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Image: Últimos rayos de sol sobre el cementerio de Yungay (AP)

Esta es una de esas historias reales para no dormir. El relato de cómo una de las catástrofes naturales más mortíferas de la historia pudo haberse evitado si la ciencia hubiera estado por encima de la ignorancia de los políticos o la religión. Quizás sirva para historias venideras, porque no será la última vez que ocurra.

Cuentan los libros de historia que, más o menos a partir de la Segunda Guerra Mundial, ese paraje de película que conforman las montañas nevadas de la cordillera Blanca en Perú, empezó a recibir un gran flujo de montañeros extranjeros con el único fin de lograr la ansiada cumbre en Yerupajá, Huantsán o Alpamayo.

La cordillera Blanca forma parte de la cordillera de los Andes. Se extiende por 200 kilómetros en dirección noroeste. También es la cadena montañosa tropical nevada más extensa, una que cuenta con 722 glaciares individuales donde se ubica la montaña más alta de Perú, el Huascarán, de 6.757 metros.

Imagen: Parte de la cordillera Blanca desde la ISS (NASA)

Desgraciadamente, este espectacular enclave del planeta cuenta con al menos tres historias terribles. La primera de ellas ocurrió el 13 de diciembre de 1941, cuando un desprendimiento de hielo en Palcaraju cayó sobre la Laguna Palcacocha. La avalancha fue tan descomunal que creó una ola que rompió el dique morrénico de la laguna. Como consecuencia de ello, se generó un aluvión de entre 8 a 12 millones de metros cúbicos de agua, lodo y piedras.

En esencia, el conjunto de aquella masa compacta corriendo a gran velocidad por las laderas era igual de efectiva que una bomba atómica dirigiéndose sin remedio hasta la ciudad de Huaraz. Aquel día murieron alrededor de 1.800 personas, más de 500 heridos y casi 1.500 familias se vieron afectadas.

Sin embargo, estas terribles cifras palidecen con lo que iba a ocurrir 30 años más tarde. Hoy sabemos que las poblaciones humanas en todo el mundo son vulnerables a los desastres naturales. También sabemos que ciertas condiciones, como la ubicación geográfica o la economía de los pueblos, pueden afectar el grado en que los desastres naturales afectan a los hogares y los medios de vida de las personas.

Lo ocurrido el 31 de mayo de 1970 es una peligrosa mezcla que sigue estando vigente en las sociedades actuales, quizás hoy más que hace 10 o 20 años: la vulnerabilidad a los desastres naturales aumenta cuando las poblaciones, los científicos y los políticos no se comunican ni confían entre sí.

Huascarán

Imagen: Huascarán visto desde Yungay (Wikimedia Commons)

El 10 de enero de 1962, sobre las 18:15 hora local, se produjo el conocido como aluvión de Ranrahirca, un alúd con deslizamiento de hielo y rocas en el glaciar 511 en el pico norte del nevado Huascarán. El efecto se produjo debido a un aumento rápido de las temperaturas. La masa de hielo recorrió 16 kilómetros a una velocidad de 120 km/h y en tan solo 4 minutos la mezcla de piedra, hielo y rocas llegó al fondo del valle.

Ese día desaparecieron 2.900 habitantes y se borraron del mapa los pueblos de Ranrahirca, Shacsha, Huarascucho, Yanama Chico, Matacoto, Chuquibamba, Caya, Encayor, Armapampa y Uchucoto.

Aquella segunda catástrofe dejó huella en la población de la zona. Existía una clara ruptura de confianza entre los lugareños y el estado, y los funcionarios del gobierno también dejaron de confiar en los científicos, a quienes culpaban de haberse enterado de una posible avalancha en la cordillera Blanca.

Así que después de ese 10 de enero de 1962 que enterró a la ciudad de Ranrahirca, los científicos David Bemays y Charles Sawyer, del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), organizaron un viaje para pasar 3 semanas en Huascarán e investigar las condiciones glaciológicas y geológicas del enclave.

Para el 27 de septiembre de 1962, tras más de 6 meses de trabajo sobre el campo, los científicos anunciaron sus hallazgos en el medio Espreso, un periódico local.

Nevado Huascarán
Imagen: Gusjer (CC BY 2.0)

La montaña más grande, informaron, contenía rocas mal fisuradas y muy debilitadas, así como hielo glacial que podría desmoronarse. Advirtieron que, en cualquier momento, podría ocurrir una avalancha dos o tres veces más grande que la de Ranrahirca, poniendo en peligro ciudades enteras como Yungay y Mancos.

