Hatshepsut es una de las figuras más famosas del antiguo Egipto. En 1479 AC asumió como regente de su joven sobrino Tutmosis III. Para 1473 ya gobernaba como faraona por derecho propio y fue una de las excepcionales soberanas femeninas de la civilización. Después de más de tres mil años, cuando los arqueólogos excavaron miles de fragmentos de sus estatuas, los estudiosos suponían que la destrucción de sus imágenes había sido por orden de su sucesor, que la detestaba. Pero los nuevos trabajos de investigación pintan un cuadro con otros matices.
El egiptólogo Jun Yi Wong de la Universidad de Toronto sugiere que gran parte del daño causado a las estatuas de esta faraona fue resultado de antiguos rituales de “desactivación” y porque los materiales se utilizaron para otras construcciones. Aunque tras la muerte de Hatshepsut sus políticas fueron cuestionadas, la investigación de Wong contradice la opinión de que Tutmosis III ordenó la completa destrucción de las imágenes de su ex regente por malicia.
“Después de su muerte, los monumentos de la faraona Hatshepsut (reinó entre 1473 y 1458 AC aproximadamente) fueron objetos de un programa sistemático de destrucción, y lo más común bue la eliminación de su nombre e imagen de los muros de los templos”, escribió Wong en un trabajo de su autoría publicado hoy en Antiquity. “Fue algo que inició Tutmosis III, su sobrino y sucesor (reinó entre 1458 y 1425 AC aproximadamente), pero la motivación sigue siendo motivo de debate”.
La destrucción
Entre 1922 y 1928 los arqueólogos excavaron muchas de las estatuas de Hatshepsut cerca de su templo mortuorio de Deir el-Bahri, Egipto. Por las condiciones de destrucción, el arqueólogo principal Herbert Winlock del Museo Metropolitano de Arte, las identificó como “reliquias del resentimiento de Tutmosis”, según cita el trabajo.
Sin embargo, Wong afirma que “aunque el rostro destrozado de Hatshepsut ha logrado dominar la percepción popular, la imagen no refleja que se hayan tratado de ese modo todas sus estatuas”.
Tras estudiar el tipo de daño documentado en notas de campo inéditas, en dibujos, fotografías, y cartas de excavaciones del siglo 20, el egiptólogo señala que muchas de las estatuas quedaron preservadas en estado bastante bueno, con rostros intactos. Se presume que si Tutmosis III buscaba destruir todo recuerdo de Hatshepsut, habría sido más extensa la destrucción.

Además, Wong argumenta que la forma en que se trataron las estatuas de Hatshepsut no difiere de la de estatuas de otros gobernantes egipcios, incluyendo las de varios de quienes no hay evidencia de que se les persiguiera después de su muerte. Hay daños como fragmentos dispersos con roturas en cuellos, rodillas o tobillos que “se cree eran una forma de desactivación que buscó neutralizar el poder inherente de las estatuas”, escribe Wong.
Es decir que el ritual no era hostil, sino que parte del daño también puede haber sido causado o empeorado por la reutilización del material de las estatuas para otras construcciones en períodos posteriores. Sin embargo, eso no niega por completo la posibilidad de que parte del daño haya sido intencional, motivado por rechazo a las políticas.
“A diferencia de otros gobernantes Hatshepsut sí sufrió persecución sistemática y es evidente que hubo implicancias políticas”, concluye Wong en declaraciones a Antiquity. “Pero hay espacio para entender los matices de las acciones de Tutmosis III, tal vez impulsadas por necesidad ritual más que por antipatía”.
En última instancia, la sugerencia de que a Hatshepsut la trataron como a otros faraones después de su muerte, a pesar de la persecución, hace que sea más extraordinaria su posición como gobernante mujer.
Este artículo ha sido traducido de Gizmodo US por Lucas Handley. Aquí podrás encontrar la versión original.