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Ciencia

Las primeras muestras de la cara oculta revelan que la Tierra lleva miles de millones de años frenando el viento solar en la Luna

El regolito recuperado por Chang’e-6 conserva gases nobles implantados a mayor profundidad que las muestras de la cara visible. La diferencia revela que la magnetosfera terrestre actúa periódicamente como un freno, reduciendo a la mitad la velocidad de las partículas solares antes de que alcancen parte de la Luna.
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La Luna carece de una atmósfera densa y de un campo magnético global que protejan su superficie. Por eso, el viento solar —un flujo constante de protones, electrones y otros iones expulsados por el Sol— golpea directamente sus rocas y su polvo.

Durante miles de millones de años, esas partículas han quedado incrustadas en el regolito lunar. El suelo funciona así como un archivo de la actividad solar, capaz de conservar elementos volátiles y gases nobles como helio, neón, argón, kriptón y xenón.

Sin embargo, las muestras recogidas durante las misiones Apollo, Luna y Chang’e-5 procedían únicamente del hemisferio visible. Faltaba una pieza esencial para determinar si el viento solar había actuado de la misma manera en toda la Luna.

La misión china Chang’e-6 resolvió esa limitación al traer 1.935,3 gramos de material procedente de la cuenca Polo Sur-Aitken, en la cara oculta. Fue la primera vez que la humanidad consiguió recuperar muestras de esa región.

Los gases estaban enterrados a mayor profundidad

Un equipo dirigido por investigadores de la Academia China de Ciencias analizó siete pequeñas porciones del regolito mediante calentamiento progresivo y fusión con láser. El objetivo era medir las concentraciones y proporciones isotópicas de cinco gases nobles atrapados en los granos.

Los resultados, publicados en Nature Geoscience, mostraron que el kriptón y el xenón tenían una composición compatible con el viento solar, no con materiales aportados principalmente por meteoritos o cometas. Su patrón de liberación durante el calentamiento reveló además que las partículas habían penetrado más profundamente que en las muestras de Chang’e-5 y otras misiones de la cara visible.

La diferencia no se explicaba simplemente por la composición de las rocas. El origen estaba en la interacción entre el Sol, la Tierra y la Luna.

La magnetosfera terrestre funciona como un freno

El viento solar normal se desplaza cerca de la Tierra a unos 400 kilómetros por segundo. Al encontrarse con el campo magnético terrestre, forma una onda de choque y entra en una región turbulenta denominada magnetovaina.

Allí, una parte del flujo puede reducir su velocidad hasta aproximadamente 200 kilómetros por segundo. Como los iones más lentos poseen menos energía, no penetran tan profundamente en los granos del regolito.

Durante su órbita mensual, la Luna cruza dos veces esa magnetovaina. El estudio propone que determinadas zonas de la cara visible reciben una mezcla de viento solar normal y partículas desaceleradas, mientras que el lugar de muestreo de Chang’e-6, en la cara oculta, queda implantado principalmente por el flujo normal de mayor velocidad.

No significa que la Tierra mantenga siempre protegida la mitad visible de la Luna. Fuera de esas regiones magnéticas, ambos hemisferios quedan expuestos al viento solar habitual. La diferencia acumulada aparece porque la Luna está bloqueada por las mareas y mantiene siempre el mismo lado orientado hacia nuestro planeta.

https://www.youtube.com/watch?v=Q3EXYu7Ckgs

El suelo lunar conserva la historia del sistema Tierra-Sol

El hallazgo convierte al regolito en un registro no solo del Sol, sino también de la evolución de la magnetosfera terrestre.

Las profundidades de implantación y las proporciones isotópicas de los gases podrían aportar información sobre cómo cambió el viento solar a lo largo del tiempo y sobre la manera en que el campo magnético terrestre condicionó el entorno lunar. También ayudarán a interpretar mejor la distribución de elementos volátiles, entre ellos aquellos relacionados con la formación de agua en la superficie.

Durante décadas, los científicos intentaron reconstruir esta interacción utilizando exclusivamente materiales de la cara visible. Chang’e-6 permitió finalmente realizar una comparación directa.

La Tierra no solo altera el cielo que observamos desde la Luna. Su escudo magnético ha dejado una huella microscópica, acumulada durante millones de años, dentro de los propios granos de polvo lunar.

 

 

Fuente: Noticias de la ciencia y la tecnología.

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