En la isla de Marajó, en la desembocadura del río Amazonas, en el norte de Brasil, las pirañas abundan. Para los pescadores de la región no tenían valor comercial: eran un pez temido y difícil de vender. En la década de 1970, un sacerdote italiano vio en ellas otra cosa: una oportunidad para transformar una comunidad aislada.
Se llamaba Giovanni Gallo, había nacido en Turín, Italia, en 1927, y era jesuita. Llegó a la Amazonía brasileña en 1970 y poco después se instaló en Vila de Jenipapo, una pequeña comunidad del municipio de Santa Cruz do Arari, en el estado de Pará, rodeada de agua durante buena parte del año.
Doce mil pirañas rumbo a Europa

Gallo enseñó a los habitantes a disecar pirañas y, gracias a los contactos que conservaba en Europa, organizó la exportación de unos 12.000 ejemplares a Italia. Según CNN Brasil, con el dinero obtenido se financiaron obras que cambiaron la vida de la comunidad.
Entre ellas, 350 metros de puentes de madera dura para circular en una zona que pasa meses inundada, un muelle comunitario, un cementerio adaptado a las crecidas y una pista de aterrizaje de 800 metros, que permitió conectar por aire a un pueblo al que antes solo se llegaba en barco.
Un museo hecho por los vecinos
La obra más duradera de Gallo, sin embargo, no fue de infraestructura. En 1981 fundó oficialmente el Museu do Marajó, un museo construido a partir de objetos donados por los propios habitantes. Su colección reúne más de un centenar de piezas arqueológicas y cientos de fragmentos de cerámica producidos entre los siglos V y XIII.
Esas piezas pertenecen a la cultura marajoara, una de las sociedades precolombinas más sofisticadas de la Amazonía, famosa por su cerámica decorada con complejos diseños geométricos. Durante siglos, muchos de esos objetos aparecían en los campos de la isla sin que nadie los estudiara ni los preservara. El museo, que luego se trasladó a la ciudad de Cachoeira do Arari, se convirtió en una referencia de la museología comunitaria en Brasil.
La “computadora” sin electricidad

El detalle más sorprendente del museo es un invento del propio Gallo: la llamada “computadora caipira”, algo así como computadora campesina. Es un dispositivo mecánico hecho con paneles de madera, cuerdas y manivelas, sin ningún componente electrónico.
Los visitantes tiran de cuerdas y giran piezas de madera para ir descubriendo información sobre la cultura y la cerámica de Marajó. Gallo hablaba de un “museo en primera persona”, donde el visitante no solo mira, sino que participa. Era una idea de exhibición interactiva adelantada a su tiempo, resuelta con los materiales que había a mano en una isla sin acceso fácil a la tecnología.
Un legado que sigue en pie
Giovanni Gallo murió en Belém, la capital de Pará, en 2003. Además del museo, dejó libros sobre la región, como Marajó, a ditadura da água, sobre la vida en un territorio dominado por el ciclo de las inundaciones.
Más de medio siglo después de que las primeras pirañas disecadas cruzaran el Atlántico, parte de las obras que financiaron siguen formando parte del paisaje de Jenipapo. Y su historia recuerda que, a veces, la innovación no depende de los recursos, sino de mirar con otros ojos lo que todos consideraban inútil.