Durante veinte años, Islandia vivió una paradoja: un país moderno que decidió apagar la televisión un día a la semana. En un lugar donde la oscuridad invernal convierte las tardes en eternas, el gobierno creyó que lo mejor para la salud social era desconectar.
Así, cada jueves se apagaban las antenas, se detenían las emisiones y el país entero volvía, por un día, a la era anterior al entretenimiento electrónico. Lo que nadie imaginó fue que aquel silencio tecnológico daría origen a una de las bromas más duraderas del país: la de los “bebés del jueves”.
La televisión que no podía verse

El primer contacto de Islandia con la televisión fue indirecto. En 1955, el ejército estadounidense instalado en la base aérea de Keflavík instaló una antena para ver sus propios programas. Fascinados, los islandeses comenzaron a fabricar antenas caseras y a comprar televisores importados para captar la señal. Pero el gobierno, preocupado por la influencia cultural extranjera, reaccionó con una prohibición: solo los militares podían ver la televisión.
La medida fue un fracaso. Más de 14.000 ciudadanos se quejaron formalmente, y en 1966 el país decidió lanzar su propio canal, Sjónvarpið (literalmente, “la televisión”). Sin embargo, la llegada de este medio a la vida islandesa fue lenta y meticulosamente controlada: se emitía solo unas pocas horas al día y jamás los jueves. Según el gobierno, el objetivo era “fomentar la vida social y el contacto humano”.
El país que decidió socializar por decreto
Desde el año 1967, los jueves se convirtieron en una jornada sin emisiones. No había informativos, ni series, ni películas. Solo silencio y tiempo libre. El gobierno y la propia televisión pública coincidían: el país necesitaba un día para conversar, salir y mantener tradiciones comunitarias.
Pero Islandia no es precisamente el mejor lugar para salir a la calle. En invierno, las temperaturas pueden caer por debajo de los -10 °C y las noches duran más que los días. Así que, según cuentan muchos, la prohibición acabó fomentando otro tipo de “interacción social”. Sin tele y con frío, las parejas pasaban más tiempo juntas… muy juntas.
Con los años, nació la broma de que buena parte de los islandeses de los 70 fueron concebidos en jueves. Y aunque nunca hubo estadísticas oficiales que lo confirmaran, la anécdota se convirtió en parte del folclore nacional.
La llegada de la competencia (y el fin del silencio)

El experimento estatal se mantuvo durante dos décadas, hasta que en 1986 apareció el canal privado Stöð 2, el primero de pago. Los islandeses tenían que comprar un código para desbloquear la señal, pero el hambre de televisión era tan grande que el sistema funcionó: pasó de 5.000 suscriptores iniciales a 30.000 en un año.
La presión social fue inevitable. En el año 1987, RÚV, la cadena pública, cedió finalmente y comenzó a emitir los jueves. El país recuperó su programación completa y la prohibición se convirtió en una curiosidad histórica. Desde entonces, Islandia nunca volvió a quedarse sin televisión… aunque muchos todavía recuerdan aquel extraño vacío semanal con cierta nostalgia.
Lo que quedó de los jueves sin tele
Hoy Islandia tiene más de una docena de canales, además de acceso a plataformas globales como Netflix, HBO o Disney+. Pero los mayores del país aún recuerdan los años en que el televisor descansaba un día a la semana.
Para ellos, los jueves eran un símbolo de otra época: una en la que el ocio no venía en formato digital, y donde el silencio del televisor era casi una invitación al contacto humano. Nadie sabe cuántos nacimientos se deben realmente a esa prohibición, pero la broma sigue viva. Porque, al final, en un país donde el invierno es eterno y la televisión se apagaba por decreto, el calor había que buscarlo en otro lado.