No todos los trastornos genéticos despiertan tanta curiosidad como el síndrome de Williams. Esta rara condición no solo provoca alteraciones físicas o cognitivas, sino que también da lugar a un patrón de comportamiento social profundamente inusual. ¿Qué puede decirnos esto sobre cómo evolucionó nuestra especie? La ciencia busca respuestas en este sorprendente síndrome.
Un perfil genético tan claro como singular
El síndrome de Williams tiene un origen bien definido: una pequeña porción ausente en el cromosoma siete, que suele implicar entre 25 y 28 genes. En la mayoría de los casos, esta alteración no es hereditaria, sino que ocurre de forma espontánea. Sin embargo, quienes lo padecen tienen un 50 % de posibilidades de transmitirlo, ya que se trata de una condición autosómica dominante.

Afecta a una persona de cada entre 7.500 y 18.000, sin importar su sexo, y suele detectarse por ciertos rasgos faciales característicos, junto a problemas de salud como malformaciones cardíacas o dificultades alimentarias en la infancia.
La “personalidad” del síndrome de Williams
Más allá de sus manifestaciones médicas, lo que más llama la atención del síndrome de Williams es su impacto en la conducta. Las personas que lo presentan suelen ser extremadamente sociales, sensibles y extrovertidas. Según la experta Deborah Riby, estas características conforman lo que se ha bautizado como “la personalidad del síndrome de Williams”.
Muchos de ellos destacan por su gran locuacidad, un fuerte vínculo con la música y una empatía sobresaliente. Sin embargo, esta hiper-sociabilidad también conlleva ciertos riesgos: su extrema confianza en los demás los hace vulnerables. Además, la hiperacusia —una sensibilidad extrema a los sonidos— puede generarles niveles de ansiedad muy elevados.
Una ventana al cerebro social humano

Estas particularidades han llevado a algunos investigadores a compararlo con el “opuesto del autismo”. No obstante, tanto Riby como otros expertos señalan que, aunque presentan diferencias claras, ambos trastornos también comparten déficits cognitivos, como dificultades con la comunicación no verbal, la gestión emocional y la percepción sensorial.
Justamente por esa coexistencia de contrastes y similitudes, estudiar el síndrome de Williams podría ayudarnos a entender mejor el autismo y, en un plano más amplio, cómo evolucionaron ciertas características humanas.
La ciencia incluso ha logrado relacionar rasgos específicos del síndrome con genes concretos. Aunque todavía no se ha identificado el gen cuya ausencia podría “liberar” la simpatía, los avances en este campo podrían ofrecernos nuevas claves sobre cómo nos convertimos en seres sociales, empáticos… y profundamente humanos.
Fuente: Xataka.