Photo: John McArthur Unsplash

Odio viajar en avión. Lo se, lo se, es la forma más segura de viajar, los coches son mucho más peligrosos, bla bla, pero el momento en el que estoy atada al asiento y estamos despegando —hacia el cielo, que no es un lugar donde los humanos deberíamos ir— lo único en lo que puedo pensar es que estoy atrapada en una resplandeciente máquina de la muerte.

Sin embargo, con la ayuda de unos cuantos ejercicios de respiración y una ligera dosis de benzodiacepinas, normalmente me encuentro bien una vez que estamos ya en lo alto. A menos que, claro, comiencen las turbulencias. Es ahí cuando las palmas de mi mano comienzan a sudar, me agarro a los reposabrazos y suspiro con cada bache. Puede ser incluso peor. Si estoy con alguien o alguien me mira con compasión, comienzo a llorar. ¿Por qué no es terriblemente triste si vamos a morir todos? ¿Y no tuvimos una vida estupenda, que apenas supimos apreciar hasta ese mismo instante?.

Se que las turbulencias no hacen que los aviones se estrellen. ¡Lo se! Me paso la vida dando jodidos consejos, por amor de Dios. Debería estar absolutamente tranquila cuando unos pequeños vaivenes me distraen de la película “Yo Tonya”. Y sin embargo lo hacen.

Entonces, hace un par de semanas, estaba en un avión y me acordé de este consejo de Lifehacker:

En vez de tensarte, concéntrate en relajar tus músculos, de forma que te muevas con las turbulencias en vez de contra ellas. Puede ser algo difícil de hacer pero al menos te da algo en lo que pensar.

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También recuerdo haber escuchado esto en algún lado: igual que no deberías de preocuparte por los baches de la carretera, no deberías preocuparte tampoco por las turbulencias en un avión. Así que combiné estas dos perlas de sabiduría en la siguiente técnica: me imaginé que estaba conduciendo. Me imaginaba mis manos agarrando el volante. (No las sujetaba en el aire, porque no estoy loca). Y sentí cómo apretaba el pedal del acelerador (en mi cabeza). Conduje por la turbulencia como si fuese una carretera de tierra, disfrutando de la aventura, no como si estuviese atravesando el cielo.

Y justo así, la turbulencia... dejo de molestarme. ¿Incluso me encontré en cierta manera disfrutándolo? Dejo de ser algo que me iba a matar, y empecé a sentirlo como si fuese solo otra parte del camino. Molesto, quizás, pero difícilmente algo capaz de asustarme. Me relajé durante las subidas y bajadas y me concentré en la carretera (imaginaria) que tenía en frente.

Todavía me sorprendo de que el truco funcionase tan bien como lo hizo, y no puedo esperar a probarlo de nuevo.