Un juicio exprés gobernado por la inteligencia artificial
La premisa no da respiro. Chris Raven, detective de la policía de Los Ángeles, despierta esposado a una silla en una habitación completamente vacía. Está acusado del asesinato de su esposa y debe someterse a un juicio inmediato dirigido por una inteligencia artificial. No hay jurado humano ni margen para el error: dispone de 90 minutos para demostrar su inocencia o será ejecutado allí mismo.
Aunque tiene acceso a cámaras de seguridad, llamadas telefónicas, redes sociales y cualquier archivo digital de la ciudad —toda conectada a una red central—, el sistema parte de una premisa inquietante: Raven es culpable hasta que se demuestre lo contrario. La jueza, interpretada por Rebecca Ferguson, no siente empatía ni duda; solo procesa datos.
Un futuro inquietantemente cercano
En declaraciones a SensaCine, Pratt subraya que Sin piedad no plantea una fantasía lejana, sino una extrapolación incómodamente plausible. “Presenta una forma de IA que aún no existe, la llamada Inteligencia General, algo casi consciente”, explica. “No podría ser el Los Ángeles actual, porque no creo que la sociedad acepte hoy a un juez, jurado y verdugo artificial. Pero dentro de unos años…”.
El actor reflexiona sobre un futuro marcado por el auge de la delincuencia, la automatización del trabajo y la tensión social, donde el sistema legal podría recurrir a soluciones extremas para mantener el control. La película se apoya en ese temor contemporáneo para construir un thriller que no necesita grandes persecuciones para resultar asfixiante.
Un papel que rompe con su imagen habitual
Lejos del tono aventurero de Guardianes de la Galaxia, Pratt se enfrenta aquí a una interpretación casi teatral, basada en primeros planos, silencios y una evolución emocional constante. “Fue intimidante. Un verdadero desafío”, confiesa. “Estar confinado a una silla, con movilidad limitada, era algo que nunca había experimentado. Pero como les digo a mis hijos: no se puede ser valiente si no se tiene miedo”.
La dificultad se multiplica por una decisión técnica clave: durante buena parte del rodaje, Pratt estuvo prácticamente solo. Ferguson no compartía el espacio físico con él; ambos actores se comunicaban mediante auriculares desde salas separadas, reforzando la sensación de aislamiento del personaje.
Un rodaje tan tenso como la historia
El propio actor describe la experiencia como cercana a 1984. Sentado frente a una “cabeza parlante”, con imágenes proyectadas a su alrededor y escenas que podían durar hasta 50 minutos sin cortes, la presión era máxima. “No se puede parar y volver atrás”, explica. “Ensayamos la película entera varias veces para que todo saliera perfecto”.
Incluso el ritmo emocional estaba milimetrado con pistas musicales que le ayudaban a mantener la tensión constante. Un ejercicio de precisión interpretativa poco habitual en una estrella de su perfil.
Un punto de inflexión en su carrera
Sin piedad no solo plantea una reflexión inquietante sobre la justicia automatizada y el poder de la IA, sino que marca un antes y un después para Chris Pratt como actor. Sin apoyarse en el carisma ni en la acción física, el intérprete se expone como nunca, demostrando que su carrera puede ir mucho más allá del espectáculo.
Una película que encierra a su protagonista en una silla… y lo obliga a demostrar, minuto a minuto, de qué está hecho.
Fuente: SensaCine.