pregunta ya no es si el riesgo existe, sino si las sociedades europeas están listas para asumir el coste (político, económico y social) de evitar que ese escenario se convierta en realidad.
[Fuente: CNN Español]