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Saturno vuelve a parecer irreal en las nuevas imágenes del James Webb y el Hubble. Pero lo más fascinante no es su belleza, sino todo lo que ahora podemos ver dentro de su atmósfera

Las nuevas observaciones de Saturno muestran mucho más que un planeta bonito con anillos. Gracias a la combinación entre el James Webb y el Hubble, ahora podemos asomarnos a distintas capas de su atmósfera, rastrear tormentas antiguas y ver con otra claridad uno de los mundos más complejos del sistema solar.

Hay planetas que siempre impresionan. Y luego está Saturno, que juega en otra liga. Su silueta con anillos lleva décadas instalada en el imaginario colectivo como una de las postales más perfectas del sistema solar. Pero lo interesante de las nuevas imágenes obtenidas por el James Webb y el Hubble no es solo que Saturno vuelva a verse espectacular. Es que, al observarlo en distintos rangos de luz, ambos telescopios están mostrando dos versiones complementarias del mismo mundo. Y eso cambia bastante la película.

Porque una cosa es ver a Saturno como un disco dorado, elegante y aparentemente tranquilo. Otra muy distinta es empezar a distinguir sus bandas atmosféricas, sus restos de tormentas gigantes, su extrañísimo hexágono polar y el brillo casi fantasmal de sus anillos.

El Hubble y el James Webb no compiten aquí. Se completan

Saturno vuelve a parecer irreal en las nuevas imágenes del James Webb y el Hubble. Pero lo más fascinante no es su belleza, sino todo lo que ahora podemos ver dentro de su atmósfera
© NASA, ESA, CSA, STScI, Amy Simon (NASA-GSFC), Michael Wong (UC Berkeley); Image Processing: Joseph DePasquale (STScI).

A simple vista, podría parecer que ambos telescopios hacen más o menos lo mismo: apuntar a Saturno y sacar una imagen preciosa. Pero en realidad están mirando cosas distintas.

El Hubble, trabajando en luz visible, capta el planeta de una forma más cercana a cómo lo percibiríamos nosotros si pudiéramos acercarnos muchísimo más. El James Webb, en cambio, observa en infrarrojo, lo que le permite detectar información escondida en diferentes profundidades de la atmósfera y en la composición química de sus nubes y brumas.

Dicho de otra manera: uno nos enseña el “rostro” de Saturno. El otro, parte de su anatomía interna. Y cuando juntas ambas miradas, el resultado es bastante más interesante que una simple foto bonita.

Lo primero que salta a la vista son sus bandas. Y no están ahí por estética

Saturno vuelve a parecer irreal en las nuevas imágenes del James Webb y el Hubble. Pero lo más fascinante no es su belleza, sino todo lo que ahora podemos ver dentro de su atmósfera
© NASA, ESA, CSA, STScI, Amy Simon (NASA-GSFC), Michael Wong (UC Berkeley); Image Processing: Joseph DePasquale (STScI).

Uno de los rasgos más claros en las nuevas observaciones es la estructura de bandas paralelas que recorre la atmósfera de Saturno. A primera vista parecen simples franjas decorativas, pero en realidad son la firma visible de un sistema atmosférico brutalmente activo.

Saturno rota muy rápido: un día allí dura unas 10,5 horas. Para un planeta de ese tamaño, eso es una barbaridad. Esa velocidad, combinada con su calor interno y la dinámica de su atmósfera, genera corrientes en chorro extremadamente intensas que organizan las nubes en esas bandas tan características.

Y cuando hablamos de intensas, hablamos de vientos que pueden alcanzar los 1.800 km/h en la región ecuatorial. No es una forma de hablar. Es, literalmente, una atmósfera que se mueve a velocidades que aquí abajo solo asociaríamos a algo bastante catastrófico.

El color amarillento de Saturno no es casual. Es química

Otra de las cosas que estas imágenes ayudan a entender mejor es por qué Saturno se ve con ese tono dorado pálido tan reconocible.

La respuesta está en su atmósfera superior, dominada por cristales de amoníaco. Estas nubes absorben ciertas longitudes de onda, especialmente las más cercanas al azul, y reflejan mejor la luz amarilla y rojiza. El resultado es ese aspecto elegante y algo envejecido que hace que Saturno parezca casi pintado a mano.

