Cuando el telescopio ATLAS, instalado en Río Hurtado (Chile), registró por primera vez la presencia de un objeto inusual cruzando el cielo austral en julio de 2025, nadie imaginaba su verdadera magnitud. Lo que parecía otro cometa más del catálogo de la NASA resultó ser una masa colosal procedente del exterior del sistema solar: el 3I/ATLAS.
El hallazgo se convirtió en un acontecimiento astronómico. Era el tercer objeto interestelar jamás detectado, tras el misterioso ʻOumuamua y el cometa 2I/Borisov. Pero a diferencia de ellos, este parecía romper todos los esquemas. Las primeras estimaciones hablaban de un núcleo de apenas uno o dos kilómetros. Sin embargo, a medida que avanzaban las observaciones, las cifras comenzaron a crecer de forma desconcertante.
Un gigante helado de 33 mil millones de toneladas

El astrofísico Avi Loeb, de la Universidad de Harvard, fue uno de los primeros en advertir que las proyecciones iniciales subestimaban la masa del cometa. Tras analizar su trayectoria y la velocidad con la que expulsaba gases y polvo desde su superficie, concluyó que el 3I/ATLAS podría pesar más de 33 mil millones de toneladas.
Su núcleo, estimado en unos cinco kilómetros de diámetro, lo sitúa muy por encima de los dos visitantes interestelares anteriores y lo convierte en el más grande jamás registrado. La NASA ha confirmado además que el objeto está compuesto principalmente por dióxido de carbono sólido, con una fracción menor de monóxido de carbono y trazas de agua en forma de hielo.
A esa escala, el 3I/ATLAS sería capaz de liberar cerca de 150 kilogramos de material por segundo a medida que se acerca al Sol, generando una envoltura brillante de gas y polvo visible incluso a millones de kilómetros.
Un viajero que viene de los orígenes de la galaxia
Los astrónomos sospechan que este cuerpo se formó en los bordes primitivos de la Vía Láctea, en una región conocida como el disco grueso galáctico, donde residen algunas de las estrellas más antiguas. Su edad estimada ronda los 10 000 millones de años, más del doble que la del Sol.
Esa antigüedad convierte al 3I/ATLAS en una cápsula del tiempo: un fragmento intacto de los materiales que dieron origen a los primeros sistemas estelares. Su estudio podría ofrecer pistas sobre cómo se formaron los planetas en entornos químicos muy distintos al nuestro.
Aunque su trayectoria lo mantendrá a más de 270 millones de kilómetros de la Tierra, los telescopios de la NASA y la Agencia Espacial Europea seguirán su paso durante los próximos meses para analizar su composición con espectros infrarrojos de alta resolución.
Un récord que redefine los límites

El 3I/ATLAS viaja a una velocidad vertiginosa de 221 000 km/h, lo que equivale a recorrer la distancia entre la Tierra y la Luna en menos de dos horas. A esa velocidad, su viaje a través del sistema solar será breve: se acercará a su punto más próximo al Sol en octubre y desaparecerá de nuestra vista a finales de diciembre, rumbo al espacio interestelar del que vino.
Para los científicos, su tamaño y comportamiento marcan un punto de inflexión en la comprensión de los objetos interestelares. Hasta ahora se creía que los viajeros de otras estrellas eran pequeños fragmentos de hielo o roca expulsados por sistemas inestables. Pero el 3I/ATLAS demuestra que también existen gigantes cósmicos capaces de cruzar la galaxia sin desintegrarse.
Un mensaje desde los confines del tiempo
Cuando reaparezca al otro lado del Sol, los astrónomos intentarán captar sus últimos destellos antes de que se pierda para siempre. Su paso fugaz nos recuerda algo esencial: el universo no es un escenario estático, sino un océano en movimiento donde incluso las moles de hielo de cinco kilómetros pueden cruzarse con nosotros.
El 3I/ATLAS no amenaza a la Tierra, pero sí desafía nuestra escala. Es una prueba de que en el cosmos aún existen cuerpos tan grandes, antiguos y lejanos que redefinen nuestra idea de lo posible. Y, por unos meses, nos dejan mirar —literalmente— la magnitud de lo desconocido.