Mark Zuckerberg intenta congraciarse con Trump
Durante años, el litio fue el estándar indiscutido del almacenamiento energético. Sin embargo, un nuevo estudio sugiere que otra tecnología, más abundante y menos costosa, podría superarlo en un aspecto clave. El hallazgo reabre el debate sobre qué baterías impulsarán la próxima era de la movilidad eléctrica.
Dos aeronaves sin piloto volaron como si fueran una sola mente. Sin órdenes humanas, sin control remoto y a velocidades propias de un caza. La demostración pública marca un antes y un después en la aviación militar y sugiere que el combate aéreo autónomo ya no es ciencia ficción.
Durante décadas, los robots interactuaron con el mundo sin realmente “sentirlo”. Un nuevo desarrollo propone cambiar esa lógica desde la raíz: una piel artificial capaz de detectar daño, temperatura y presión en miles de puntos a la vez. El avance abre una etapa inesperada en la relación entre humanos y máquinas.
Mientras la atención suele irse a los viajes interplanetarios, SpaceX avanza con una tecnología pensada para el día a día. Una nueva generación de satélites promete redefinir la conectividad global y cerrar una brecha que sigue marcando el desarrollo humano.
Un ambicioso informe de prospectiva elaborado por científicos chinos detalla cómo podrían evolucionar la inteligencia artificial, la robótica, la energía y la movilidad en las próximas décadas. El documento no impone certezas, pero sí una advertencia: el desarrollo tecnológico debe ser planificado y centrado en las personas.
Estados Unidos y Europa mueven ficha en un mercado clave para la tecnología del futuro. Las inversiones se aceleran y una nueva fábrica en suelo europeo empieza a cambiar el equilibrio de poder
La Isla de Navidad será el nuevo punto de conexión del cable Bosun, que enlazará Australia con Singapur. Su posición estratégica la convierte en un nodo clave para el tráfico de datos, pero su biodiversidad plantea un desafío insólito. Cada año, una migración de millones de cangrejos rojos paraliza la isla y obliga a repensar cómo la tecnología puede coexistir con la naturaleza.
China estuvo a punto de sufrir un gran apagón el año pasado. No por falta de energía, sino por todo lo contrario. La red recibió más electricidad de la que podía gestionar en tiempo real. La respuesta no fue construir más centrales, sino algo menos visible y mucho más decisivo: el mayor transformador inteligente de ultra alta tensión del mundo.
Aunque China ha sido pionera en lo referido a monedas digitales respaldadas por el gobierno, la adopción no ha sido rápida.
Durante años, los robots humanoides han vivido en una zona ambigua entre la promesa tecnológica y el espectáculo. Bailan en escenarios, juegan al fútbol, aparecen en vídeos virales y despiertan tanto fascinación como escepticismo. La gran pregunta sigue abierta: ¿serán realmente la próxima gran revolución tecnológica o solo una curiosidad costosa? En China, esa duda parece no existir. Allí, el debate no es si llegarán, sino quién los dominará. Y la respuesta, cada vez con más claridad, apunta en una sola dirección.
China está dejando atrás el modelo de mano de obra masiva que definió el “Made in China”. En su lugar, despliega robots industriales, fábricas que funcionan casi sin luz y sistemas de inteligencia artificial capaces de coordinar miles de decisiones por minuto. El objetivo es claro: mantener su dominio manufacturero en un mundo donde la competencia ya no es salarial, sino tecnológica.
China ha puesto en marcha Jupiter I, la mayor turbina del mundo de clase 30 MW diseñada desde cero para funcionar con hidrógeno puro. El sistema permite convertir excedentes de energía eólica en electricidad inmediata, resolviendo uno de los grandes problemas de las renovables: el desperdicio energético.
Y se espera que en la economía de los juegos no se haya producido daño perdurable.
Una empresa estadounidense acaba de demostrar algo que hace una década sonaba a ciencia ficción: transmitir energía desde el espacio con un simple rayo de luz y paneles comerciales. El logro —1,1 kW sin antenas exóticas ni microondas— rompe el récord de DARPA y abre un nuevo capítulo en cómo se diseñan los satélites.
China ha mostrado un robot militar capaz de imitar en tiempo real los movimientos de un soldado gracias a un traje de control. La demostración encaja con su visión de “guerra inteligente”, pero también abre la puerta a un escenario inquietante: máquinas que aprenden de los humanos más rápido de lo que somos capaces de regularlas.
La tolerancia a fallos será el punto de inflexión que determinará quién lidera la próxima década: EE. UU., China o Europa. Y, según IBM, estamos a tres años de cruzar ese umbral, con consecuencias enormes para la ciencia, la industria y la inteligencia artificial.
Toda la categoría de este producto empieza a verse como basura sobrevalorada, y muy cara.
Cuatro satélites planos y circulares ya orbitan la Tierra como parte de una misión de demostración tecnológica. Su objetivo es sencillo de formular, pero ambicioso en la práctica: aprovechar mejor el espacio, generar más energía y hacer que lanzar constelaciones completas sea más barato y eficiente.
Ganarte la vida como “jefe de alerta” de OpenAI podría ser un empleo terrible