Desde su debut en 2009 con Katalin Varga, Strickland se ha consolidado como uno de los cineastas más singulares del panorama contemporáneo. Sus películas han pasado por festivales como Berlín, San Sebastián o Sitges, donde presentó su último largometraje hasta la fecha, Flux Gourmet. Sin embargo, su cine sigue siendo minoritario, difícil de clasificar y, quizá por eso mismo, ajeno al gran público.
Trash entre amigos
Nacido en Reading, de madre griega y padre británico, Strickland empezó a formarse cinematográficamente lejos del academicismo. En sus viajes a Nueva York durante sus veinte años entró en contacto con la escena underground más radical y experimental. De ahí surgió su primer cortometraje, Bubblegum, protagonizado por iconos del cine trash como Holly Woodlawn y Nick Zedd.
Tras el breve A Metaphysical Education, Strickland decidió arriesgarlo todo con su ópera prima. Katalin Varga fue financiada con una herencia familiar, rodada en Rumanía en apenas dos semanas y media, con un equipo mínimo y un presupuesto ínfimo. Rodada en 16 mm y hablada en rumano, parecía condenada a no encontrar salida comercial. Sin embargo, su excepcional diseño de sonido le valió el premio a la Contribución Artística Excepcional en la Berlinale de 2009, salvando la película del olvido.

Horror en el estudio de sonido
Su verdadero reconocimiento llegó en 2012 con Berberian Sound Studio, una obra fundamental del cine de terror contemporáneo. Inspirada en el giallo italiano, la película sigue a un tímido técnico de sonido (interpretado por Toby Jones) que empieza a perder el control de la realidad mientras trabaja en la postproducción de una película de horror.
Strickland construye aquí una experiencia inquietante sin mostrar apenas violencia ni imágenes explícitas. Todo ocurre a través del sonido, la sugerencia y la repetición. Es una película que habla del terror desde dentro del propio proceso cinematográfico, convirtiendo el estudio de grabación en un espacio mental asfixiante. No es un film de género al uso, pero pocos resultan tan perturbadores.
El amor más violento
Con The Duke of Burgundy, Strickland dio un nuevo giro a su filmografía. Esta historia de amor sadomasoquista protagonizada por Sidse Babett Knudsen y Chiara D’Anna es, en el fondo, un melodrama sobre la dependencia emocional, el deseo y el desgaste de las relaciones.
Lejos de cualquier explotación gratuita, la película bebe del erotismo europeo de los años 70 para construir un relato delicado, elegante y profundamente humano. La música de Cat’s Eyes y la puesta en escena convierten lo que podría resultar incómodo en algo hipnótico y sorprendentemente bello.
the duke of burgundy (2014) dir. peter strickland pic.twitter.com/FjkYhZwTwi
— ꫂ❁ (@bluumariaa) June 4, 2025
El diablo viste de saldo
En 2019, Strickland volvió a demostrar su talento con In Fabric, una sátira de horror textil tan absurda como brillante. Ambientada en unos grandes almacenes, la película convierte un vestido maldito en símbolo del consumismo, la alienación laboral y la superstición cotidiana.
Con ecos de Halloween III y una clara vena de humor británico, In Fabric es excesiva, estilizada y completamente fiel al espíritu de su autor. Puede no ser perfecta, pero confirma a Strickland como un cineasta capaz de reinventar el terror desde los objetos más insospechados.
Un autor necesario
Peter Strickland no busca agradar ni adaptarse a tendencias. Su cine es sensorial, obsesivo y profundamente personal. En un panorama dominado por productos prefabricados, su obra recuerda que el cine todavía puede ser extraño, incómodo y radicalmente creativo.
No hay muchos directores dispuestos a seguir ese camino sin traicionarse. Por eso, cada nueva película suya es una pequeña celebración para quienes siguen creyendo que el cine puede ser algo más que una franquicia interminable.
Fuente: Espinof.