Lo que ocurrió tras el anuncio de la investigación fue una serie de artículos periodísticos que ponían en tela de juicio el trabajo de los científicos, junto a numerosas reuniones en la ciudad. Finalmente, el director del CCLCB, Miguel Elías Pizarro, el organismo creado en 1951 por el gobierno para llevar a cabo un seguimiento de la cordillera Blanca, declaró algo ciertamente inaudito: que el trabajo de los científicos del MIT era extravagante, apresurado y desinformado. Como Pizarro describió en El Departamento, el principal periódico de la región:

Esta oficina deplora una vez más la difusión de esta información falsa sin obtener primero pruebas de fuentes dignas o creíbles, creando así, sin razón alguna, inquietud e intranquilidad para las poblaciones que no están amenazadas.

Justo antes del anuncio de Pizarro, que aparentemente no se basaba en ningún análisis científico, las autoridades de Yungay emitieron una advertencia para aquellos que difundían los hallazgos de los científicos del MIT.

Regresen a sus hogares con su fe puesta en Dios”, se leía en el comunicado oficial, para luego continuar:

Todos los que hablen a favor de las conclusiones de los científicos serán acusados ​​en virtud del Código Penal por perturbar la tranquilidad pública.

Por supuesto, nadie podía saber entonces que en apenas ocho años las palabras de los científicos iban a ser poco menos que proféticas. Si el gobierno hubiera escuchado la advertencia de Bemays y Sawyer, o si la CCLCB hubiera seguido los estudios científicos de Huascarán y el Glaciar 511, la tragedia podría haberse evitado.

En cambio, las autoridades peruanas descartaron los hallazgos de los científicos como “alarmistas”. Mientras que el entierro del tema pudo haber calmado la ansiedad pública a finales de 1962, a largo plazo, la reacción ante los estudios científicos por parte de los funcionarios peruanos solo se puede catalogar de trágica.

Como lamentó Lamberto Guzmán Tapia, un superviviente de la tragedia que iba a ocurrir en 1970, “se predijo el desastre, pero no se tuvo en cuenta la advertencia científica. Como predijeron, miles de vidas podrían haberse salvado y Yungay no habría desaparecido”.

Yungay

Imagen: Vista aérea de Yungay en 1962 (AP)

La mañana del domingo 31 de mayo de 1970 debía ser un día de fiesta. Al mediodía, la gran mayoría de la gente de Yungay, de 25.000 habitantes, estaban sintonizando la Copa del Mundo de fútbol, por eso no se veía a mucha gente por las calles, estaban reunidos para seguir con atención los partidos.

Sobre las 15:30 hora local, se produce un silencio indescriptible, no llega al segundo porque lo siguiente que se escucha en la zona es un rugido que nadie es capaz de identificar. El reloj de la catedral de Huaraz se detiene y en el valle de Huaylas comienza una pesadilla. Un terremoto sin igual estaba sacudiendo las áreas peruanas de Ancash y La Libertad.

El epicentro del terremoto se ubicó en el Océano Pacífico, a una profundidad de 64 kilómetros donde la Placa de Nazca está subducida por la Placa de América del Sur, y registró una magnitud de 8.0 en la escala de Richter, con una intensidad de hasta 8 en la escala de Mercalli. No fueron ni uno, ni dos, ni tres, ni siquiera 10 segundos, fueron 45 segundos de sacudidas, un terremoto tan demencial que cuando las primeras casas comenzaron a derrumbarse simplemente desaparecían.

Los restos de la catedral de Yungay después del derrumbe
Imagen: Zafiroblue05 (CC BY-SA 3.0)

La tierra estaba tragándose todo lo que tenía a su paso: viviendas, puentes, carreteras y escuelas en 80.000 kilómetros cuadrados, un área más grande que muchos países juntos. Registrado como uno de los peores terremotos que se han experimentado en América del Sur, se registraron daños y víctimas hasta Tumbes, Iquitos y Pisco, así como en algunas partes de Ecuador y Brasil.

Sin embargo, en Yungay, un pequeño pueblo de las tierras altas en el pintoresco Callejon de Huaylas, fundado por Domingo Santo Tomás en 1540, el terremoto provocó un desastre aún mayor.

El terremoto desestabilizó el glaciar en la cara norte del Monte Huascarán, lo que provocó que 10 millones de metros cúbicos de roca, hielo y nieve se desprendieran y derrumbaran su pendiente a más de 190 kilómetros por hora. A medida que avanzaba hacia Yungay y la ciudad de Ranrahirca, al otro lado de la cresta, la ola de escombros recogió más depósitos glaciares y comenzó a escupir barro, polvo y piedras.

Cementerio de Yungay
Imagen: Ericbronder (CC BY-SA 3.0)

La avalancha tardó solo tres minutos en llegar a la ciudad. Para entonces se estimaba que la ola de más de 900 metros de ancho consistía en unos 80 millones de metros cúbicos de hielo, barro y rocas. La población de Yungay quedó desorientada debido al eco que producía el aluvión en los cerros de la Cordillera Negra. Cuando el aluvión chocó contra la pared de la quebrada del río Ranrahirca formó un embalse y desvió su curso violentamente, en unos treinta grados en dirección sur. Como describió uno de los supervivientes:

..Observé una ola gigante de lodo gris claro en la parte alta de Yungay, muy parecida a una ola de mar rompiendo en una cresta, tenía una altura aproximada de 25 o 30 metros...

