Entre 2021 y 2022, robots de la Armada colombiana filmaron decenas de monedas irregulares dispersas alrededor de un casco reventado por la pólvora. Con un diámetro medio de 32,5 mm y poco más de 27 g de peso, cada pieza exhibe símbolos tan potentes como su valor: la Cruz de Jerusalén, las Columnas de Hércules y un escudo coronado por castillos y leones. La investigación, publicada en Antiquity, atribuye las piezas al legendario galeón San José, perdido durante la Guerra de Sucesión Española. Aquella derrota naval selló el destino de más de 200 toneladas de oro, plata y piedras preciosas que jamás llegaron a Europa.
La autenticidad del hallazgo se apoya en marcas de pureza estampadas en 1707 por la Casa de Moneda de Lima. Se trata de macuquinas, monedas recortadas a golpe de martillo que circularon por América durante dos siglos y hoy sirven de firma arqueológica. Confirmada la identidad del barco, surgen viejas preguntas: ¿quién puede recuperar un tesoro valorado en 17 mil millones? ¿Y qué parte debe quedarse bajo el mar para proteger el patrimonio común de la humanidad?
Un tesoro que vuelve a brillar tras 317 años

Cuando el 8 de junio de 1708 cinco navíos británicos interceptaron la flota española frente a Cartagena de Indias, las crónicas registraron la explosión que partió en dos al capitán de la expedición: un galeón repleto de riqueza colonial. Durante décadas la ubicación exacta del pecio fue un mito transmitido entre buzos clandestinos y archivos polvorientos. No fue hasta 2015 cuando sondas de alta frecuencia dieron con un amasijo de madera y hierro coronado por cañones de bronce.
La profundidad —equivalente a dos torres Eiffel— convirtió la recuperación en una odisea tecnológica: se usaron ROVs dotados de brazos hápticos capaces de limpiar sedimentos sin dañar las piezas. Cada moneda se clasificó mediante fotogrametría de alta resolución, estrategia que evita extraer objetos hasta que se decida su destino legal. Para Colombia, la exposición pública del tesoro en un futuro museo subacuático generaría turismo y fondos científicos. Sin embargo, empresas cazatesoros presionan para rescatarlo a cambio de un porcentaje del botín, cita que aviva fantasías de “El Dorado” en pleno siglo XXI.
La firma inconfundible de las macuquinas

Las macuquinas, con sus bordes dentados y formas toscas, cuentan la historia económica del Imperio español. Fundidas a mano, se recortaban de barras o lingotes y recibían golpes con cuños que dejaban escudos, cruces y marcas de ensayador. En las piezas filmadas se aprecia la doble onda marina propia de la ceca de Lima y la rúbrica de un funcionario que certificó la pureza del oro apenas un año antes del hundimiento.
Estas peculiaridades son cruciales: ayudan a distinguir las monedas del San José frente a cargas de otros naufragios coloniales e inutilizan posibles fraudes en el mercado negro. Además, permiten datar con precisión lotes de oro que podrían aparecer dispersos en redes de pescadores o puertos clandestinos. Para la historia de la navegación es una cápsula del tiempo; para los litigantes, una prueba pericial irrefutable.
La batalla legal que podría redefinir el derecho marítimo
España invoca la Convención de la UNESCO sobre Protección del Patrimonio Subacuático para reclamar el buque como navío de Estado; Colombia, que no firmó el tratado, sostiene su jurisdicción exclusiva sobre los restos dentro de su Zona Económica Exclusiva. Entre tanto, empresas de salvamento argumentan que sin capital privado ningún país acometerá una extracción valorada en cientos de millones.
La pugna va más allá del oro. Se debate el precedente que sentará sobre otros pecios imperiales, la protección de ecosistemas coralinos y el derecho de las comunidades descendientes de los esclavos que forjaron parte de esa riqueza. Cada moneda rescatada podría terminar en un museo, en tribunal internacional o —si se impone la venta parcial propuesta por Bogotá— en subastas capaces de romper récords mundiales.
[Fuente: Diario Uno]