Saltar al contenido
Ciencia

Subieron hasta la cima de uno de los volcanes más altos de los Andes y encontraron un ratón donde ningún mamífero debería vivir. Su secreto estaba en una combinación biológica que los científicos no habían previsto

El ratón andino de orejas de hoja vive desde la costa del Pacífico hasta cumbres situadas a casi 6.800 metros. Un nuevo estudio revela cómo sus músculos, su metabolismo y hasta su dieta le permiten resistir un ambiente con frío permanente y menos de la mitad del oxígeno disponible al nivel del mar.
Por

Tiempo de lectura 4 minutos

Comentarios (0)

En la cima del volcán Llullaillaco no hay praderas, árboles ni una fuente evidente de alimento. La temperatura permanece casi siempre bajo cero y respirar exige un esfuerzo enorme: el aire contiene menos de la mitad del oxígeno disponible al nivel del mar. Para un ser humano, permanecer allí durante mucho tiempo resultaría prácticamente imposible.

Sin embargo, cuando el biólogo evolutivo Jay Storz alcanzó la cumbre en 2020, encontró algo moviéndose entre las rocas. Era un ratón andino de orejas de hoja (Phyllotis vaccarum) al que logró capturar con sus propias manos a 6.739 metros de altitud. No estaba exactamente a 7.000 metros, como señalan algunos titulares, pero sí más alto que cualquier otro mamífero documentado hasta entonces.

El hallazgo no significa que el animal esté “rompiendo las leyes de la biología”. Lo que demuestra es que los científicos habían subestimado hasta dónde podían llegar los límites fisiológicos de un mamífero. Ahora, un estudio internacional publicado en Science explica cómo este pequeño roedor puede mantenerse activo en un lugar que parece más cercano a Marte que a un ecosistema habitable.

No era un ejemplar perdido que había subido accidentalmente

Durante 25.000 años, alguien llevó plantas enteras al interior de una cueva australiana y las quemó una y otra vez. Los restos microscópicos de ceniza acaban de revelar que aquel lugar no era un refugio cualquiera
© Marcial Quiroga / Carmona.

La primera sospecha era razonable: quizá aquel ratón se había alejado demasiado de su hábitat y terminaría muriendo en la cumbre. Las expediciones posteriores mostraron algo bastante diferente.

Observaciones de animales vivos, madrigueras, cadáveres momificados, ADN ambiental y microorganismos asociados a la actividad de roedores indican que existe una población estable en las zonas más elevadas del Llullaillaco. Los investigadores observaron ejemplares durante distintos años y generaciones, desde la base del volcán hasta su cima, lo que descarta que se tratara únicamente de un visitante ocasional.

Además de vivir más alto que cualquier otro mamífero conocido, Phyllotis vaccarum posee un rango altitudinal extraordinario. La misma especie aparece desde la costa del norte de Chile, prácticamente al nivel del mar, hasta montañas que superan los 6.700 metros. Esa distribución permitió comparar poblaciones sometidas a condiciones radicalmente distintas sin tener que estudiar especies diferentes.

Entre 2020 y 2023, el equipo realizó cinco expediciones por los Andes centrales y recogió ejemplares en localidades bajas, intermedias y extremas. Los animales fueron trasladados a la Universidad de Chile, donde se reprodujeron experimentalmente condiciones de frío intenso y baja disponibilidad de oxígeno.

Sus músculos funcionan como una calefacción diseñada para la falta de oxígeno

Durante 25.000 años, alguien llevó plantas enteras al interior de una cueva australiana y las quemó una y otra vez. Los restos microscópicos de ceniza acaban de revelar que aquel lugar no era un refugio cualquiera
© Shutterstock / Victor Suarez Naranjo.

Los investigadores sometieron a los ratones a una prueba conocida como desafío de frío hipóxico. El objetivo era comprobar si podían mantener estable su temperatura corporal mientras afrontaban simultáneamente dos problemas: un ambiente helado y muy poco oxígeno para producir energía.

Los animales procedentes de las zonas altas mostraron una capacidad aeróbica superior a la de los ratones costeros. Incluso bajo una hipoxia extrema, continuaron generando el calor necesario para evitar que su temperatura corporal descendiera peligrosamente. No se trataba simplemente de una aclimatación temporal: el rendimiento diferente se mantuvo en condiciones controladas, lo que apunta a una adaptación evolutiva.

Buena parte de esa ventaja apareció en el músculo esquelético. Sus células poseen una mayor capacidad respiratoria mitocondrial, es decir, pueden producir energía con más eficacia cuando el oxígeno escasea. Los músculos alimentan así el temblor involuntario que genera calor, como si el cuerpo hubiera convertido su propio movimiento en una calefacción de emergencia.

El análisis genómico también identificó diferencias en genes relacionados con el procesamiento y la oxidación de ácidos grasos de cadena larga. Quemar grasa proporciona el combustible necesario para sostener la actividad muscular y la producción de calor durante más tiempo. En ese sentido, los ratones de las cumbres se parecen menos a velocistas preparados para realizar un esfuerzo breve y más a corredores de fondo capaces de mantener su metabolismo durante condiciones extremas.

Lo sorprendente es que las poblaciones de altura y las costeras siguen siendo genéticamente muy parecidas y mantienen cierto flujo de genes entre ellas. La selección natural tuvo que actuar con suficiente intensidad como para conservar las variantes favorables en las cumbres pese al intercambio continuo con poblaciones de menor altitud.

Sobrevivir también exige encontrar algo que comer

Respirar y conservar el calor son solo una parte del problema. Por encima de los 6.000 metros, los ratones viven más allá del límite visible de la vegetación. No está claro de dónde obtienen toda la energía necesaria para sostener un metabolismo tan exigente.

Un estudio anterior sobre el contenido digestivo de estos animales encontró restos de plantas y señales de hongos asociados a líquenes. Algunas especies vegetales identificadas normalmente crecen a altitudes inferiores, por lo que podrían existir pequeños parches escondidos bajo la nieve o entre grietas rocosas. El viento y los restos dejados por montañistas también podrían transportar nutrientes hasta las cumbres.

El nuevo análisis genético añadió otra pista inesperada. Los investigadores encontraron señales de selección en genes relacionados con la biotransformación y la eliminación de sustancias tóxicas. Muchas plantas de ambientes áridos producen compuestos defensivos para evitar ser comidas, de modo que los ratones no solo tuvieron que adaptarse al frío y a la falta de oxígeno: también evolucionaron para aprovechar alimentos que podrían resultar dañinos para otros animales.

Phyllotis vaccarum no posee una única característica milagrosa. Su supervivencia depende de músculos con más capacidad mitocondrial, un metabolismo preparado para quemar grasa, mecanismos para producir calor y genes que facilitan una dieta complicada.

El verdadero hallazgo no es que un ratón haya desobedecido las reglas de la vida. Es que llegó hasta una frontera que los seres humanos habían declarado inhabitable y demostró que aquellas reglas estaban incompletas.

Compartir esta historia

Artículos relacionados