El psicoanalista y escritor Antonio Ramón Gutiérrez propone una inquietante pregunta en un reciente artículo publicado en Página/12: ¿Qué futuro le espera al inconsciente en un mundo que parece haber renunciado a la historia, al lenguaje y al deseo? A partir de un lúcido análisis de los efectos del capitalismo contemporáneo sobre la subjetividad, y recuperando la imaginación distópica de Borges, Gutiérrez lanza una advertencia sobre el tipo de humanidad que podría estar por venir.
Cuando el lenguaje se desvanece y el sujeto pierde sus anclajes
Gutiérrez sostiene que asistimos a una mutación profunda en la estructura simbólica que sostenía al sujeto moderno. En vastos sectores de la población comienzan a percibirse síntomas claros: deshistorización, pérdida del lazo social, reducción del lenguaje a expresiones mínimas sin metáfora, y una creciente dificultad para articular un porvenir.
En este escenario, el discurso capitalista aparece como un sistema cerrado que lo reabsorbe todo: incluso sus propias crisis, contradicciones y críticas. El autor se pregunta si es posible, hoy, introducir una excepción, un punto de corte que rompa con su lógica circular y abra una brecha para el deseo.
Borges, el porvenir y la desaparición del deseo
Para ilustrar esta inquietud, Gutiérrez recurre al cuento «Utopía de un hombre que está cansado», de El libro de arena (1975), donde Borges imagina un futuro despojado de historia, memoria y lenguaje. Allí, un hombre del pasado se encuentra con un habitante del porvenir que ya no posee nombre, ni libros, ni recuerdos. Solo conserva unas pocas palabras y una obra plástica casi en blanco. En ese mundo, nadie quiere saber nada del ayer, y se enseña el arte del olvido como una virtud.
Este relato borgeano sirve al autor como una metáfora potente de la subjetividad contemporánea: individuos sin historia, sin inscripciones simbólicas, sin filiación ni horizonte. Una humanidad casi muda, sin deseo que la atraviese, lista para enfrentar su propia extinción como si fuera un paso natural.
El empuje hacia el objeto y la utopía de la muerte
Gutiérrez advierte que el capitalismo ha evolucionado hacia una forma absoluta, donde el empuje al goce —ya no mediado por lo simbólico— instala una lógica pulsional pura, cercana a la pulsión de muerte. Lo que antes se organizaba en torno al deseo, hoy es desplazado por el consumo incesante de objetos que prometen satisfacción inmediata pero acaban vaciando el sentido.
El resultado, según el autor, es una subjetividad desvinculada, solitaria, deshabitada de futuro. En este panorama, la desaparición del deseo aparece como la única utopía posible, y con ella, el desvanecimiento del inconsciente tal como lo conocemos.
Una advertencia, no un epitafio
Lejos de un gesto pesimista, el texto de Gutiérrez funciona como una advertencia: si el inconsciente depende de la palabra, del corte, del tiempo, entonces defender el lenguaje, la historia y el deseo es también defender la posibilidad misma de análisis y de subjetividad. Frente a un capitalismo que promueve la inmediatez y el olvido, preguntarse por el destino del inconsciente es un acto de resistencia ética y política.