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Todos odian a Araminta… pero el peor error lo cometió Lord Penwood

La cuarta temporada de Los Bridgerton ha regresado a la esencia que convirtió a la serie en un fenómeno de Netflix: un romance central irresistible, drama social y una heroína con la que resulta imposible no empatizar. Sophie Baek, interpretada por Yerin Ha, ha conquistado al público con una historia que bebe claramente del imaginario de La Cenicienta: una joven relegada al servicio doméstico, una noche de ensueño y un destino que parece escrito en contra suya.
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Tiempo de lectura 3 minutos

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Y, como todo buen cuento clásico, hay una madrastra a la que da gusto odiar.

Araminta Gun: una villana hecha para detestar

La responsable de esa animadversión colectiva es Araminta Gun, encarnada por Katie Leung. Desde su primera aparición, se perfila como una mujer calculadora, ambiciosa y cruel. Gobierna la casa de los Penwood con mano de hierro, explota a Sophie sin remordimientos y mueve hilos sociales con la precisión de una estratega.

No solo somete a su hijastra a un régimen de trabajo desmedido —prácticamente equivalente al de varias criadas—, sino que además demuestra una habilidad casi maquiavélica para posicionar a sus propias hijas en el mercado matrimonial. Como si fuera poco, descubrimos que está detrás de la “guerra de doncellas”, arrebatando personal a otras casas mientras planea su ascenso social.

Es, sin duda, una antagonista potente. Inteligente. Despiadada. Perfectamente diseñada para que el espectador la aborrezca.

Pero no es la única responsable de la tragedia de Sophie.

El verdadero problema: la cobardía de Lord Penwood

Si miramos más allá del carácter abrasivo de Araminta, hay una figura cuya responsabilidad resulta aún más incómoda: Lord Penwood.

El padre de Sophie, fallecido cuando ella era adolescente, aparece poco en pantalla, pero su huella es determinante. Sabemos que Sophie es su hija ilegítima. Sin embargo, ante la sociedad la presentó como una simple protegida. Lo verdaderamente grave no es solo el secreto, sino la forma en que gestionó —o más bien evitó gestionar— la situación.

Cuando Araminta llega a la casa tras casarse con Penwood, descubre la existencia de Sophie casi por sorpresa. Es evidente que él nunca fue del todo transparente con su nueva esposa. Cabe preguntarse: ¿habría aceptado Araminta ese matrimonio de haber sabido la verdad desde el principio? Probablemente no.

Penwood no solo ocultó información crucial, sino que colocó a Sophie en una posición vulnerable dentro de su propio hogar.

La pasividad también destruye

En los pocos recuerdos que vemos de él, Penwood se muestra blando, evasivo, incapaz de enfrentarse a su esposa cuando Sophie comienza a ser desplazada. Un ejemplo claro es cuando la joven desea recibir clases de baile junto a sus hermanastras y él simplemente acepta la negativa de Araminta sin luchar por ella.

No interviene. No protege. No asegura su futuro.

Y cuando muere, la situación empeora dramáticamente. Según Araminta, Sophie no figura en el testamento. De un día para otro, pasa de ser “protegida” a convertirse en criada. Aunque aún podría haber giros narrativos —cláusulas ocultas, cartas olvidadas, revelaciones pendientes— lo cierto es que Penwood nunca dejó garantías sólidas para su hija.

Su mayor pecado no fue la maldad, sino la cobardía.

El contraste que hace grande la historia

La fuerza emocional de esta temporada reside precisamente en ese contraste. Araminta representa la maldad activa: manipula, humilla y ejerce poder sin escrúpulos. Lord Penwood encarna algo más sutil, pero igual de devastador: la pasividad ante la injusticia.

En el universo de Los Bridgerton, donde el honor, la reputación y la posición social lo son todo, no proteger a quien depende de ti es una condena silenciosa.

Así que sí, Araminta es una villana formidable. Pero la tragedia de Sophie no comenzó con ella. Comenzó con un padre que eligió no enfrentarse al conflicto, que prefirió la comodidad a la verdad y que dejó a su hija desarmada ante un mundo que no perdona.

Y a veces, eso es incluso peor que la crueldad explícita.

Fuente: SensaCine.

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