El debate sobre los smartphones y los adolescentes suele girar alrededor de una pregunta bastante sencilla: cuántas horas pasan mirando la pantalla. Una nueva investigación plantea que quizá haya otra cuestión igual de importante. No solo cuánto utilizan el móvil, sino a qué edad empiezan a tener uno completamente suyo.
Un estudio publicado en JAMA Network Open analizó a 8.957 adolescentes estadounidenses y encontró que quienes tenían un smartphone propio a los 12 años mostraban una mayor probabilidad de presentar diferentes síntomas relacionados con trastornos alimentarios a los 14. El 69,5% de los participantes ya disponía de uno a esa edad.
La diferencia es considerable. A los 14 años, el 24,2% de quienes tenían smartphone a los 12 presentó al menos uno de los síntomas estudiados, frente al 15,5% de quienes no tenían dispositivo propio. Después de ajustar los resultados por distintas variables, los investigadores calcularon un riesgo un 49% mayor entre los primeros.
No es solo comer más o menos: también cambia la relación con el peso

Los investigadores no se limitaron a preguntar si los adolescentes habían sido diagnosticados con anorexia, bulimia u otro trastorno. Analizaron señales más amplias, entre ellas episodios de atracones, comportamientos compensatorios para evitar ganar peso y hasta qué punto una persona vinculaba su autoestima a su peso corporal.
Ahí aparecen algunas de las diferencias más llamativas. Tener un smartphone a los 12 años se relacionó dos años después con el doble de riesgo de vincular la autoestima al peso, un 67% más de riesgo de síntomas de atracones y un 50% más de comportamientos compensatorios, como determinadas conductas destinadas a evitar ganar peso.
Esto tampoco significa que el teléfono esté provocando directamente esos comportamientos. Y esa distinción es importante: el trabajo estudia síntomas asociados a trastornos alimentarios, no nuevos diagnósticos clínicos.
Lo interesante es que la investigación intenta alejarse del clásico “más pantalla es peor”. Jason Nagata, profesor asociado de Pediatría de la Universidad de California en San Francisco y autor principal del estudio, lleva años investigando la relación entre medios digitales, imagen corporal y trastornos alimentarios durante la adolescencia.
Un smartphone también es una puerta de entrada

Los autores plantean varios mecanismos que podrían explicar la asociación: una mayor exposición a redes sociales, alteraciones del sueño y contenidos relacionados con la apariencia física y la imagen corporal. Ninguno de ellos, sin embargo, fue medido directamente como explicación causal en este estudio.
Ese matiz cambia bastante la lectura. Dos adolescentes pueden tener exactamente el mismo teléfono y utilizarlo de formas completamente diferentes. Uno puede usarlo principalmente para hablar con amigos o escuchar música; otro puede pasar horas expuesto a vídeos, influencers y algoritmos que seleccionan constantemente cuerpos, dietas, rutinas de ejercicio y estándares de belleza.
Y el estudio tiene otras limitaciones. Los síntomas fueron reportados por los propios adolescentes, pueden existir factores no medidos (como acoso escolar, problemas de salud mental o condiciones neurodivergentes) y, sobre todo, los investigadores no asignaron teléfonos aleatoriamente a los participantes. Por eso no pueden demostrar que recibir un móvil antes provoque posteriormente un trastorno alimentario.
Lo que sí pueden decir es que la relación persiste dos años después y una vez ajustadas numerosas variables. Por eso el trabajo introduce una pregunta incómoda en un debate que hasta ahora se ha centrado mucho en limitar horas y aplicaciones: quizá también importe cuándo empieza el acceso independiente a todo ese mundo digital.