El género zombie me ha atormentado durante años, literal y figuradamente. No culpo a nadie, la mayoría de obras dentro del mismo se centran en recrear algo que, por suerte o por desgracia, no ha ocurrido nunca (todavía). State of Decay no es ni mucho menos un juego perfecto, pero consigue hacer bien algo que muchos otros no.

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El planteamiento es bastante sencillo, y tiene ese toque de inocencia irónica presente en otros tantos ejemplos género: te vas unos días a la montaña sin ningún tipo de conexión a internet o radio y cuando vuelves reina el caos. Los zombies campan a sus anchas por toda la zona y tú, en lugar de correr en círculos musitando “oh, dios mío” decides tomar el asunto por los cuernos y ver cómo puedes poner algo de orden en lo que parece ser el fin del mundo.

La frase anterior no es baladí. Es la esencia de todo el juego, y lo que hace quizá a State of Decay tan interesante. Todo el enfoque, desde su inicio, se centra en aportar un poco de normalidad al caos. Es un juego de supervivencia, claro, y es un juego donde ver oleadas de zombies muriendo bajo tu ira impecable sigue produciendo ese inexplicable placer pero todo el enfoque del juego pasa por recuperar, en la medida de la posible, la normalidad. En reconstruir la civilización.

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Ni siquiera juegas con un único personaje, en el sentido auténtico de tener un único protagonista. El tutorial y los primeros compases del juego te llevan hasta una iglesia en un pueblo cercano donde varios supervivientes se han reunido para intentar hacer frente como pueden a las oleadas de no muertos. Desde ahí, puedes ir cambiando entre un puñado de esos supervivientes e ir completando misiones.

La idea siempre es la misma: construir, afianzar y expandir. Y por algún motivo, he encontrado pocas mecánicas tan satisfactorias en juegos de este tipo como echar un vistazo al mapa y ver que lo que de la iglesia tus dominios se extienden a las casas cercanas, de ahí a toda la manzana y de ahí, poco a poco, hasta el final del juego.

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El modo principal de State of Decay es un modo campaña, y por tanto tiene una historia con su respectivo final. No creo que nadie vaya a llorar de emoción ni con su desarrollo ni con su conclusión pero plantea, por el camino, algunas viejas preguntas del género zombie bastante interesantes ¿Matar a tu compañero que ha sido infectado o mantenerlo con la esperanza de encontrar una cura? ¿Qué son, exactamente, los zombies?

Ese modo se acompaña a su vez de otros dos. De ambos mi favorito es Breakdown, que es en esencia el mismo juego pero sin la historia de la campaña enredando de por medio y centrado únicamente en sobrevivir. No hay ningún tipo de background tedioso, simplemente estás en medio de un mapa inmenso infestado de no muertos y tienes que apañártelas. Salvando las distancias, porque no resulta ni mucho menos tan hiperresalita, es un enfoque mucho más parecido al de Day Z y, en mi opinión, mejor. Lifeline es el segundo, actúa de DLC tradicional y simplemente añade una nueva campaña además de armas y vehículos.State of Decay acaba de salir remasterizado para Xbox One pero ya lleva un par de años dando vueltas en Steam. La versión de Xbox One contiene algunas mejoras visuales y además mete en el mismo paquete los dos DLCs. Nadie debería jugar a State of Decay, con todo, pensando en su apartado gráfico porque probablemente es uno de las categorías más pobres en el juego.

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El resto, el enfoque, su particular carisma y las mecánicas centradas en reconstruir una civilización de la nada lo convierten en uno de los mejores juegos de zombies que he jugado nunca, y mi personal favorito. Puede comprarse para PC en Steam, y para Xbox 360 o Xbox One en sus respectivas tiendas.

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