Es una diferencia importante respecto a Urano y Neptuno, por ejemplo, donde el metano juega un papel mucho más fuerte y empuja los colores hacia el azul. Saturno, en cambio, tiene otra química y, por tanto, otra identidad visual.

Pero donde el James Webb realmente se luce es en las rarezas de Saturno

Saturno vuelve a parecer irreal en las nuevas imágenes del James Webb y el Hubble. Pero lo más fascinante no es su belleza, sino todo lo que ahora podemos ver dentro de su atmósfera
© NASA, ESA, CSA, STScI, Amy Simon (NASA-GSFC), Michael Wong (UC Berkeley); Image Processing: Joseph DePasquale (STScI).

Aquí es donde la observación infrarroja empieza a ponerse realmente divertida. En las nuevas imágenes pueden apreciarse restos de la llamada Gran Tormenta de Primavera o Gran Mancha Blanca, uno de los fenómenos meteorológicos más espectaculares del planeta. Se trata de una tormenta gigantesca que aparece aproximadamente cada 30 años en el hemisferio norte y deja cicatrices atmosféricas que pueden durar mucho tiempo. También vuelve a asomar una de las estructuras más fascinantes de todo el sistema solar: el hexágono del polo norte.

Sí, Saturno tiene literalmente una corriente en chorro con forma hexagonal en su polo norte. No es una ilusión óptica ni una metáfora poética. Es un patrón atmosférico real, estable y enormemente extraño, observado por primera vez por Voyager 1 y estudiado después con mucho más detalle por Cassini.

Tiene unos 30.000 kilómetros de ancho, vientos de más de 300 km/h y una gigantesca tormenta girando en su centro. Lo más desconcertante es que, hasta donde sabemos, no existe nada igual en ningún otro planeta del sistema solar.

Los polos de Saturno también esconden algo raro

Otra pista interesante que dejan estas imágenes es ese tono gris verdoso que aparece en las regiones polares, especialmente en el infrarrojo.

Los científicos todavía no tienen una respuesta cerrada, pero manejan varias posibilidades. Una de ellas es la presencia de aerosoles a gran altitud que dispersan la luz de forma distinta en esas latitudes. Otra apunta a la actividad de las auroras saturnianas, generadas por la interacción entre partículas cargadas y el campo magnético del planeta.

En cualquier caso, es una buena muestra de lo que ocurre cuando observamos un mundo conocido con herramientas nuevas: empiezan a aparecer detalles que ya no son solo decorativos, sino preguntas científicas abiertas.

Y luego están los anillos, que siguen haciendo trampa visual

Saturno vuelve a parecer irreal en las nuevas imágenes del James Webb y el Hubble. Pero lo más fascinante no es su belleza, sino todo lo que ahora podemos ver dentro de su atmósfera
© NASA, ESA, CSA, STScI, Amy Simon (NASA-GSFC), Michael Wong (UC Berkeley); Image Processing: Joseph DePasquale (STScI).

Por supuesto, están los anillos. Y aquí el James Webb también tiene bastante que decir.

En el infrarrojo, los anillos aparecen especialmente brillantes porque están compuestos en gran parte por partículas de hielo de agua, muy reflectantes en ciertas longitudes de onda. Eso hace que detalles como el anillo F, uno de los más finos y externos, se distingan con una nitidez muy superior a la que suele ofrecer la luz visible. Es una de esas cosas que Saturno hace muy bien: recordarte que puede ser científicamente complejo y visualmente obsceno al mismo tiempo.

Lo más bonito de estas imágenes no es solo lo que muestran. Es lo que demuestran

Al final, lo más interesante de esta nueva tanda de observaciones no es simplemente que Saturno vuelva a verse increíble. Es que dejan bastante claro algo que en astronomía cada vez importa más: ya no basta con mirar un planeta en una sola “versión” de la luz.

El Hubble y el James Webb no están haciendo lo mismo. Están construyendo juntos una lectura mucho más completa de un mundo que, pese a ser uno de los más fotografiados del sistema solar, sigue guardando estructuras, dinámicas y rarezas que todavía estamos intentando entender. Y quizá eso sea lo mejor de Saturno.

Que incluso después de décadas de observación, incluso siendo uno de los planetas más reconocibles que tenemos, todavía consigue hacer algo muy difícil en astronomía: seguir pareciendo nuevo.

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