La tercera parte de la masa fue devastadora, sepultando completamente a la segunda ciudad más importante del Callejón de Huaylas, mientras que la corriente mayor arrasaba con el pueblo de Ranrahirca matando a 25.000 personas, muchos de ellos rezando desde el comienzo de una de las avalanchas más cataclísmicas registradas en la historia. Según un relato:

...Sentimos un tremendo ruido que se presentaba de ambos lados... el ruido se asemejaba al de muchos aviones... no sabíamos por donde venía ni que pasaba, en esos momentos no nos acordábamos del Huascarán... Finalmente vimos el aluvión de lodo completamente negro con más de 40 metros de altura que avanzaba botando chispas de distintos colores...

Imagen: La primera dama de Estados Unidos, Pat Nixon, durante la ayuda estadounidenses después del terremoto (Wikimedia Commons)

La aldea más pequeña de Ranrahirca también quedó sepultada, era la segunda vez en una década. El siguiente relato sirve como prueba de lo que allí se vivió:

Estábamos en camino de Yungay a Caraz cuando ocurrió el terremoto. Cuando salimos del auto el terremoto casi había terminado. Luego escuchamos un retumbar profundo y bajo, algo distinto del ruido que produce un terremoto, aunque no demasiado diferente. Venía del Huascarán.

Luego vimos, a medio camino entre Yungay y la montaña, una gigantesca nube de polvo. Parte del Huascarán venía hacia nosotros. Donde estábamos, el único lugar que nos ofrecía una relativa seguridad era el cementerio, construido sobre una colina artificial, como una tumba pre-inca. Corrimos unos 100 metros antes de llegar al cementerio.

Una vez en la cima, nos volvimos para ver a Yungay. Entonces puede ver claramente una ola gigante de barro gris, de unos 60 metros de altura. Poco después, el derrumbe golpeó el cementerio, a unos cinco metros por debajo de nuestros pies. El cielo se oscureció debido a todo el polvo, principalmente de todas las casas destruidas. Nos volvimos a mirar, y Yungay, así como sus miles de habitantes, había desaparecido por completo.

Antiguo emplazamiento de Yungay visto desde la colina del cementerio. El área resaltada muestra la ubicación y dirección del alud. El emplazamiento actual está detrás de la zona resaltada en el centro.
Imagen: Uwebart (CC BY-SA 3.0)

Hoy se sabe que el número de muertos por lo que se conoció como el Gran Terremoto de Perú sumó a más de 74.000 personas. Cerca de 25.000 fueron declarados desaparecidos, más de 140.000 resultaron heridos y más de un millón quedaron sin hogar al que regresar.

La ciudad de Huaraz era escombros, el valle estaba enterrado en lodo y las ciudades costeras como Casma también quedaron sacudidas hasta el suelo. En Yungay solo sobrevivieron alrededor de 300 personas, incluidas las pocas que pudieron subir al elevado cementerio de la ciudad.

Construido entre 1892 y 1903, el cementerio lo diseñó el arquitecto suizo Arnoldo Ruska, quien también murió a causa de un deslizamiento de tierra. Afortunadamente, entre los supervivientes se encontraban 300 niños que habían acudido al circo en un estadio ubicado en terrenos más altos a las afueras de la ciudad.

¿Un tercer episodio?

Resulta irónico que lo ocurrido por aquellas fechas no parezca una calamidad del pasado, sino más bien algo que podría suceder en cualquier momento. De hecho, el estudio que podía haber salvado tantas vidas, el trabajo de David Bemays y Charles Sawyer, se encontró con los mismos obstáculos que se encuentra hoy lo que ellos mismos ya empezaban a atisbar.

Y es que el pueblo peruano ha experimentado durante décadas los impactos directos y de gran alcance del cambio climático global, la retirada de los glaciares y la consiguiente inundación y avalanchas.

Hoy, Yungay es un cementerio nacional y las víctimas de Huascarán aún son recordadas. Y aunque, como se suele decir, la vida continúa y desde entonces se ha reconstruido un nuevo Yungay, a pocos kilómetros de la ciudad original, Perú no olvida.

A comienzos del nuevo milenio y en memoria de las víctimas del desastre sísmico más mortal en la historia de América Latina, el gobierno declaró el 31 de mayo como el “Día de la reflexión y la educación sobre desastres naturales”.

[In the Shadow of Melting Glaciers: Climate Change and Andean Society, Wikipedia, NewScientist, New York Times, Wikipedia, Peru earthquake of May 31, 1970: Engineering geology observations]

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Miguel Jorge

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