El rescate de dos belugas ucranianas no solo fue una hazaña logística, sino también una oportunidad científica única. Su llegada al Oceanogràfic de Valencia reveló un enigma inesperado: no podían entenderse con las otras belugas residentes. Esta desconexión ha abierto una ventana a un mundo sonoro y social mucho más complejo de lo que imaginábamos.

Un rescate entre bombas y océanos
En medio del conflicto bélico en Ucrania, los cuidadores del Delfinario NEMO tomaron la decisión más difícil: evacuar a los animales. Plombir y Miranda, dos belugas de más de una década de vida, no podían ser trasladadas a cualquier lugar. Necesitaban condiciones muy específicas. Así fue como, en una coordinación internacional, llegaron al Oceanogràfic de Valencia tras un traslado por tierra y aire que duró tres días. Allí, se encontraron con Kylu y Yulka, las belugas residentes. Sin embargo, algo sorprendió al equipo desde el principio: los animales no lograban comunicarse entre ellos.
El idioma oculto de las belugas
Las belugas no emiten sonidos al azar. Desde hace años, investigadores como Valeria Vergara y Marie-Ana Mikus han demostrado que estos mamíferos tienen patrones comunicativos complejos. Cada familia desarrolla un “apellido sonoro”, un distintivo que les permite reconocerse entre sí en las profundidades marinas. Estos códigos sonoros permiten transmitir advertencias, ubicar alimento y mantener unida a la familia. Y ahora, el esfuerzo de Plombir y Miranda por entenderse con sus nuevas compañeras está siendo monitoreado en busca de pistas sobre esta “lengua marina”.
Parentescos entre lenguas humanas y cetáceas
Un dato aún más sorprendente es que la comunicación de algunos cetáceos, como las yubartas, sigue patrones estadísticos similares al lenguaje humano. Investigaciones publicadas en Science en 2017 comprobaron que sus cantos siguen la llamada distribución de Zipf, presente también en el aprendizaje infantil. Además, emplean coherencia y brevedad en sus mensajes. Esto sugiere una forma avanzada de cultura comunicativa, comparable —en estructura— con nuestras lenguas.

De extraños a compañeros de manada
En Valencia, el equipo del Oceanogràfic optó por permitir una interacción gradual entre las belugas, facilitando la transición emocional. Los antiguos cuidadores acompañaron a los animales durante semanas, ayudando a estabilizar su comportamiento. Hoy, aunque los sonidos no siempre coinciden, las belugas están aprendiendo a “entenderse” poco a poco. Esta adaptación no solo es un triunfo de la conservación, sino una prueba de la plasticidad cognitiva de estos mamíferos. La ciencia escucha atenta: quizás estamos más cerca de descifrar qué nos dicen las voces del mar.
Fuente: National Geographic.