Desde aulas y oficinas hasta trayectos cotidianos, el chicle acompaña a millones de personas cada día. A simple vista, se trata de un gesto trivial, incluso innecesario. Sin embargo, la ciencia lleva años intentando comprender por qué este hábito persiste y qué efectos reales tiene sobre la mente. Investigaciones recientes indican que mascar chicle puede influir en la alerta mental y el bienestar, aunque de forma más limitada de lo que suele prometer la publicidad.
Qué dice la ciencia sobre la atención y el estrés
Estudios recopilados por National Geographic muestran que masticar chicle puede aumentar alrededor de un 10 % la atención sostenida en determinadas tareas. El psicólogo Andrew Smith, de la Universidad de Cardiff, señala que este efecto se aprecia sobre todo en actividades repetitivas o monótonas.
Sin embargo, Smith aclara que no existen diferencias significativas en la memoria entre quienes mascan chicle y quienes no. El beneficio se limita a un ligero aumento de la alerta, no a una mejora global del rendimiento cognitivo.
En situaciones de presión, como exámenes o presentaciones, algunos estudios dirigidos por la psicóloga Crystal Haskell-Ramsay observaron una reducción subjetiva del estrés. Aun así, los resultados no son consistentes en todos los contextos, y en algunos ensayos no se detectaron efectos claros sobre la ansiedad.

Teorías sobre por qué funciona (a veces)
Una de las hipótesis más extendidas sugiere que el movimiento repetitivo de la masticación activa los músculos faciales y aumenta ligeramente el flujo sanguíneo al cerebro. Esto podría favorecer una mayor disponibilidad de oxígeno y nutrientes, aunque la evidencia directa es limitada.
Otra teoría apunta a que mascar actúa como una distracción leve frente a estímulos estresantes, ayudando a regular la respuesta al estrés. No obstante, los estudios sobre cortisol —la hormona del estrés— ofrecen resultados contradictorios, lo que indica que el mecanismo aún no está bien comprendido.
Un hábito con miles de años de historia
Mascar sustancias naturales no es una invención moderna. Existen pruebas arqueológicas de hace más de 8.000 años que muestran restos de resina de abedul con marcas dentales, probablemente usadas tanto por adultos como por niños.
Diversas culturas, desde los griegos hasta los mayas, mascaban resinas y savias vegetales. En América Central, la savia del sapodilla fue el antecedente directo del chicle moderno.
El salto industrial llegó en el siglo XIX, cuando empresarios estadounidenses transformaron esta costumbre ancestral en un producto de consumo masivo, apoyándose en estrategias de marketing que asociaban el chicle con calma, concentración y bienestar.

Marketing, repetición y placer automático
La antropóloga Jennifer Matthews explica que el éxito del chicle se debe en gran parte a su asociación con estados mentales positivos. Durante el siglo XX, se promocionó incluso entre soldados para aliviar la tensión.
Más allá de la publicidad, algunos investigadores sostienen que el atractivo reside en la repetición en sí. El ser humano tiende a realizar movimientos automáticos —como mover un pie o girar un bolígrafo— cuando se concentra. Mascar chicle encajaría en esa misma lógica.
Aunque la ciencia aún no tiene todas las respuestas, el chicle sigue siendo un ejemplo de cómo un gesto simple, heredado del pasado, puede integrarse en la vida moderna sin que comprendamos del todo por qué resulta tan irresistible.
Fuente: Infobae.